Foto. Charo MármolTengo una amiga que es trabajadora social. En los últimos tiempos, por la situación actual que estamos viviendo, su trabajo se ha incrementado y muchas veces, endurecido. Muchas veces el tema de nuestra conversación son los casos -sin conocer nombres, por supuesto- que acuden a su despacho. El último día estaba visiblemente afectada. Había recibido un caso de maltrato infantil. Los padres de una niña de cinco años le habían propinado tal número de palizas y en tan repetidas ocasiones que tuvieron que llevarla al hospital, por supuesto diciendo que se había caído y no que le habían dado una paliza. Allí se dieron cuenta de la realidad del problema y presentaron una denuncia. El resultado final es que la familia ha desaparecido y está en busca y captura.

Seguramente pensarán que este caso no es el único y es verdad. Pero a mí me ha llevado a recordar otros muy cercanos de los que he sido testigo.

Hace unos años estuve grabando un documental para TVE sobre la infancia y vimos a los niños trabajando en cañaverales, pescando en el mar, viviendo en los basureros, en la calle, esnifando droga… pero lo más duro de todo fue lo que vivimos en Olongapo, una ciudad al norte de Filipinas. Allí, el sacerdote irlandés Say Cullen había creado la Fundación Preda para ayudar a las niñas que habían sido víctimas de agresiones sexuales. No puedo extenderme más en este espacio pero sólo les diré que una de las cosas que grabamos fue una sesión de rehabilitación de niñas que habían sufrido abuso sexual por hombres, muchos de ellos de su entorno cercano: su padre, su tío, su hermano… Las niñas eran conducidas en la sesión para que sacaran toda la pena y la rabia que llevaban dentro: lloraban y gritaban pidiendo que no les hicieran más daño. Aquella sesión no me permitió dormir durante dos noches seguidas y aún hoy, cuando la recuerdo, no puedo evitar que la rabia y la tristeza acudan a mí.

Quien me siga un poco a través de mis escritos sabe que soy una gran defensora de los derechos de las mujeres, víctimas en muchas ocasiones de violencia por parte de una sociedad patriarcal y machista y violencia no sólo en el sentido sexual, sino social y laboral.

En esta ocasión quiero dedicar esta columna a ese sector de la sociedad aún más vulnerable que las mujeres: los niños y niñas. Según el Observatorio de la infancia del Ministerio de Sanidad español, “solo una pequeña proporción de los actos de violencia contra los niños y niñas es denunciada e investigada y pocos autores son procesados. En muchos lugares del mundo no hay sistemas responsables de registrar e investigar a fondo las denuncias de violencia contra los niños y niñas. En los casos en los que existen estadísticas oficiales basadas en denuncias de violencia en el hogar y otros entornos, éstas subestiman dramáticamente la verdadera magnitud del problema”.

Una de las razones por las que no se denuncia es porque los niños y niñas tienen miedo de hacerlo, por temor a las represalias y porque los agresores, en muchas ocasiones, son las personas que deberían cuidar más de ellos y darles más cariño.

La implicación personal en la buena marcha de la sociedad siempre ha de ser activa, pero en ocasiones como estas, mucho más. Mi amiga, la trabajadora social, me decía en una ocasión: ante la duda de maltrato infantil, da parte. Pues que nuestro silencio no sea cómplice de una de las mayores lacras de nuestra sociedad.