pag6-7_informe_web-5.jpgJosep Maria Carbonell Abelló es decano en la Facultad de Comunicación de la Universidad Ramón Llull y presidente de la Fundación Joan Maragall. Fue Diputado por el PSC en el Parlament y presidente del Consejo Audiovisual de Cataluña. Es autor de varios libros, entre ellos Futuro de la Comunicación.

Usted se ha definido como “católico, socialdemócrata y catalanista-federalista”. Hablemos del futuro de esas opciones. En un mundo globalizado y dominado por el pensamiento neoliberal, ¿qué porvenir tiene la socialdemocracia en Europa?

Después de la llamada “tercera vía” de Tony Blair, que tuvo la pretensión de convertir a los partidos socialistas europeos en una réplica del Partido Demócrata estadounidense, ha habido un desplazamiento de los que fueron socialdemócratas hacia posiciones neoliberales. Para mí, el futuro pasa por tres ejes. El primero, defender el modelo de sociedad europeo, donde se reconoce la economía de mercado pero regulada por el Estado, de modo que primen el interés público general, la equidad y la libertad. El segundo, avanzar hacia un modelo federal europeo donde no sólo se comparte un mercado único, sino donde ser ciudadano europeo comporta garantías; eso significa una recomposición de las soberanías de los Estados nacionales, que han de seguir perdiendo competencias hacia arriba, hacia Bruselas, atribuyéndole competencias plenas en defensa y en política exterior y hacia abajo, hacia las Comunidades Autónomas y las Entidades Locales. Y el tercer eje es no tener miedo del mundo global cambiante que se está construyendo: el crecimiento de nacionalismos de ultraderecha es la respuesta de una parte de la ciudadanía frente a una mundialización que nos desubica. Por eso hace falta una Europa con capacidad propositiva en el proceso de mundialización.

Ahora mismo, en el panorama electoral, hay varias opciones que dicen llevar un programa socialdemócrata. ¿Podrían llegar a encontrase con los ecosocialistas y altermundialistas, que critican el crecimiento y el consumismo?

La política de izquierdas ha de poner como prioridad la visión ética de todo proyecto político. Es necesario entender la política como servicio a las personas y a la sociedad y mantener una actitud crítica frente al poder. En estos últimos ocho años Obama ha hecho en los Estados Unidos una política económica más social que la que ha llevado a cabo la Comisión Europea. Ante la crisis, hay un margen amplio de posibilidades para responder de otra manera. Pero, además, el crecimiento económico no es la salida. La obsesión por crecer un tres por ciento es sólo una salida a corto plazo. Hemos de incorporar en nuestra agenda los temas medioambientales pero, sobre todo, la necesaria repartición de la riqueza internacional, porque el mundo cada vez es más pequeño, estamos todos más cerca y la escandalosa opulencia de algunos es insoportable en un mundo tan cercano. Hablamos, pues, de un crecimiento limitado, sostenible, compartido. Las alianzas son posibles. Hay que ver si el PSOE es capaz de dejar a un lado a sus mandarines liberales y si Podemos define más su posición, a veces ambigua, por ejemplo cuando nos invita a consumir más para salir de la crisis.

Después de lo que ha llovido, ¿el federalismo tiene todavía propuestas que hacer? ¿Qué puede suceder en Cataluña en el corto y medio plazo?

La incertidumbre sobre la evolución política en Cataluña es muy grande. Yo creo que nadie, empezando por el president Mas, sabe qué ocurrirá en los próximos meses. En los dos últimos años se ha visto que una parte importante de la población, cercana al 50 por ciento, quiere una ruptura con España y abrir el proceso hacia la independencia, no sabemos si dentro o fuera de la Unión Europea. Yo procedo de un catalanismo federalista, es decir de una concepción de España plurinacional y pluricultural, que fue mayoritaria y hoy no lo es y se siente apretada entre la recentralización y el independentismo. Nosotros pensamos que en una Europa donde se va a producir necesariamente una recomposición de soberanías es mucho mejor el pacto que la confrontación. Si Cataluña opta por la vía de la independencia vivirá diez años en una confrontación muy dura con España. Yo, honestamente, no veo que tengamos margen para añadir una década más a los cuatro años que llevamos ya, en tensiones de la dimensión actual.

