Entre el obrero y el espíritu

Ilustración: Hiking Artist.Todo el mes está dominado por la celebración de la Pascua, que culmina en la tercera pascua litúrgica del año: la venida del Espíritu Santo, Pentecostés. Una invitación para reflexionar en los acontecimientos de aquella pascua primera que vivieron Jesús y sus discípulos en Jerusalén –no entiendo muy bien por qué razón el tiempo de Pascua se nos queda en celebrar sólo la resurrección y no todo lo que fue la Pascua, el misterio de la muerte y resurrección de Jesús y, también, la razones de su muerte.

Ciertamente, celebrar la Pascua puede tener, quizá en otros tiempos o para muchos tiene, la tentación de sacarnos de este mundo. Si nuestro destino está en la vida más allá de la muerte, para qué luchar por transformar este mundo. Si nos toca sufrir, incluso la injusticia, lo podemos dar por bueno con tal de ganar esa vida eterna que se nos ha prometido en Jesús.

Desde esa perspectiva podemos leer el evangelio del domingo 6 de mayo (V de Pascua) en el que Jesús empieza diciendo aquello de “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador”. O el evangelio del domingo siguiente (13 de mayo, VI de Pascua) en el que se nos recuerda el mandamiento del amor. Todos esos textos pueden ser leídos de una forma intimista que nos aleja de este mundo concreto que nos ha tocado vivir.

Pero hay una fiesta que abre el mes. Es el primero de mayo. Es el día del trabajo. Es, en la Iglesia, el día de San José Obrero. Una fiesta inquietante. Más allá de que fuese un intento de cristianizar una realidad secular, es un recuerdo para todos y todas de que la persona que se dice cristiana no puede olvidarse de este mundo. Podemos recordar a Jesús, cuando se encontró con Zaqueo, publicano rico y explotador de sus hermanos, que se había subido a un árbol para ver a Jesús, diciéndole: “Baja, porque hoy necesito quedarme en tu casa.” Clara señal de que a Jesús nos lo encontramos abajo y no arriba. Que lo nuestro no es el misticismo autogratificante, sino el encuentro con Dios en los hermanos y hermanas.

Lo de “Obrero” añadido a José tiene connotaciones muy interesantes. Nos hace bajar a la realidad concreta que nos está tocando vivir. Nos recuerda la reforma laboral, los millones de personas desempleadas, los derechos de los trabajadores y trabajadoras, la prioridad del trabajo sobre el capital. Todo son claves que nos han de servir de anteojos para leer los evangelios de estos domingos, para comprender el mensaje del amor de Jesús y la necesidad de unirnos a él para luchar por la justicia.

Esa es la buena nueva que hay que anunciar (20 de mayo, la Ascensión). Ese es el Espíritu que recibimos en Pentecostés (27 de mayo). Un Espíritu de justicia, de fraternidad, de Reino, de vida.

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