Es esta una expresión que, como muchas otras, se oye, o al menos se oía demasiado en otros tiempos no muy remotos, entre la gente; de manera especial entre personas conocidas comúnmente como “de iglesia”. Debo confesar que la he oído muchas veces, precisamente no hace mucho tiempo la última. En este caso, era una persona de fe “sencilla” que se dirigía a otra, también de semejante talante, con el bien intencionado propósito de consolarla en cierta manera por los contratiempos a nivel familiar que la vida le había deparado durante bastantes años. “Si no te ganas el cielo tú…”, fueron las palabras que, de alguna manera, hicieron eco fuerte en mis oídos.

No se trata de una expresión única o puntual; forma junto a muchas otras el grueso, a nivel de fe, de las verdades en que se nos educaron a muchas personas en otros tiempos.

Debajo de esta expresión, y de otras muchas parecidas, subyace toda una manera de entender la fe y la religión, que muy poco o nada tienen que ver con el Evangelio, por cierto, enseñada dicha religión por un buen número de teólogos, predicada por sacerdotes y anunciada por catequistas y demás. Se trata de insistir todo lo que se pueda, y más, en el mérito; dejando de lado casi del todo cuanto pudiera dar pie al amor y a la gracia. No sea que, sin querer o con intenciones subrepticias, cayéramos en las garras del tan “temido” protestantismo.

¿Cuál es o puede ser el origen de todo esto? Intentando ir al núcleo de ello, yo apuntaría las diferentes imágenes de Dios que desde bien antiguo han marcado la educación religiosa de la gente; y que, hoy día, siguen marcando con la misma o parecida fuerza a la gente que se acerca a la mayoría de las iglesias o acude a grupos diversos a recibir catequesis. Aunque, tratándose de sociedades mayoritariamente laicas sobre todo en los países otrora cristianos y católicos por excelencia, el número de personas es exiguo y minoritario y, por tanto, la influencia de teólogos, sacerdotes, enseñantes y catequistas es prácticamente residual. Por otro lado, ateniéndonos a la sociedad en general, no es ningún secreto el hecho de constatar que la credibilidad de quienes predican y enseñan a nivel religioso de Iglesia se encuentra bajo mínimos. No digo esto para que sirva de consuelo, sino para constar la realidad actual en este campo.

Sigue con total vigencia aquella imagen del dios “todopoderoso” que continúa predominando en la mayoría de las preces y oraciones que se rezan o recitan en las iglesias. Es un dios con un poder tal que puede llegar a hacer lo que nosotros desearíamos para nuestro interés; evitar, si le place, aquello que nos pueda herir o proporcionar mal; o evitar, también, catástrofes o provocarlas sin más.

También aquella otra imagen del dios amo y señor de todo lo que existe, pues no en vano él ha sido el creador de todo, sacándolo de la nada, claro; incluidas las personas. Es a él, por tanto, a quien hay que rendir cuentas y pedir perdón, si hubiere lugar; cosa que sucede con demasiada frecuencia, según el tipo de educación religiosa que mencioné anteriormente y que otras personas siguen recibiendo. Un dios, por tanto, que nos quiere humillados y contritos como condición necesaria para que su perdón pueda llegar a nosotros. Como hecho a resaltar en este sentido, recordar cómo el acto penitencial es prácticamente lo primero que aparece en la celebración de la Eucaristía.

No digamos ya, ese dios que puede enfadarse hasta el punto de montar en colera e ira. El “no estés eternamente enojado” que se sigue cantando en prácticamente todas las procesiones durante la Semana Santa. Un dios que, como se pude constatar, continúa identificado con aquel Yahvé irascible del Antiguo Testamento.

Un dios, por último, que juzga y que, por lo mismo, premia o castiga, aprueba o recrimina las acciones de las personas según los resultados; sin tener en cuenta para nada las circunstancias externas, los condicionamientos humanos, sociales, personales, etc.  

Así las cosas, la pregunta es muy sencilla: ¿qué se puede esperar de un dios así? Pues que, por una razón o por otra, se le puede antojar enviar a esta o a aquella otra persona una serie de situaciones difíciles o de dolor en su vida; ante las que no podrá, y, sobre todo, no deberá rebelarse, pues entonces el castigo lo tendría más que asegurado. A la persona así solamente le cabe actitud del aguante, porque, además, según le han enseñado, esa es la voluntad inflexible del dios en el cual debe creer. Y lo que este dios quiere es que haga méritos para poder ser querido después.

Se parte de un dios, por supuesto, que no se parce en absoluto al amo de la viña que pagó el mismo salario a los obreros contratados a última hora que a los que lo fueron a primera (Mt 20,1-16). Entiendo perfectamente que, a quienes plantean la fe y el creer como un trampolín de hacer méritos o como una carrera de obstáculos que hay que superar, esta manera de actuar les parezca una flagrante injusticia. “¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia de que yo sea bueno?” (v 15).

Pero lo peor de todo es que tengo la impresión de que en estas estamos. Se continúa oyendo hablar demasiado desde los púlpitos de tener paciencia con lo que Dios nos envía; de no rebelarse contra la voluntad de Dios; de que Dios lo ha querido (aunque sea una desgracia de calibre descomunal), etc.

De verdad que todo ello me entristece mucho, porque se está desaprovechando la oportunidad de ofrecer la imagen de un dios que no tiene nada de juez, sino que, por encima de todo, es padre-madre que ama hasta saciar y perdona sin condiciones (Lc 15,11-32); un dios que no tiene en cuenta el mal, porque es compasión y misericordia (S 102); que guarda a todos sus hijos e hijas bajo sus alas lo mismo que una gallina a sus polluelos (Lc 13,34); que hace salir el sol lo mismo para justos que para injustos (Mt 5,45); que aconseja dejar crecer juntos al trigo y a la cizaña (Mt 13, 24-52). Y todo esto no precisamente porque una imagen así sea más “guay” y quede mejor; sino porque es precisamente la imagen de “dios” que enseñó y mostro Jesús con su testimonio de vida.

Además, cuando esto no sucede, el peligro que se corre, por parte de las personas arraigadas en el mérito, no es otro que el de juzgar a quienes pueden ser considerados como trabajadores llamados a última hora y premiados igual que a ellos.

En el fondo de todo ello subyace, y esto es lo lamentable y triste, la concepción de la fe como una carga en vez de ser la mejor de las noticias. Claro que, a lo mejor, todo esto se comprende si nos paramos un poco y constamos que la fe se ha convertido en religión en vez de ser la puerta de acceso al Evangelio.