Celebración de la Misa Crismal en la Catedral de Valladolid. A veces me viene a la mente el axioma “Sacramenta propter homines” que aprendí cuando estudiaba Teología. Lo suelo aplicar a realidades diversas de la vida en el sentido semejante, en cierta manera, al que Jesús se refería en el Evangelio cuando espetó, sin más, a los fariseos aquello de que “El sábado está hecho para el hombre y no a la inversa”.

Debo confesar que no soy muy amante de la “Liturgia” (con mayúscula y entre comillas) por lo que a las celebraciones religiosas se refiere. Bien es verdad que soy consciente de que las relaciones humanas están plagadas todas ellas de liturgia, es decir, de signos convencionales que las personas utilizamos a la hora de relacionarnos las unas con las otras. Sobre todo cuando estas relaciones tienen un cariz especial, porque el momento o los momentos pueden ser también especiales como, por ejemplo, un aniversario, el compromiso de pareja de unas personas amigas o queridas, la consecución de algo esencial para la vida de alguien que nos invita a celebrarlo, etc.

Ciñéndome al campo estrictamente religioso, concretamente al aspecto celebrativo, quisiera aplicar el sentido del axioma que al principio citaba “Sacramenta propter homines” (los sacramentos para las personas) al que encabeza el actual comentario: la Liturgia para el pueblo. Hablo desde mi experiencia personal; por tanto, no pretendo en absoluto dar lecciones ni sentar cátedra sobre algo cuyas normativas desconozco casi en su totalidad. Parto desde lo que yo siento, especialmente cuando me encuentro participando en una celebración religiosa como una más de las personas que forman la asamblea cristiana en aquel momento.

Tengo la impresión, en general, como si de lo que se tratara en la mayoría de las celebraciones fuera de contentar o agradar a Dios, para lo cual hay que cumplir una por una cada una de las fórmulas y de los ritos establecidos en los rituales correspondientes. Porque parece que, de no ser así -esta es la impresión que tengo- Dios no estaría a gusto, en el peor de los casos se sentiría ofendido y no dejaría que su “Gracia” llegase a los y las fieles que se reúnen allí. Eso sí, no importa que el aburrimiento, el tedio y el cansancio entre las personas que allí se encuentran sea el resultado de una “Liturgia” aplicada con la máxima rigurosidad hasta el más mínimo ápice.

Creo no equivocarme si digo que “el misterio, lo oculto, lo sagrado…”, predomina en estos casos por encima de la espontaneidad, la humanidad, la alegría, la naturalidad de las personas que se han sentido convocadas y se han reunido para celebrar algún aspecto concreto de su fe. Se desarrolla así, en lugar de hacerse desde sus vivencias y a través de lo que sienten, siguiendo, simplemente, las formas o los cauces de expresión que acostumbran a utilizar en su comportamiento cotidiano y en sus relaciones con las demás personas.

Podría poner ahora diferentes calificativos para definir cómo me siento cuando me encuentro en una celebración donde la “Liturgia” se cumple al pie de la letra, pero, en cambio, me doy cuenta, intuyo e –incluso- palpo que lo que allí falta es un mínimo de vida y, al menos, un poco de alegría. Pues bien, aparte de rabia, el sentimiento que siempre acaba aflorando dentro de mí es el de “pena”; mucha y muy grande. ¡Qué lástima!; ¿cómo es posible que algo tan positivo y cargado de ilusión acabe en una rutina cansina, sin fuerza y amargante?, me digo para mis adentros.

Después de ver -porque vivir es imposible- todo esto, llego a una conclusión de la que estoy plenamente convencido de no estar equivocado: la causa de todo ello no hay que buscarla en ninguna otra razón, sino en el hecho de que hemos creado unas celebraciones plagadas de “Liturgias”, cuyos rituales tienen a Dios como fin inmediato, sin contar para nada -o dejándola totalmente de lado- con la persona que se ha reunido para celebrar. Claro que, cuando hablo de Dios, yo pienso que es imposible que pueda referirse al Dios que yo he aprendido de Jesús en el Evangelio.