pag8_iglesia_web-24.jpgImaginémonos una gran ciudad. Aunque no vivamos en Madrid o en Barcelona, creo que todos podemos tener una idea del bullicio, los atascos, las luces y las carreras que se producen diariamente en las grandes avenidas. Las sirenas de los coches de policía, ambulancias o bomberos, el sonido del claxon de los coches, las conversaciones de la gente en las calles y en los bares hacen que ciertas zonas de dichas ciudades sean caóticas.

Sin embargo, en medio de ese ruido, de las prisas y del estrés, en plena calle Princesa de Madrid, casi esquina con la Gran Vía, hay un espacio para parar y dedicar un rato a uno mismo. Es en esta zona donde se encuentra el centro Más que silencio. Situado en un alto e imponente edificio de oficinas, este proyecto sin ánimo de lucro, creado por un grupo de personas creyentes y no creyentes surge, precisamente, con el objetivo de escapar del ajetreo diario y ofrecer un momento de tranquilad, paz y encuentro con uno mismo sin la necesidad de salir de la gran urbe madrileña. Tal y como ellas lo definen, este proyecto «quiere compartir con otros sus procesos humanos y espirituales orientados a generar sentido y a ayudar a crear una sociedad justa e inclusiva». La idea nace de su propia experiencia en el crecimiento humano y espiritual y, conscientes del misterio que a todos y todas nos habita, creen firmemente en la necesidad de encontrar espacios de silencio, por lo que no dudan en ofrecerlo a toda persona que lo desee. «A través del silencio vamos aprendiendo y constatando la necesidad de crecer en consciencia, en la vivencia del momento presente, en el amor y la compasión hacia nosotras mismas y hacia los demás».

Este año, en Más que silencio proponen “Un viernes distinto”. Una nueva sugerencia del centro que tiene lugar una vez al mes y cuyo objetivo es comenzar el fin de semana de una manera diferente y, sobre todo, con otro talante. En palabras de Inma, una de las creadoras del centro, «lo de un viernes distinto nace del deseo de poder ofrecer a gente más joven una propuesta para aprender a vivir más conscientemente, terminar la semana, hacer un alto en el camino, tomar conciencia de quiénes somos, dónde estamos y qué queremos; nunca con el interés de plantear un ocio distinto». Aunque la propuesta está hecha para la gente joven, la edad no es ningún impedimento para ir y dejarse sorprender. Lo mismo que tampoco importa en qué o en quienes creas.

Según nos explica Inma, en la sociedad en la que vivimos las personas tienen un cierto miedo a encontrarse consigo mismas. Solemos tener un autoconcepto negativo y la exigencia de tener que demostrar nuestra valía constantemente. Llenamos, por tanto, nuestra vida de actividades para no tener que enfrentarnos a nuesta soledad. Por ello, “Un viernes distinto” quiere demostrar que no hay por qué tener miedo. «Lo mejor que puede pasarnos es reconocernos y asumir quiénes somos», insiste Inma, «ya que el trabajo más increible que tenemos entre manos somos nosotros mismos». Esa necesidad de encontrarse consigo misma, consciente o incoscientemente, tambien la tiene la gente joven, lo mismo que experimenta la sensacion de vacío y de soledad. «No pretendemos tener la barita mágica que dé solución a todo esto, pero sí ofrecer un espacio por donde continuar el camino, con un modo concreto: pararse y tomarse en serio». En este sentido, el centro quiere ofrecer una vía de aprendizaje continuo, dado que existen pocos lugares que ofrecen iniciativas como estas. Los jovenes necesitan llegar a una «edad adulta con un bagaje, no sólo cultural o científico propiciado por el colegio o el instituto, sino también de reconocimiento personal desde lo que somos en profundidad».

La metodología implantada es dinámica y pedagógica, precisamente para no asustar ni aburrir a los jóvenes. Pero, evidentemente, hay que experimentar un momento de soledad con uno mismo si realmente queremos encontrarnos y reconocernos para, poco a poco, aceptarnos y querernos. «Hemos de entrar en un modo de aprender y conocer que no utiliza el pensamiento y las categorías mentales sino, más bien, la observación de la verdad profunda de lo que somos y eso no se hace sin tomarse un tiempo donde entrar en otra dimensión, la de la interioridad y la de la espiritualidad».

Para ello, es imprescindible el espacio y el ambiente creado. Tras una pequeña entrada, nos encontramos con una sala enorme con grandes ventanales que dejan ver las maravillas de ese ruidoso Madrid que algunas personas tanto queremos. La moqueta azul que cubre todo el suelo te permite quitarte los zapatos, sentarse por el suelo y, en definitiva, sentirte como en casa. La invitación, simple y llanamente, es a dejarse llevar. En primer lugar, se invita a las personas que asistan (quienes no tienen que reservar ni avisar con antelación de su presencia) que suelten el cuerpo y que busquen su propio espacio según las necesidades que tengan y sientan. No voy a negar que, al principio, te puede la vergüenza y el desconcierto pero, poco a poco, la luz tenue, la música suave y, en general, el ambiente creado te hace fácil lo difícil. Y, sin darte cuenta, allí estás, buscando tu sitio y experimentando sensaciones que, curiosamente te van gustando. Tras ese primer momento, la gente se distribuye por la sala de tal manera que todos estén lo más cómodos y cómodas posible. Es entonces cuando comienza, verdaderamente, el momento de meditacion. Las palabras seguras y tranquilas de todas las responsable de llevar a cabo este maravilloso rato, te invitan a relajarte. Sientes cada músculo de tu cuerpo y cómo éstos, poco a poco, van pesando. Pensándolo tranquilamente después, es sorprendente que realmente uno consiga relajarse de tal manera. El ruido de los coches deja de oirse y tus oídos solo están pendientes de la musica y de las palabras. Seguidamente se deja un tiempo para interiorizar un texto, el cual será cauce para conectar con lo trascendente (que cada uno sea libre de llamarlo como quiera). La hora de duración se pasa volando. Eso se suele decir cuando uno disfruta con lo que hace.