Foto. Enrique Bustamante.
Una fiesta con un “no sé qué especial” a nivel religioso es la de la Candelaria, el 2 de febrero, que, sin embargo, forma parte de las que podríamos llamar de segunda categoría, debido precisamente al maldito “precepto” de la santa madre Iglesia según el cual ésta es una fiesta en la que los católicos no estamos obligados a asistir a misa. ¡Sólo faltaba que se nos obligase a asistir a misa ni este día ni nunca! ¡Hasta aquí podíamos llegar! En el fondo, ¡qué pena todo ello!, ¿no? Es una fiesta, por otra parte, que suele tener un eco bastante fuerte en ciertos pueblos y ciudades por la peculiaridad con que se celebra, como es el caso de las ferias y romerías, entre otros.

Pero, además, curiosamente coincide con lo que podríamos llamar el ecuador del invierno; hecho éste que ha dado pie a numerosos refranes populares cargados, como casi siempre, de una profunda filosofía sobre la vida, sobre todo por parte de las gentes del campo. De hecho, algunos años por la Candelaria ya comienzan a verse algunos rebrotes en los árboles, como si con ello se nos quisiera anunciar que ya queda menos para llegar a la primavera; estación por antonomasia del resucitar de una vida muerta durante el invierno. Aunque a decir precisamente de la sabiduría popular “La Candela llore o cante, invierno atrás y delante”.

Pues bien, a pesar de no contar con el “pedigrí» que se merecería a nivel religioso, cabe decir que el mensaje que nos trae la fiesta de la Candelaria es uno de los más profundos del Evangelio a través precisamente del signo de la luz.

Cuando Simeón cogió al niño en sus brazos exclamó: “Este niño será luz para todas las naciones”. ¡Qué curioso!; pues, precisamente, será la luz el signo más importante de la fiesta por antonomasia de las personas que intentamos vivir el proyecto de Jesús. De hecho, el cirio pascual preside nuestras celebraciones y, de una manera especial, el primer momento de entrada en la comunidad, como es el bautismo y el último, en el momento de celebrar las exequias.

No obstante, cuando a veces me paro y echo una mirada despacio a la Iglesia a la cual pertenezco, no puedo por menos de preguntarme si ésta es realmente luz para los hombres y mujeres que viven, o vivimos muchas veces, inmersos en crisis y en dudas de todo tipo. O, por el contrario, si más bien no hace sino aportar oscuridad y tinieblas, haciendo que mucha gente tenga que ir a tientas por la vida, con la inseguridad y el miedo que acostumbra a acarrear esta forma de vivir. ¿O es que se nos ha olvidado quizá aquello que el mismo Jesús quiso dejar claro cuando iba por aquellos caminos de Galilea, rodeado de la gente sencilla: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas”?

No soy quien para entrar en el campo de las intenciones; pero tengo la impresión de que en demasiados momentos la mayoría de las jerarquías de la Iglesia se ha dedicado durante muchos siglos y continúa dedicándose a “autoiluminarse” con sus teologías elevadas y desarraigadas de la vida, sus normas, leyes, preceptos, etc., sintetizados en un Derecho Canónico que poco o nada tiene que ver con el mensaje de Jesús y su Buena Noticia. Unos preceptos y normas, por otro lado, que no han hecho más que oscurecer caminos que estaban y están llenos de vida o crear una especie de neblina que ha obligado a muchas personas a abandonar dicho camino o a continuar caminando sin ilusión ni esperanza.

Es momento de recordar que la Iglesia, todas y todos, tiene un único sentido por deseo expreso de Jesús, precisamente “Vosotros sois la luz del mundo”. Debemos ser luz, que es lo mismo que decir que debemos esforzarnos por ser compasivos, misericordiosos, solidarios, hombres y mujeres de bondad y de perdón siempre, para todos y sin límites. Se trata de la luz de las obras que, al fin y al cabo, son las que liberan de verdad. En contraposición a todo tipo de misterios y de dogmas que no hacen más que encorsetarnos y volvernos miopes frente a la riqueza inmensa del Evangelio.