«Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.«

Que nadie me pregunte quién pudo pronunciar esta frase, porque me llegó a través de uno de los numerosos medios de comunicación de hoy en día; concretamente a través de WhatsApp. Me hizo pensar tanto en su momento que la puse a buen recaudo, porque tenía casi la plena convicción de que, tarde o temprano, me resultaría más que oportuna.

Y en ello estamos. Sin pretender ser agorero de desgracias y calamidades, sí quiero presentar algunas realidades de mi entorno, concretamente del mundo y de la sociedad en qué vivo y de la Iglesia de la que me siento miembro, aunque no con toda la plenitud que me gustaría. Realidades que me producen ciertos niveles de tristeza e incluso de desánimo en algún momento; pero no lo suficiente como para no vislumbrar en ellas, mal que les pueda pesar a no sé quiénes, una segunda cara que llaman al optimismo y a vivir, aún si cabe, con más esperanza.

Me anima el estilo de la Iglesia, acorde con el Evangelio, que Francisco va convirtiendo poco a poco en realidad.

Haciendo mía la sentencia de Publio Terencio Africano, s. II a.C, «Soy un hombre, nada humano me es ajeno», quiero entrar en la vida, la de aquí principalmente porque es la mía, para sacar a la luz algunas de las sombras que la envuelven, según mi manera de ver. Pero no con la intención de entonar un lamento y ya está, sino con el propósito de traer a colación otras realidades y compromisos de personas y gentes que me insuflan una ilusión necesaria que me ayuda no solo a no desfallecer, sino a continuar caminando con nuevos ánimos y bríos.

Me preocupa y mucho, decir lo contrario sería una gran irresponsabilidad, los brotes más que anecdóticos de racismo que han venido para instalarse de manera cómoda en nuestras ciudades y en nuestros pueblos. No me consuela, todo lo contrario, que lo mismo esté pasando acá y acullá de mis fronteras. Me preocupa que ya no sea el color sino el dinero, o la falta de dinero que acostumbra a acompañar al color, el factor que les sirva a muchos para dirimir los derechos de las personas. Hasta llegar al derecho más sagrado, el de la vida. Ya no vale nada la vida de un inmigrante perdido en altamar a la deriva. Es pobre, ¡qué más da!

Me preocupa la escalada y el auge de grupos sectarios y reaccionarios que llegan al poder o a estar muy cerca de él, aupados por desalmados o por ignorantes en el mejor de los casos. Me preocupa la utilización de la mentira por cierto tipo de personas, pues me resisto a denominarlos ideologías, como el instrumento más eficaz para conseguir de los electores la mayor cantidad de votos posibles. Me preocupa la acusación infundada, rayando la calumnia en numerosos casos, que los citados anteriormente utilizan contra colectivos de personas concretos. Me preocupa el acoso, velado muchas veces, pero totalmente real, contra sectores que plantean sus relaciones humanas de manera diferente a como se ha venido haciendo hasta hace un tiempo.

Me preocupa la pérdida de derechos fundamentales vigentes hasta hace muy poco y que hacían más humana la vida de las personas en general, especialmente de los colectivos más desfavorecidos. Me preocupa la aplicación de la ley de manera severa y contundente contra sectores en situación de riesgo y de vulnerabilidad. Me preocupa que muchas de las calles de nuestras ciudades continúen sirviendo de dormitorio para hombres y mujeres que, por razones bien diversas, ha llegado hasta lo más bajo, como es el hecho de perder la más elemental autoestima. Me preocupa que, hasta para recibir alimento en los comedores sociales de alguna ciudad del Estado, se hayan abierto listas de espera. Me preocupa el grado de intemperie a que se ve sometida la mujer tanto a nivel laboral como de convivencia en cuanto a pareja se refiere.

Me preocupa, pasando ya a otro colectivo o institución, que la Iglesia no se resigne a asumir que ya no es la única garante moral de las costumbres de las ciudadanas y ciudadanos del mundo en general y de este país en concreto. Me preocupa que la jerarquía de la Iglesia española calle demasiado ante ciertas actitudes inmorales por parte de los gobiernos, sobre todo en relación con los inmigrantes, porque me da la impresión de que tiene miedo a perder el estatus o ciertos privilegios que viene gozando. Me preocupa una Iglesia más obsesionada por el dogma, las creencias y los ritos que por la ética y el compromiso con la vida y con las personas. Me preocupa…

Yo mismo me pregunto: ¿puede haber esperanza después de todo esto? No puedo hablar por las demás personas, claro está; por tanto, lo voy a hacer por mi mismo. Por ello, y en cuanto a mí se refiere, quiero decir que al lado justo de las calamidades anteriores existen realidades preñadas de unos valores que animan a seguir viviendo y apostando por la esperanza en una sociedad más justa y en una Iglesia más evangélica. Me anima la movilización de la mujer a través de colectivos bien diferentes denunciando su discriminación respecto al varón en tantas facetas de la vida, como son, entre otras, la laboral, la educacional y la familiar. Me anima la fuerza con que adolescentes y jóvenes han salido a las calles de numerosas ciudades del mundo, también en nuestro país, denunciando el abuso pertinaz que se está haciendo contra el planeta que habitamos. Me anima el órdago que los/las pensionistas de nuestro país han echado a los dirigentes públicos y políticos reclamándoles justicia, no limosna. Me anima que el colectivo LGTBI vaya consiguiendo, no sin esfuerzos ni zancadillas, que sus derechos sean reconocidos cada vez por más número de personas. Me anima el estilo de la Iglesia, acorde con el Evangelio, que Francisco va convirtiendo poco a poco en realidad. Me animan todos los grupos y comunidades cristianas que viven su fe a la intemperie y hacen de la opción por los pobres la razón de su seguimiento a Jesús. Me anima…

A lo mejor es poco, puede decir algunos/as. Pero para mí es suficientemente grande e importante como para mantener viva mi esperanza durante el 2020.

¡FELIZ AÑO!