El calendario litúrgico marca el 24 de septiembre como la fiesta dedicada a la Virgen de la Merced. Una advocación de la Virgen muy especial por representar algo tan antiguo, pero a la vez tan actual, como es la triste realidad de la esclavitud en todos los ámbitos y sentidos frente al gran reto de vivir en libertad al que todo ser humano tiene derecho. 

Virgen de la Merced

Esta festividad de la Virgen de la Merced es siempre una oportunidad maravillosa para reflexionar sobre algo en lo que se fundamenta la esencia del ser humano: la libertad. De tal manera que el dilema es claro y rotundo: o se es libre o no se es persona.

Es una fiesta o una advocación de la Virgen que exige, a su vez, a toda persona, pero de manera especial a quien se considera cristiano o cristiana, un compromiso necesario y urgente de cara a trabajar para que puedan recuperar la libertad quienes la hayan perdido y, a su vez, ayuden a evitar que otras personas lleguen a convertirse en esclavas. He dicho que tal compromiso se nos exige a todas y todos, porque la libertad, como todos los valores humanos, no entiende de credos, de ideologías o de pertenecías. Y, de una manera particular, en el caso de toda persona que se considera cristiana, porque, como dijo el mismo Jesús “Su palabra y sus obras son la verdad que, a su vez, convertirá en libres a quienes se esfuerzan por vivirlas” (Ju 8,32).

Tengo la impresión de que estamos ante una de las realidades o valores de los cuales más carecemos, tanto a nivel individual con respecto a nuestro interior, como a nivel exterior en lo que se refiere a nuestras relaciones entre personas, pueblos y países. Alerta, porque, si es verdad que se han dado pasos inmensos en cuanto a la abolición física de la esclavitud, no lo es menos el hecho que existen otras formas, algunas de ellas muy sibilinas, a través de las cuales se continúa teniendo esclavizadas a personas y colectivos. Dos ejemplos muy sencillos: ¿cuántas familias no pasan gran parte de su vida sometidas por la esclavitud de una hipoteca que las impide hacer algún proyecto un poco ilusionante para su presente y su futuro más inmediato? ¿Cuántos países no se ven obligados a vivir bajo condiciones indignas porque su deuda con no sé quién (FMI/ Banco Mundial) es inasumible?  

Al hilo de todo esto, me viene a la mente el hecho de que sería bueno que no perdiéramos de vista un hecho histórico: la fundación de la Orden de la Merced en el siglo XIII por Pedro Nolasco. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y muchos acontecimientos ha vivido la humanidad, tanto en este campo como en otros muchos. No obstante, creo que tanto la fiesta en sí como la orden mercedaria nos ofrecen una buena oportunidad para refrescar o traer a colación algunos hechos que nos ayuden a afrontar, aunque sea por encima, el tema de la esclavitud y de la libertad, a partir de las circunstancias en que nos encontramos inmersos.  

En el siglo XIII, el enfrentamiento entre culturas, religiones y pueblos diversos, sumándose a la piratería, llevaba muchas personas a la opresión del cautiverio. La sociedad dio una respuesta colectiva: unos consagrando su vida a la obra de la liberación; mientras, otras muchas personas colaboraban desde su oficio de armadores de embarcaciones, desde su cargo de cónsules en plazas africanas, o, sencillamente, con su aportación en metálico o en especies.

Nuestro Mediterráneo, vía de comunicación entre África y Europa, era también camino hacia la cautividad o hacia la liberación. Hoy muchos inmigrantes se arriesgan a atravesarlo soñando en la libertad, pero encuentran vallas infranqueables, campos de refugiados y, en el peor de los casos, la muerte. Ya no hay carabelas, sino pateras; ya no hay piratas ni galeras, sino negociantes sin escrúpulos que mercadean con la miseria. Y, más allá de este mar, cuánta gente y cuantos pueblos sufren opresiones de todo tipo. Pero tampoco hace falta salir fuera pues, ¡cuántos, en casa mismo, se encuentran prisioneros de la pobreza o de los vicios propios o ajenos que constituyen las esclavitudes modernas!

El mensaje de la Merced es, pues, tan actual hoy como el siglo XIII. Y la tarea de liberación a la que nos invita tiene miles de destinos: en casa, en el barrio, en la ciudad, en la otra orilla del Mediterráneo, o en cualquier lugar de la tierra. En un mundo global ya no cuentan los límites geográficos.

Entonces eran los Hijos de la Orden de la Merced quienes, en su gran mayoría, afrontaban el gran reto de liberar a cuantos podían, de entre quienes habían perdido la libertad. Llegando, en muchos casos, a dejar en prenda su propia vida. Creo que es de justicia que hoy tengamos en cuenta y valoremos también en la medida que se merecen a tantas personas que entregan sus vidas, parte de ellas o de lo que tienen, para desligar tantos nudos que tienen atenazadas sin piedad a personas, pueblos y países. 

La fiesta de la Virgen de la Merced nos recuerda la obra liberadora que el mensaje del Evangelio inspiró en el siglo XIII. Pero que no quiere ni debe quedarse en recuerdo. Por ello, la Virgen de la Merced nos sigue animando hoy a trabajar con el mismo espíritu y por una causa tan noble como es la libertad.