pag12_hayvida_web-11.jpgHace unos días la portada del periódico Diagonal publicaba que, según un índice de la ONU, el Estado español es el sexto país que más felicidad ha perdido desde el año 2007. La desigualdad, el estancamiento productivo y sus consecuencias en la convivencia cotidiana se identifican como sus causas. La noticia me recordó enseguida a un amigo cubano, que actualmente vive en Ecuador y que me dijo que se marchaba a este país porque no soportaba más el ambiente de tristeza que nos rodeaba. Sin embargo, curiosamente, ésta fue la misma razón que otra amiga española, poco antes de marcharse a trabajar a Inglaterra compartió conmigo como motivo de su exilio: aquí ya no hay alegría, aquí ya no hay futuro.

Quizá por ello y para defender la alegría y no permitir que nos la arrebaten quienes quieren chafárnosla, nos juntamos el otro día un grupo de gentes de diferentes países y religiones para echarnos unas risas a partir de unos ejercicios de risoterapia que nos permitieron reírnos de nosotras mismas y desdramatizar angustias cotidianas. Un amigo musulmán nos dijo, entre otras cosas, que según el Corán quien hace reír al prójimo merece el Paraíso. Sin embargo, ¡qué poco saben las religiones reírse de sí mismas y qué poco chance dejan al humor en las vidas de sus fieles! Lo mismo le pasa al cristianismo, aunque ahora estamos de enhorabuena, porque el papa Francisco está empeñado en devolvernos la risa, la ternura y la projimidad como señas identitarias que hemos ido perdiendo por el camino y que nos urge recuperar.

El Evangelio es una Buena Noticia de liberación y de alegría, pero no de alegría ingenua y bobalicona, sino de alegría comprometida y crítica. Su misterio radica en que, como todas las cosas importantes de la existencia humana, no nace de fuera a dentro, sino de dentro a fuera. Esto nos cuesta entenderlo, porque la publicidad y la sociedad de consumo juegan con nuestros deseos más íntimos de felicidad y plenitud y nos van inoculando un veneno: el de la falsa alegría, como si la alegría se pudiera adquirir al comprar el coche de moda, un perfume, una crema antiarrugas o con la marca de unas deportivas. Esta falsa alegría no es duradera, sino que sus frutos son la ansiedad, la insatisfacción profunda y la compulsividad, porque nos hacen creer que, adquiriéndola en más cantidad, acaso pueda colmarnos. Pero la alegría de dentro a fuera, a la que se refiere el Evangelio, es otra cosa. Nace de un corazón reconciliado y en armonía con una misma y con las demás. Tiene que ver con descubrir con agradecimiento que la vida tiene un sentido y canalizar la nuestra en ello, tomándonos la libertad de ser nosotros mismos, más allá de las expectativas externas y asumiendo con naturalidad sus costos.

Es un don que se nos regala y un arte que se adquiere cuando nos situamos a la altura de la realidad, no por debajo ni por encima de ella. Cuando vivimos por debajo de la realidad los acontecimientos nos hacen sus esclavas, nos encogen, nos frustran y ahogan nuestra alegría. Pero también, cuando nos situamos por encima de la realidad, corremos el riesgo de creer que podemos con todo, como si fuéramos súper mujeres o súper hombres, por encima del bien y del mal, del éxito y de los fracasos. Sin embargo, estar a la altura de la realidad significa situarnos en ella desde la honestidad con lo real. Ubicarnos con la sabiduría del realismo de lo posible y, a la vez, la utopía de forzar los sueños en colectivo, sin idealizarla, pero también sin vejarla, sin dramatizar, sin exagerar sus aspectos dolorosos y desagradables, evitando el victimismo, acogiendo las posibilidades que lo cotidiano nos ofrece, practicando el ser agradecidos y poniéndole cara con otros y otras a las dificultades, buscando salidas, para superar el síndrome de la impotencia. Entonces, cuando esto sucede, como nos dice Jesús: “Nada ni nadie puede quitarnos nuestra alegría” (Juan 16,22), incluso aunque las circunstancias exteriores sean hostiles. Porque la alegría que brota de la fe no es una alegría ingenua, sin conflictos ni oscuridades, porque la fe no es un atajo, no nos resuelva nada, aunque nos sostiene en todo.

