Hace muchos años, al menos más de veinte, trabajaba yo en Manos Unidas. En el mes de febrero, cuando se hacía la Campaña contra el Hambre, se invitaba a responsables de proyectos en los países del Sur para que dieran testimonio de lo que se hacía allí y de cómo se gestionaba lo que aquí se recaudaba. Muchos de estos responsables eran misioneras y misioneros que llevaban allí muchísimos años de su vida. Ese año, no me acuerdo cuál, vino una monja originaria de India. Menuda de cuerpo y aparentemente tímida, buena representante del patrón de mujer hindú. Hicimos una rueda de prensa y esa pequeña mujer tomó la palabra con una fuerza inusitada. Además de hablar del proyecto habló de la situación de la mujer en la India y no sólo en la sociedad civil sino en la iglesia, que reproducía fielmente el patrón social.

Nos contó que las religiosas, ellas y sus compañeras, eran quienes llevaban toda la pastoral de la diócesis, quienes estaban con los grupos, con hombres, mujeres y niños, quienes visitaban las aldeas y celebraban la Palabra, quienes daban catequesis y animaban las comunidades… Bien, hasta aquí todo normal, nada que no supiéramos y viviéramos también en nuestras iglesias locales, pero lo más fuerte y cuando más mostró su indignación fue al contarnos que recientemente el obispo había visitado su zona y se había reunido con el equipo de pastoral, un equipo que estaba compuesto por hombres, sacerdotes por supuesto, y al que ni ella ni sus compañeras fueron invitadas. La indignación aumentó cuando nos contó que sí, que las habían llamado a la reunión pero… para que les prepararan la sala y les sirvieran la comida. Ellas en un alarde de empoderamiento poco normal en esos momentos y en la India, se negaron.

Siento no acordarme del nombre de esta espléndida mujer, pero no se me olvida nunca la experiencia que compartió.

En los días en los que escribo esto muchas mujeres creyentes nos estamos preparando para hacer una revuelta en la Iglesia, hasta que la igualdad se haga costumbre, porque sentimos una profunda discriminación y porque queremos denunciar las múltiples formas de injusticia e invisibilización.

Siento no haber podido participar más activamente en toda la preparación de esta revuelta tan necesaria en nuestra Iglesia. Estuve en la primera de las reuniones y luego en el grupo de whatsApp creado para comunicarnos entre nosotras. Fue una verdadera alegría ver el entusiasmo y la fuerza con la que tantas mujeres defendíamos nuestro lugar en la Iglesia. Y no, no sólo queremos ser sacerdotes, quien quiera que pueda serlo, pero no era esta nuestra principal reivindicación. Somos mujeres que “Trabajamos y trabajaremos para recuperar una Iglesia donde las mujeres seamos reconocidas como sujetos de pleno derecho, con voz y voto en todas partes y valoradas por nuestros talentos y carismas”, como dice uno de los puntos del Manifiesto. Y no estamos solas y no somos pocas, pero esto no es una cosa sola de las mujeres. ¿Dónde están las voces de los hombres laicos y presbíteros que se unan a nuestras reclamaciones? ¿Dónde? Se les oye poco. Y recuerda a uno de los eslóganes de mi etapa en Manos Unidas: El silencio te hace cómplice.

Es hora de que los varones hagan eco de nuestras demandas y se unan a ellas. Esto no es cosa de mujeres. Es algo que atañe a toda la iglesia.