Usted ha presidido, durante cuatro años, el Consejo Audiovisual de Cataluña. En lo que respecta a los medios de comunicación públicos, nuestro país vive una crisis gravísima: sumisión a los gobiernos, baja calidad, escasísima audiencia, derroche, plantillas hinchadas, cierres traumáticos. Además de que sirvan a las lenguas y culturas autóctonas, ¿Qué puede la ciudadanía esperar de los sistemas públicos de comunicación multimedia?

Yo estoy a favor de un sistema público-cívico multimedia, porque la información y comunicación son un bien de interés público, que no debe estar sujeto a las normas del mercado. La experiencia que hemos vivido hasta ahora en nuestra democracia precaria y muy “partidizada” es que los gobiernos han condicionado a los medios públicos, unos pretextando que son medios “institucionales” y deben ofrecer un relato institucional acrítico y otros utilizándolos para controlar a una parte de la opinión pública. Si esto sigue así, los medios públicos no tienen ningún sentido y no se justifica que con dinero de todos los contribuyentes se sostengan proyectos partidistas. Pero tienen todo el sentido unos medios públicos autónomos, profesionales que ofrecen información veraz. Hay ejemplos donde mirarse: en la BBC de Gran Bretaña y en los países escandinavos. Para que esto sea posible entre nosotros se necesitan recursos y un gran pacto democrático y cívico.

¿Cómo explicaría usted su fe cristiana?

Soy parte de esos cristianos que viven bajo una sosegada incertidumbre y que distinguen entre la radicalidad de la fe y la comprensión fundamentalista de la misma. He intentando construir y formular una fe razonable y razonada que, sin renunciar al misterio y al silencio, no se rompa en añicos delante de la razón. Hago mías estas palabras de Paul Ricoeur: “La fe es el fruto de un azar que se convierte en destino gracias a una elección continuada”.

Usted ha bebido en las mejores tradiciones del catolicismo contemporáneo, el personalismo de Mounier, la filosofía humanista y antifascista de Maritain, la teología política y social europea, la latinoamericana de la liberación, la escuela de Frankfurt y Ernst Bloch. Ahora preside la Fundación Joan Maragall para el dialogo fe-cultura. Asumiendo esa tradición y mirando a nuestro tiempo, ¿cuáles serían los temas de mayor actualidad?

Lo primero, reconocer que ahora los cristianos podemos ser una minoría creativa que actúe, a contracorriente, en los márgenes y las periferias y que insista en algunos valores que forman parte de nuestra cultura, sobre todo el carácter sagrado de la persona. Después, afirmar que Dios puede ser, al menos, una hipótesis para entender el mundo. Y, puestos en dialogo, con otras culturas y religiones, ayudar a construir una ética universal y un mundo en paz. Vivimos tiempos de resistencia, de esperanza y de acción. Y esa acción precisa mediaciones previas: discernimiento crítico, ética y también mística, espiritualidad.

¿Por qué creer hoy en Dios?

En nuestro mundo occidental, hijo del positivismo científico y hoy articulado bajo la ideología del “cientismo”, que convierte el método científico en una ideología que debe aplicarse a todos los ámbitos del conocimiento humano, parece como si el universo, el mundo y la vida fueran resultado básicamente del azar. El colectivo de opinión Andreia afirmaba hace unas semanas en el periódico La Vanguardia: “Creemos que el mundo tiene un sentido, que tiene una orientación final; creemos que, en esta aventura, no estamos solos, que caminamos hacia un horizonte de plenitud”.

Dice el teólogo González Faus que “lo importante no es creer en Dios, sino en qué Dios se cree”. Los cristianos y cristianas siguen a un fracasado, a un ejecutado que se enfrentó al poder religioso y político.