Creer es siempre un riesgo, el riesgo de confiar y abandonarnos en el Dios de Jesús, comprometiéndonos juntos a hacer histórico su sueño de liberación y plena humanización. Creer nos otorga, también, la confianza radical de que sabemos de quién nos hemos fiado (2 Tim 1,12), que nuestra vida está sostenida desde dentro y desde abajo, por una presencia incondicional generadora de vida y alternatividad, desde la que se nos regala la capacidad de reciclar fracasos y duelos, convencidos que no tienen la última palabra sobre la historia. Las circunstancias exteriores nunca son ideales. La vida no responde nunca a esquema previo. Los ideales nos ayudan, pero la vida, para bien y para mal, rompe todos los ideales sobre ella. La vida es improgramable. Por eso, lo más importante no es lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa y en solidaridad con quienes lo vivimos. Por eso, además, las circunstancias no tienen la última palabra ni sobre nuestra alegría ni sobre nuestra vida y nuestras elecciones. Etty Hillesum, esta gran mística laica contemporánea que vivió el holocausto nazi, nos lo dejó escrito en sus Diarios para no borrarlo nunca de la página de la condición humana y la historia:

Las circunstancias exteriores forman un decorado y una acción cambiantes, pero lo llevamos todo en nosotros y las circunstancias no desempeñan nunca un papel determinante, siempre habrá situaciones buenas o malas que aceptar como un hecho consumado, lo que no impide a nadie consagrar su vida a mejorar las malas. Pero es preciso conocer los motivos de la lucha que llevamos adelante y empezar por reformarnos a nosotros mismos y volver a empezar cada día”.

Desde su experiencia resiliente en el campo de concentración de Westerbok, en medio del infierno del holocausto, vivió una experiencia de plenitud de vida y sentido que brotó del “recogerse en sí misma”, de su capacidad de interioridad, de escucharse y sentirse por dentro y, al hacerlo, descubrir que estaba habitada por un misterio de amor que se convirtió en su fuerza para combatir la injusticia y el sufrimiento desde dentro del horror de forma esperanzada, convencida de que la memoria de las víctimas no quedaría impune en la historia, sino que otros y otras tras ella la resarcirían para que nunca más se repitiera la barbarie.

Quizá por ahí vaya también la recuperación de la alegría en estos tiempos en los que la violencia de los mercados está matando los sueños de tanta gente y dejando a un lado del camino a miles personas consideradas descartables y sobrantes por los intereses de la Troika. Pero también habrá que prestar atención a las miles de chispas de luz que, en medio de la noche, señalan que la aurora está en camino y que el capitalismo no puede tener la última palabra sobre la historia, que los cambios profundos, tanto en el corazón humano como en el sistema, son posibles, porque la tesis de que la revolución ya no es posible solo puede sostenerse desde la mirada del poder. Porque para los sin poder, como dice Marina Garcés, lo posible siempre es una cárcel, un espacio de dominación. Los pueblos oprimidos y las masas hambrientas son trincheras de visiones alternativas al “esto es lo que hay”. Por eso, mientras exista la injusticia hay también esperanza de un futuro que sea distinto del presente que se está sufriendo, porque la protesta de los seres humanos -convertidos en mercancía superflua- y la protesta de la tierra violada claman por un cambio global que no entiende de treguas. Mientras lo vamos forzando, la risa y la sonrisa cómplice son una provisión imprescindible para quienes, como dice Gioconda Belli, nos sentimos con “la alegría de construir lo nuevo” y por eso sabemos tirarnos una buena carcajada, que explotará ya pronto en las caras de todas.