Ángeles

Foto. Mónica Gotelaere.“Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿qué será de mí? Ángel de la guarda: ruega a Dios por mí”. Aprendí esta oración de los labios de mi madre, como muchas otras personas de aquellos años donde una religión, bastante dura por cierto, lo invadía todo. Sí, digo la religión para diferenciarlo del mensaje evangélico que de manera tan escasa era enseñado por entonces por la mayoría de responsables pastorales y de catequistas.

Eran las madres, las buenas madres, quienes, con su fe sencilla y su profunda ternura, se encargaban de poner un poco -o un mucho- para ser más exactos, de suavidad y de dulzura a aquellos preceptos eclesiásticos tan duros.

La figura de los ángeles ocupa un lugar destacado en la Biblia; de manera especial en el Antiguo Testamento. Unos ángeles que incluso están ordenados siguiendo un estatus jerárquico. Son los arcángeles los que desempeñan un papel más destacado.
Quiero recordar la figura de los ángeles, en este caso arcángeles, más famosos que aparecen en la Biblia. Me refiero concretamente a Rafael, Gabriel y Miguel.

Rafael fue el arcángel que acompañó a Tobit, hijo de Tobías, en el viaje que tenía que hacer hasta llegar al pueblo donde vivía Sara para desposarse con ella. Un viaje no exento, por cierto, de dificultades (Tob. 5,49). Gabriel, quizá el más conocido, fue el mensajero de Dios, según el evangelista Lucas, para anunciar a María que sería madre del Mesías (Lc. 1,26-38). Por último, Miguel aparece en el libro del Apocalipsis luchando contra el Gran Dragón y sus ángeles malvados; estos fueron vencidos y arrojados para siempre al lugar de las tinieblas (Apoc. 12,7-9).

De todo esto, ¿qué? Si nos remitimos a la Biblia, que es precisamente donde aparecen estas figuras, cabe decir que la relación directa con Dios, con Yahavé en el Antiguo Testamento, era algo prohibitivo; hasta el extremo que podía ser causa de muerte, dado que una persona pretendiera llevar a cabo dicha relación.

Por otra parte, para el pueblo de Israel toda su vida estaba impregnada de este Dios que no lo abandonaba ni de de día ni de noche. Recordemos cómo durante la travesía del desierto una nube rojiza para ser vista mejor iba guiando por la noche a los israelitas.

Todos estos fenómenos no son más que signos que nos recuerdan esa presencia constante de Dios, entonces con Israel, hoy día con toda la humanidad. Una presencia traducida o especificada en formas tan diversas como lo fue entonces. Rafael como sinónimo de presencia en el caminar de la vida, sobre todo cuando los caminos de ésta se nos presentan más costosos, difíciles y complicados. Gabriel como el que lleva la buena o las buenas noticias; una noticia que no tiene que ser verbal, ni mucho menos, sino la buena noticia de innumerables obras o realidades positivas que en algunos momentos tantas personas están esperando. Miguel como la gran ayuda, la más fuerte, la única capaz de derrotar al enemigo o librar del peligro bajo las diversas formas en qué estos pueden llegar a presentarse.

Por eso estoy convencido de que los ángeles han sido, son y seguirán siendo mientras haya personas, que las hay y muchas, capaces de acompañar de manera general en la vida, en el dolor, a otras personas a la hora de hacerse un planteamiento de vida, en las dificultades normales o que se presentan de manera inesperada, etc.; personas portadoras, con su decir y su quehacer, de noticias llenas de esperanza que amainan tantos alarmismos y tenebrismos que no hacen sino hundirnos en un pesimismo profundo o, como sucede en otros casos, en una desesperación sin camino de vuelta; personas, finalmente, que sacan fuerza y valor para luchar contra todo tipo de injusticia y de opresión, especialmente cuando estas realidades pueden o se están cebando de manera cruel con las personas más desfavorecidas e indefensas.

¡Cuántas veces hemos dicho u oído expresiones como “parece un ángel”, por ejemplo, no solo para denominar a una persona en quien no se vislumbra el más mínimo atisbo de doblez ni de malicia, sino también porque siempre está dispuesta a dar a los demás incluso más de lo que ella misma tiene! Son nuestros ángeles de hoy día, tan necesarios, aunque a veces tan escasos, sin los cuales todas y todos, pero de manera especial algunos y algunas, quedaríamos en el más profundo desamparo.

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