pag23_mecedora_web-2.jpgEn nuestra vida, en la calle, en los viajes, en las reuniones, en el supermercado… se ha introducido un elemento perturbador que desde hace tiempo ha dado en cambiar uno de los mayores placeres que el ser humano tiene: el de la conversación, conversar mirando a la cara, poder ver la expresión que produce en el interlocutor o interlocutora lo que le vas diciendo…

Quizá alguien me llame antigua, a lo mejor lo soy, pero hace unos días iba caminando por la calle y escuché una conversación detrás de mí. Uno se quejaba a otro de que le había estado llamando repetidamente en las vacaciones y este no le contestaba, incluso le había mandado algún whatsapp, sin éxito. “He estado en París y Londres y he ido con (aquí el nombre de una chica que no recuerdo). Desconectaba el teléfono por la mañana y solo por la noche miraba si había algo urgente. Quería disfrutar de su compañía”. Aminoré el paso para que me sobrepasasen y ver el rostro y la edad de quienes llevaban esta conversación. Dos hombres que no debían llegar a los cuarenta. Me animó. A lo mejor no es cuestión de edad sino de educación y sensibilidad.

Uno de mis placeres cuando viajo en tren es poder leer tranquilamente y combinarlo con mirar de vez en cuando el paisaje. Lo mismo intento hacer cuando el viaje lo realizo en autobús. Pero esto es cada vez más difícil. En uno de los últimos viajes en tren tuve como compañera a una ejecutiva que fue solucionando los problemas de personal que tenía en su empresa. Estuve a punto de ofrecerle mis servicios para alguna de las cosas de las que iba hablando.

Hoy ha sido en el autobús, sin ningún tipo de pudor y en un tono de voz que le podíamos seguir todos, un muchacho iba contándole a otro a través del móvil, todas las correrías de la noche anterior y que, por cierto, a nadie de los que íbamos en el bus nos importaban.

Es tremendo llegar a una reunión y ver cómo los y las asistentes lo primero que ponen encima de la mesa son sus móviles y digo sus móviles porque en más de una ocasión no es uno solo. Se les quita el sonido, eso sí, pero se deja en vibración y cuando esta entra en acción se coge, esté en el punto que esté la reunión. “Perdón, pero es que es importante”. Y me pregunto cómo hemos podido llegar hasta el siglo XXI sin estar conectados las veinticuatro horas del día.

Una nota más. Esta foto la hice este verano en una de las playas del Mediterráneo. Entiendo que debían de ser amigos que habían quedado para verse y hablar. Estuve más de cuarenta y cinco minutos y en todo ese tiempo no se dirigieron directamente la palabra. Mi duda es si se estaban “comunicando” a través de mensajes de móvil.

He leído que en Estados Unidos, donde suelen ser pioneros en muchas cosas, hay restaurantes que ofrecen descuentos por dejar el móvil fuera mientras se está comiendo y que éste no sea un elemento perturbador en ese rato de encuentro. No sé de ningún restaurante que haga esto en España, pero sí me gustó ver un cartel en una cafetería; «No tenemos wi-fi, lo siento. Tendréis que hablar entre vosotros.”. Y creo que ese es el gran reto que tenemos: desconectar para conectar, para mirar a los ojos a los otros, a las otras y saber qué sienten y qué nos dicen con esos otros lenguajes que van más allá de la palabra.