curasobreros.jpgEn la segunda carta a los tesalonicenses escribía Pablo: “Ya sabéis cómo debéis imitarnos, pues estando entre vosotros no vivimos desordenadamente ni comimos de balde el pan de nadie, sino que día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros. No es que no tuviéramos derecho sino que os hemos querido dejar un ejemplo a imitar (3, 8s)

Por desgracia, ese ejemplo deseado por el Apóstol no se tomó en cuenta en la Iglesia… prácticamente hasta la aparición de los curas obreros.

Un libro reciente, -”Curas obreros” ed. Herder- editado por José Centeno García, Luis Díez Maestro y Julio Pérez Pinillos, nos ha traído, con sus testimonios, la memoria de los curas obreros españoles.

Como se sabe, se trata de un movimiento nacido en Francia al fin de la segunda guerra mundial, tras el impacto y la reflexión que había provocado el constatar que se trataba ya de un país de misión.
Entre los primeros, el dominico Jacques Loew, que en 1944 se puso a trabajar de descargador en los muelles de Marsella. Una década después, ya eran casi cien los sacerdotes franceses que trabajaban manualmente. Pío XII advirtió en 1953 contra la lucha de clases y los curas obreros y seis años después se prohibió a los sacerdotes trabajar en fábricas.

Pero tras el Concilio Vaticano II, que en sus textos les proporcionaba un pequeño aval, el Papa Juan XXIII levantó el veto, algo que dio alas al movimiento francés, que en 1979 alcanzó los 800 curas obreros
En España el movimiento de los curas obreros no comenzó hasta los años sesenta. La oposición al franquismo, el impacto del Vaticano II, la búsqueda de una nueva identidad sacerdotal y la constatación de la lejanía de la Iglesia de los medios obreros, todo ello contribuyó al arranque de una serie de curas que empezaron a ganarse las vidas con su trabajo manual. Hasta hoy el número de estos curas ha sobrepasado el millar y aún hoy día son más de cien.

La credibilidad de la Iglesia

En los últimos años la Iglesia ha registrado en España una vertiginosa caída en su credibilidad y en el aprecio de los ciudadanos. No hablamos del aumento de la increencia sino del creciente número de compatriotas para los que la Iglesia se ha convertido en algo insoportable. En los Hechos de los Apóstoles se cuenta que las primeras comunidades cristianas eran bien vistas por todo el pueblo, pero en este momento, para sectores cada vez más amplios, la Iglesia está especialmente mal vista. Es una situación en las antípodas de la que pudimos vivir en los años sesenta, en los que se produjo una oleada de simpatía hacia la institución eclesiástica. Y en ese ambiente el fenómeno de los curas obreros fue uno de los más decisivos.

En su larga conversación con Vittorio Messori titulada “Informe sobre la fe” el entonces cardenal Ratzinger afirmaba que “los obreros no se convirtieron al cristianismo y en cambio muchos curas se hicieron marxistas”. Realmente sorprende una afirmación tan simple en boca del entonces responsable de la pureza doctrinal en la Iglesia. Nadie en su juicio pretenderá que todo el mundo acepte los planteamientos del Evangelio y de la Iglesia pero sí puede pretender que la figura de Jesús, su mensaje y la Iglesia que lo transmite sean mirados con simpatía y con admiración. Que atraigan, que sean atractivos. En este momento no ocurre así pero sí lo fue no hace tantos años, también sin duda gracias al movimiento de los curas obreros.

Ni el mundo ni el movimiento obrero, tan apartados de la Iglesia, les rechazó. Por el contrario les otorgó su confianza, eligiéndoles para los comités de empresa y hasta para cargos públicos… Muchos obispos confiaron en ellos. Algunos, como A. Iniesta, P. Casaldáliga, Joan Carreras, Nicolás Castellanos… les expresaron su apoyo y aliento.

Cuestiones teológicas

Por razones de evolución histórica que ahora sería imposible desgranar, los sacerdotes, al menos en las sociedades europeas, se fueron convirtiendo en unas figuras apartadas, separadas del común de los ciudadanos. Todo se fue organizando para que así fuera: las vestiduras, los tratamientos, la coronilla tonsurada, el rito de besarles la mano, cada símbolo era expresión de una teoría discriminatoria: “el Sacerdote representa al Divino Redentor, y como Jesucristo es la Cabeza de aquel cuerpo del que los cristianos son miembros, representa también a Dios cerca de su pueblo. La potestad que le ha sido conferida no tiene, por tanto, nada de humano en su naturaleza; es sobrenatural y viene de Dios” (Encíclica Mediator Dei).

Los curas obreros rompieron con ese esquema. Quisieron pasar, como Jesús mismo, como unos de tantos, asumiendo la “civilidad” (Mariano Gamo). Insertados en la vida real por su trabajo y compromiso pastoral y siendo ahí contemplativos, procurando ganar su salario como todo el mundo, procurándose por tanto su autonomía de cara al erario público, a la diócesis y a la propia comunidad.

A esta nueva figura acompañó la lucha por el celibato opcional, en que el matrimonio fuera una opción evangélica y profunda, contando siempre con el discernimiento de la comunidad y un proceso lento y respetuoso (los curas obreros casados de España representan un 20%).

En la España de los años 60 este movimiento representó además un nuevo modo de pastoral, el de una Iglesia de creyentes comprometidos con lo real en hechos y en palabras y con un acompañamiento entre iguales, en nombre del Evangelio. Una Iglesia que salía al encuentro del mundo y de movimiento obrero: en las fábricas, construcción, hospitales, barrios…

El futuro de los curas obreros

Mirando el panorama de la Iglesia de España, y dados los cambios en la sociedad y en el movimiento obrero, no parece fácil reproducir ese camino ministerial.

Y sin embargo, ¿no habrá curas que se atrevan a salir de lo ortodoxo-litúrgico al espesor de lo real? ¿No habrá curas que no quieran depender de los privilegios de la Iglesia y se atrevan, siguiendo el ejemplo de san Pablo, a ganar su sustento? ¿No habrá curas que se pregunten por las causas de la desafección de tantos y salgan a su encuentro sin pertrechos clericales, sólo con la fuerza del Evangelio?
En este mundo secular el Espíritu no puede abandonar a su Iglesia.