El rostro revolucionario del otro

Toda persona convive con alguna máscara, el reto es llegar al ser auténtico. En estos días, en Brasil, los medios de comunicación discuten sobre si artistas y personas famosas tienen o no el derecho de impedir la publicación de biografías suyas no autorizadas. Al mismo tiempo, un proyecto de ley en el Congreso busca criminalizar manifestantes de la calle que usen máscaras en sus protestas.

Aparentemente, un asunto nada tiene a ver con el otro. Pero en ambos casos se trata de máscaras, sean las que se colocan en la cara, sean máscaras sociales, tejidas a lo largo de la vida. Sin duda, todo ser humano tiene derecho a su intimidad y a su privacidad. Sin embargo, la sociedad del espectáculo exige siempre más. Y las personas que, un dia, hacen de todo para aparecer, tendrán más dificultad para evitar después una exposición indebida de su vida personal.

En cierto modo, toda persona convive con alguna máscara. En la antigüedad se llamaba “persona” a las máscaras usadas en el teatro griego. Hoy convivimos con “personajes” de telenovelas y del cine. En una sociedad de aparencias, el gran reto es el del viaje interior, en búsqueda de lo más profundo del ser. Un mito griego decía que Dios (Júpiter), al ver que el ser humano usaba sus atributos divinos para dominar al otro y para destruir, decide ocultar al hombre el secreto de su divinidad en un lugar inaccesible. Aunque las personas buscaran en el fondo del mar o en el espacio sideral, no lo encontrarían. Júpiter lo puso en lo más profundo del corazón humano. Si las personas no se vuelven capaces de sumergirse hasta lo más profundo de sí mismas, jamás descubrirán la capacidad de ser tan humanas que se hacen divinas.

Emmanuel Levinas fue uno de los más grandes filósofos del siglo XX. En todo el mundo, en noviembre, mes de su nacimiento, círculos filosóficos recuerdan lo esencial de su pensamiento. Levinas es el filósofo de la alteridad. Enseñaba que el ser humano se descubre llamado a la justicia y a la solidaridad al ver el rostro de la otra persona y sentirse responsable por ella. Todo ser humano se vuelve ético al ser confrontado con el rostro del otro ser humano como otro, distinto de sí. Descubrir el rostro del otro puede revolucionar nuestra forma de ser y cambiar nuestras posiciones sociales y políticas. En las sociedades capitalistas, muchas veces, los trabajadores y trabajadoras que limpian calles, que atienden en puertas de edificios y ascensores parecen personas invisibles o sin rostro. Eduardo Galeano cuenta que preguntó a un venezolano pobre por qué votaba al presidente Chávez. El hombre respondió: “Para no volver jamás a ser invisible”. Para la persona cristiana, el rostro del otro es signo y sacramento del rostro divino de Jesús.

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