253iglesia2.jpgNo me resulta fácil hablar de Maria, la madre de Jesús, una figura muy importante para la comunidad cristiana y que ha ido perdiendo significado en la experiencia espiritual de las personas creyentes hoy. Por eso he decido no hablar de la virgen María, sino invitar a María de Nazaret a que sea ella quien se dirija a nosotros.

Soy María de Nazaret, quiero ponerme en contacto contigo, pues hace tiempo que deseaba contar yo misma mi experiencia creyente. Pocas veces me he sentido identificada con lo que a lo largo de los tiempos han dicho de mí.

De un modo especial he sido presentada desde una mirada patriarcal que ha deformado mi verdad de mujer de Nazaret, sencilla y pobre. Durantes siglos me han presentado como “la mujer ideal”: (para el varón) una mujer callada, sumisa, que siempre dice sí, “esclava”, subordinada, en la penumbra, sin autoridad, ni poder, a la sombra de Jesús, Además de un ideal imposible para las mujeres: inmaculada, virgen y madre.

Por otro lado me han enaltecido con coronas, peanas, dogmas, “cuasi” una diosa. Es verdad que eso ha supuesto para algunas mujeres la alegría de poder contemplar lo femenino enaltecido, cantado, exaltado casi a la altura de Dios. Me alegra saber que he podido ser de alguna manera, “el rostro materno de Dios” a quien se podía acudir como a madre buena, que sabe de las alegrías y tristezas de la maternidad.
Pero todo ello ha hecho que me hayan situado tan lejos de las mujeres de mi tiempo, y de todos los tiempos, que difícilmente me reconozco a mi misma como la sencilla vecina de Nazaret que fui.

Pero ahora ha llegado el momento de que yo os hable por mí misma, por boca de la mujer judía que fui. Viví en un contexto de pobreza, de violenta represión económica y política, formando parte de un pueblo oprimido por los romanos, y formando parte de una cultura campesina.
Yo, como tantas personas creyentes, fui una mujer asombrada por el misterio de una vocación que me desbordó, de una maternidad que me desconcertó, y me produjo no sólo alegrías sino amargos sinsabores. No fue fácil la aventura en la que me encontré metida.

Voy a narrarte algo de mi largo peregrinar en la fe, del difícil camino que tuve que emprender para pasar de ser la madre de Jesús a ser seguidora suya; de pasar de los lazos de la sangre a los de la fe.

Fue un camino de ruptura de conciencia de la propia identidad, de descubrimiento de que las fronteras de mi yo no se acababan en los pequeños límites de mi piel sino que alcanzaban a toda la humanidad, es más a toda la creación. Ese camino lo aprendí de Jesús, mi hijo y mi maestro, era muy impresionante darse cuenta cómo vivía el dolor y el gozo de los otros como suyo, cómo nada de la vida le era ajeno, cómo su yo se ampliaba continuamente para que toda la realidad fuera entrando dentro de él.

Por eso no me sorprendió cuando le oí decir a sus discípulos que si querían mostrarle su amor y hacer algo por él que se lo hiciesen a los demás. Él sí vivía el sueño de Dios sobre su humanidad: que al mirar al otro distinto sientas que todo otro es carne de tu carne y hueso de tus huesos.

Fui lentamente caminando en esa dirección de ruptura de fronteras. Ese proceso me facilitó, en los momentos más duros de mi vida, escuchar de sus labios: “ahí tienes a tu hijo”, entregándome en Juan a todos sus hermanos/as como hijos/as míos/as. Era otro parto, otra maternidad lo que inauguraba: de madre de Jesús a madre de su comunidad.

Voy a contarte algo sobre mi proceso. Todo comenzó por unas palabras desconcertantes que llegaron a mis oídos. Un mensajero de Dios, me hizo este saludo, “alégrate María, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc1,28). El “ángel” me está hablando a mí, una mujer laica. Te recuerdo que, en mi tiempo, a nosotras no se nos reconocía dignidad ni capacidad para entrar en contacto con Dios más que a través de algún varón (padre, marido, hijo o hermano) y si éste tenía dignidad sagrada mejor.

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Me turbé: era consciente de que Dios me estaba confiando una misión salvadora para mi pueblo, me estaba revelando mi vocación profética. Temblorosa escucho: “No temas María porque has hallado gracia ante Dios, concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús, será grande y llamado hijo del Altísimo…«(Lc 1, 30-32).¡No podía ser, era imposible!, igual que Moisés, Isaías, Jeremías… yo no podía creerme mi vocación, la llamada de Dios para mí… ¡era demasiado!

El ángel me tranquiliza al explicarme que así son los gustos de Dios, que se complace en engrandecer a quien es pobre, sencilla, incluso humillada…que es obra suya, no de varón , ni de mujer, ni de mis esfuerzos, ni mi bondad…es obra de Dios en mí, su Espíritu me cubrirá con su sombra (Lc 1,35)

Aquí comenzó mi andadura como discípula, mi peregrinaje en la fe: tener oídos atentos y disponibles a su Palabra a una palabra que resonaba en mi corazón y conectaba con el clamor de mi pueblo, con el deseo de salvación, con la esperanza de que Dios fuese fiel a su palabra y nos visitase.

Ser peregrina en la fe es lo que me une todos/as los/as creyentes de la historia, un largo peregrinaje a la búsqueda de una meta: que la Palabra se haga carne de mi carne, que Cristo se configure en mí. Ésta es la verdadera vocación cristiana, para ti y para mí. Eso fue más difícil que acoger a Jesús en mi seno, darlo a luz y educarlo.

Toda mi vida quedó trastocada por esa llamada, fui aprendiendo a convertirme en seguidora de Jesús unas veces dando pasos acertados y otros equivocados, asumiendo que Jesús tenía que ser fiel a su misión aunque eso le costase la vida, desgarrada al pie de la cruz asumí una nueva maternidad: la de su comunidad, con ella gocé la experiencia de que la muerte no era la última palabra sobre la vida de mi hijo sino Resurrección, vida en Dios, y eso lo comprendimos mejor cuando un día su Espíritu nos inundó con su presencia impetuosa (Hch 1,4). Nuestras personas quedaron trastocadas para siempre por la misma pasión que alteró la vida de Jesús: proclamar, con hechos y palabras, con nuestras manos y pies, nuestro corazón y nuestras entrañas, nuestra boca y nuestros oídos la Buena Noticia del Reino.

Al final de mi camino La Palabra se había hecho carne de mi carne en mí, de un modo nuevo, ésta se hizo verdad en mi cuerpo entero. Me invadió, yo la acogí, consentí en dejarme modelar por ella y todo en mí fue lentamente rezumando Evangelio, sobre todo después de la experiencia de Pentecostés. Entonces comprendí que el Espíritu había alcanzado la totalidad de mi cuerpo y lo llevaba “a flor de piel“.

Te deseo que igual te suceda: María de Nazaret.

(Fragmento resumido del libro Cuerpo Espiritual que próximamente editará Narcea)