El cortoplacismo y los intereses de imagen hacen de la RSE una herramienta frágil. Desde un punto de vista estratégico, la sostenibilidad que queremos conseguir es un bien público que necesita de esfuerzos cooperativos a todos los niveles, incluido el ineludible compromiso personal.

La responsabilidad social ha de asociarse de forma prioritaria con la gestión de los riesgos a nivel macro y micro y con una promoción decidida de la coherencia de políticas a través de la evaluación de costes. La transparencia sin duda facilitará la construcción de puentes entre ambos niveles y aquí la regulación cobra su verdadero sentido, pero lo hecho hasta ahora es claramente insuficiente.

La penetración del discurso de la RSE en políticas públicas vitales para la recuperación económica ha sido muy tímida. No es una cuestión de recursos económicos y humanos, sino de contraste entre lo proclamado como necesario y los medios disponibles para alcanzarlo.

Por otra parte, la RSE en las grandes empresas se ha quedado atascada a nivel micro en el gobierno corporativo y son muy pocas las organizaciones empresariales y los líderes realmente comprometidos. Las recientes reformas en Gobierno Corporativo son positivas pero tímidas y, eso, gracias a los grandes escándalos corporativos.
Las Pymes, por su parte, aparecen aprisionadas en muchas ocasiones por medidas legislativas que tienen un desigual impacto en las grandes, medianas y pequeñas empresas. Cuando hablemos de incentivos para la RSE y de un nuevo marco institucional hay que tener todo esto en cuenta.

La RSE ha de fluir por todos los poros de la sociedad, sin huir de sus fallos sorteándola o desviando la atención a través de la promoción de la innovación o de los emprendimientos ni tampoco sustituir la terminología de RSE por sostenibilidad.
Los incentivos del mercado de la RSE no se han desarrollado todavía y el único actor con verdadero protagonismo hasta ahora han sido las empresas. Los poderes públicos han optado, hasta hace relativamente poco tiempo, por tímidas políticas de promoción; el mercado del consumo responsable tiene todavía que despegar mucho más, por no hablar de los mercados financieros.

En este status quo, todavía inmaduro, es donde tiene que ir abriéndose paso, desde los departamentos de RSE de las empresas, desde el ámbito de las energías renovables, la cooperación al desarrollo y las alianzas público-privadas, desde la lucha diaria del pequeño empresariado responsable, hasta el que trabaja por la integración de personas con discapacidad o en riesgo de exclusión. También en una geometría variable de problemas sociales y económicos que van en aumento para las clases medias, la base laboral de las empresas y las Pymes asfixiadas por la falta de crédito.

Ante este panorama, ¿cuáles han de ser las prioridades para administraciones, empresarios y ciudadanos y ciudadanas responsables?

La RSE es una herramienta con enorme potencial y puede y deber servir para gestionar el cambio en una restructuración económica imperiosa. El cambio tecnológico y la innovación son estrategias evidentes pero la adaptabilidad de las empresas y el refuerzo de su competitividad necesitan más que nunca de casos ejemplarizantes, de reasignaciones de recursos justificadas y equitativas, de esfuerzos y reparto de cargas colectivos, de educación para el cambio.

Necesitamos crear empleo, aumentar la productividad e inversiones. La RSE puede ayudar a retener el talento y sus herramientas de gestión pueden ayudar a reinventar los negocios a través de nuevas estructuras de costes, mayor atención a la clientela y educación a los consumidores y consumidoras, mayor eficiencia a través del aumento de la transparencia, de los salarios asociados a productividad, de atención a los stakeholders, de innovación social…

El principal fallo de la RSE actual es la falta de coherencia, el hecho de que –por ejemplo- se potencie la acción social o las políticas de eficiencia energética, pero se realicen prácticas colusorias en contra de quien consume, se evadan capitales, se desahucie o se dañe al medio ambiente. La sostenibilidad es una meta y la innovación es un camino necesario; pero ninguno de los aspectos de la RSE puede convertirse en la puerta giratoria por la que se escape el componente social, que ha de tener cada vez más peso porque la sociedad civil en general, cuenta cada vez más.