Foto. Breno Peck.Existe otra cuestión en la vida de la persona cristiana que va precisamente muy ligada a la del mérito y la gracia. Me refiero concretamente al sacrificio y a la mortificación.

Para aclarar esta cuestión me parece necesario, antes de nada, afrontar un tema tan importante, por lo que a la fe cristiana se refiere, como es el de la redención. Para situarnos un poco, sería cuestión de recordar teorías fundamentales en el caso de la mayor parte de teologías hasta hace no mucho tiempo. Teorías muy arraigadas, pero no por ello menos erróneas.

Tal es el caso de la relación existente, por ejemplo, entre el precio a pagar por nuestro pecado y la consiguiente aplacación por parte de Dios. Es decir, nuestro pecado nos había separado de Dios de manera infinita. Por tanto, solamente se podía corregir con una acción infinita también; en el caso al cual me estoy refiriendo, con la entrega de alguien capaz de llevar a cabo acciones de semejante valor; solamente podía hacerlo alguien que fuera también divino. En este caso, con la entrega, muerte, de Jesús, la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Es verdad que la liturgia cristiana parece apuntar precisamente en esta dirección en algunos momentos. Me vienen ahora a la mente las palabras del pregón pascual: “Oh, feliz culpa que ha merecido un redentor tan grande”. Aunque, a decir verdad, me da la impresión de que dichas palabras parecen estar más cerca, si se me permite, de algo tan cacareado a nivel popular como es aquello de “no hay mal que por bien no venga”.

Si nos vamos al arte, concretamente a la escultura, aunque también a la pintura, de nuestro Barroco, observaremos esta teoría plasmada de manera perfecta a nivel plástico. Solo hace falta salir cualquier día de la Semana Santa por la mayor parte de calles de la geografía española para ver esas esculturas de Jesús sangrante, flagelado y muriendo en una cruz con gestos que exceden cualquier tipo de dramatismo.

Lo mismo se puede decir de la literatura. En este sentido aconsejo leer, por su gran belleza tanto a nivel literario como místico, el soneto anónimo de mediados del siglo XVI: “No me mueve mi Dios para quererte”.

Es verdad que todo esto venía ya de épocas anteriores. Solo hace falta que nos adentremos un poco en la Edad Media, sobre todo en los tiempos más fuertes de pestes y guerras que eran vistas como la consecuencia de un Dios enojado que así pagaba los numerosos pecados cometidos por la humanidad.

Ante semejante situación, los predicadores no cesaban de insistir en la necesidad de penitencias personales, cuanto más duras mejor, para poder conseguir de esta manera el perdón divino. Como si la propia vida no fuera en sí misma suficiente penitencia en aquellos momentos.

Religiosamente hablando, ¿tienen sentido hoy día el sacrificio y la mortificación? Yo diría que no a tres niveles: como precio a pagar a cambio de que Dios perdone nuestras culpas. Recordemos en este sentido cómo el padre de la parábola no exige al hijo pródigo ningún tipo de compensación para poder ser perdonado. En cambio, sí que se lo exigía el hermano mayor; así es nuestra condición humana.

Si no recuerdo mal, Rodrigo, uno de los protagonistas de la película “La Misión”, sería el ejemplo más ilustrador de esto. Tampoco una mortificación y un sacrificio como méritos para que Dios me quiera más o me tenga por mejor persona. Y, por supuesto, rotundamente no a todo ese tipo de mortificaciones y sacrificios que exceden lo humano.

En cambio, apostando por el valor que siempre tendrá la ascética como virtud, creo que la mortificación y el sacrificio sí que siguen teniendo sentido en la medida en que nos ayudan a tener más compasión y misericordia con las demás personas, traduciéndose en la práctica en verdadera solidaridad. También una mortificación fruto de una renuncia a realidades que no hacen más que destruirnos como seres humanos y colaborar en la destrucción de los demás.

¡Qué bien nos vendría a veces privar a nuestros sentidos de tanta imagen y de tanto ruido, para poder dedicar ese tiempo a la reflexión personal, entre otras cosas! ¡Cuesta!, me diréis; ¡claro! Pero en ello nos jugamos muchas veces el verdadero crecimiento personal y la madurez que tanto necesitamos para contribuir a la construcción de un mundo verdaderamente fraternal.