Foto. Carmen Sarmiento.Cuando ustedes lean esta columna ya habrán pasado casi cinco meses de la muerte de Monseñor Don Samuel Ruiz. Tuve la suerte de conocerle durante mi trabajo en Manos Unidas y además pude visitar la diócesis de San Cristóbal (Chiapas) y ver in situ el trabajo que se estaba realizando.

Era el año 1995, yo viajaba a México con un grupo de periodistas. Entre ellos una periodista cercana al Opus Dei que comenzó el viaje con una idea preconcebida y muchos prejuicios sobre la Teología de la Liberación y sobre todos aquellos que la ponían en práctica sobre el terreno.

Estuvimos en el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, fundado en 1989 por iniciativa de Samuel Ruiz. “Tiene una inspiración cristiana y ecuménica”, dicen en su presentación. Trabajan por la defensa y promoción de los derechos humanos -especialmente de los pueblos y comunidades indígenas en el Estado de Chiapas- y esto lo pudimos comprobar cuando estuvimos allí charlando con mujeres ixiles que habían tenido que salir de sus comunidades y que habían sido amenazadas de muerte. Mujeres pequeñas, con apariencia frágil, sencillas… pero mujeres luchadoras.

Con el sacerdote jesuita Pepe Avilés estuvimos viendo el trabajo que realizaba la diócesis de San Cristóbal por y junto a las comunidades indígenas. En San Andrés Larráinzar se habían retomado las conversaciones entre el Gobierno y los zapatistas. El mediador era Samuel Ruiz. A San Andrés Larrainzar llegamos una noche, a la gran plaza tomada por miles de indígenas sumidos en el más absoluto de los silencios. Los accesos estaban tomados por los militares, que habían puesto unas puertas con detectores de metales por las que habíamos de pasar todos los que queríamos acceder a su interior.

Aún hoy recuerdo perfectamente la imagen de los militares armados hasta las cejas rodeando la plaza y a miles de indígenas totalmente indefensos. Y, por supuesto, desarmados, dentro de ella. Todo esto sucedía en el más completo silencio. Nunca he vuelto a tener una experiencia semejante. Como la tuvo la periodista que venía con nosotros y que, poco a poco, fue viviendo la contradicción entre lo que pensaba y lo que veía. Lo que pensaba porque se lo habían dicho, es que la teología de la liberación era mala, violenta, guerrera… y lo que veía era una Iglesia comprometida con los más pobres, los que sufrían la violencia, los más indefensos… y estas contradicciones la fueron sumiendo en un gran silencio que luego, de vuelta en España, terminó en una gran depresión. Creo que al final volvió al “redil” y debió pensar que aquello fue un mal sueño.

Gustavo Gutiérrez escribía con motivo de la muerte de Samuel: “Más de 45 años de su vida fueron consagrados a la variada y numerosa población indígena de su diócesis. Lo hizo con cercanía y amistad, comprendiendo y valorando sus culturas, aprendiendo sus lenguas, defendiendo sus derechos, proponiendo un Evangelio de amor y justicia, ordenando indígenas como diáconos casados para servir a sus pueblos, sensible al sufrimiento de pueblos secularmente maltratados y marginados. Para todo ello, trabajó siempre en equipo, supo rodearse de laicos, religiosas y sacerdotes, con quienes estudiaba la realidad humana y social en la que se encontraban y evaluaba en reuniones diocesanas los proyectos pastorales que compartían. Se trata, sin duda, de una de las experiencias pastorales más ricas que se hayan hecho en el continente en este terreno” (publicado en Eclesalia en febrero de 2011).

Y digo yo que bien nos vendría tener en nuestra España algún obispo semejante a Don Samuel, “sensible al sufrimiento de su pueblo”, que sepa rodearse de laicos, religiosas y sacerdotes con quienes estudiar la realidad de nuestro país.

Recientemente ha sido la renovación de los cargos de nuestra Conferencia Episcopal. Lo de la renovación es un decir porque aquí seguimos teniendo más de lo mismo y a los laicos -y aún más las laicas- nos hacen sentirnos cristianos de segunda o tercera categoría. Pero no me voy a extender hoy más en este tema, lo dejaré para seguir meciéndolo en mi mecedora. Hoy sólo quiero dar gracias por la vida de Samuel Ruiz, que a mí me hizo (y me hace) sentirme orgullosa de pertenecer a la Iglesia que lleva a tantas personas a vivir el compromiso con los pobres y la justicia como él lo hizo. Gracias Don Samuel.