Nos encontramos hoy en día sumergidos, como constantemente recuerda el papa Francisco, en una sociedad de la indiferencia y de la primacía de los intereses individuales. Ante este tipo de individualismo, donde el «otro» se entiende como competidor y donde la dimensión comunitaria de la persona está sometida al interés y al utilitarismo, el Sermón de la Montaña, las bienaventuranzas, se han convertido, con mayor fuerza, en lo esencial de la herencia cristiana. Van a ser felices, ya en este mundo, los pobres, los sufrientes, los compasivos, los pacificadores, los que se arriesgan por la justicia.

Josep Carbonell suele repetir que no quiere una Iglesia con poder, pero sí una Iglesia con influencia. ¿Puede explicar eso?

No quiero una Iglesia con poder. Pero sostengo que debe tener incidencia y no sólo en la vida privada de las personas. La Iglesia debe tener una voz pública, no para configurar el ordenamiento jurídico de la sociedad, sino para recordar valores, que son la herencia del cristianismo.

Como presidente de la Fundación Maragall le escribió usted una carta al papa Francisco indicándole algunos temas que deberían figurar en su agenda. ¿Qué le decía?

Le propuse algunos aspectos de reforma y de nuevo posicionamiento de la Iglesia en el mundo. Y me siento muy satisfecho, porque vamos en esa dirección. Le proponía una Iglesia universal descentrada de los paradigmas europeos, más atenta a las voces y experiencias religiosas de todos los continentes y respetuosa hacia su pluralidad interna. Una Iglesia atenta a su opción preferencial por los pobres. Una Iglesia conciliar, gobernada, sin perder la unidad, con mucho mayor peso de las Iglesias locales. Yo me siento muy identificado con el papa Francisco, que lidera una segunda primavera eclesial.

¿Josep Maria Carbonell es Charlie Hebdo?

Yo no soy Charlie Hebdo. En un primer momento, ante la matanza de los periodistas, fui, como todos debíamos ser, Charlie Hebdo y nuestra facultad de comunicación sacó un cartel en solidaridad con los periodistas. Después, hemos reflexionado más sobre los aspectos subyacentes. Hay varios aspectos a tener en cuenta. En primer lugar, la importancia, en toda sociedad, de la libertad de expresión. Pero en otras sociedades, diferentes de las occidentales y poco secularizadas, cuando la libre expresión colisiona con otros derechos, la gestión de ese derecho es diferente que en Occidente. Yo soy de los que defienden que el escarnio público voluntario y preparado contra una confesión religiosa puede constituir una incitación al discurso del odio. Y pienso que la libertad de expresión, que nunca ha sido un derecho absoluto, puede tener límites. Vivimos en una aldea global, más con el desarrollo de la televisión y de Internet, pero sucede que no hay normas globales de convivencia. En Occidente somos orgullosos y creemos que nuestro discurso hegemónico es el mejor y el más auténtico y pensamos que nuestro modelo de emancipación -la Ilustración- y nuestro sistema jurídico de valores deben imponerse a todo el mundo, pero va siendo hora de que empecemos a escuchar y comprender otros relatos, porque nuestro modelo tiene limitaciones. En estos temas soy partidario de establecer muy poca regulación administrativa y de que haya más autorregulación y sentido común, con una ética aplicada, que combine la ética de los principios y la ética utilitarista de las consecuencias.

La Universidad Ramon Llull mantiene, desde hace tres años, un observatorio sobre cómo se informa sobre el hecho religioso en los medios de comunicación. ¿A qué conclusiones llega en cuanto a cantidad y calidad de esas informaciones?
La cantidad es muy escasa, las páginas de religión de los periódicos son cada vez más limitadas. La calidad, muy reducida. Hay un gran desconocimiento del hecho religioso, no sólo del cristianismo, sino del conjunto de las religiones. Se anota también cierta prevención y predominan noticias solo negativas, aunque eso sucede en todos los ámbitos de la actualidad. La formación de los periodistas sobre este tema, especialmente en los de las generaciones más jóvenes, es casi inexistente. Nuestra Universidad lidera un postgrado para formación de profesionales del periodismo especialistas en “Comunicación del hecho religioso en la era digital”. Una cosa es la información religiosa y otra, distinta, la educación.