A las cosas que son feas ponlas un poco de amor, y veras que la tristeza va cambiando de color (Gema y Pavel, cantautores cubanos)

Hace ahora tres décadas más o menos, en los felices y desparramados ochenta, el mundo civilizado se asustaba ante una nueva plaga mandada por los dioses a desterrar y fulminar a los pecadores de Sodoma y Gomorra que osaban desviarse de la ortodoxia. SIDA terminó llamándose a esa maldición que afectaba a todo aquel que se portaba mal. «Maricones», «drogatas», «puteros» y demás «desviados» y gente de malvivir caían fulminados por el dedo divino para consuelo de las familias tradicionales, de las personas de moral recta y comportamiento ejemplar que veían en esta epidemia el justo castigo para los que no cumplían con las reglas y las normas.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. De colectivos en riesgo se pasó a pensar en conductas de riesgo. Ya no eran los yonquis, vagos, pervertidos y maleantes, sino que hasta en las mejores familias empezaban a aparecer casos de SIDA. Los ídolos mediáticos –hay que recordar que fue Rock Hudson el primer actor que tuvo la valentía de decir en público que lo sufría- también empezaban a soportarlo en sus carnes y poco a poco el temido virus se instalaba en el salón de nuestras casas. Las autoridades sanitarias hacían grandes esfuerzos en contarnos cómo se propagaba y cómo se prevenía, asociaciones y colectivos de afectados/infectados nacían y se multiplicaban para ofrecer cuidados, apoyo e información y la Iglesia… (termina tú la frase).
Hoy el vih/SIDA es una enfermedad más en nuestra sociedad que bien tratada con antirretrovirales (ARts), buena nutrición y unas medidas básicas de higiene y cuidados puede llegar a hacerse un mal crónico en quien lo sufre, dotándoles de una esperanza de vida razonable.

No es éste el caso de África, continente paradigmático del sufrimiento y muerte por esta enfermedad, ni de otras zonas pobres del mundo. África se muere de SIDA –y de malaria y de tuberculosis y de hambre- pero a nosotros eso ni nos va ni nos viene: están muy lejos, son negros, son muchos y cuesta mucho erradicar la plaga y convencerles de que cambien de costumbres y de conductas. Y, además, no pueden pagar el alto coste de los medicamentos y los ARTs que tanto cuesta investigar y desarrollar y por lo tanto no son mercado para las compañías farmacéuticas. Si no la habéis visto/leído aún, os recomiendo la película/libro El Jardinero Fiel, que os sumergirá en este mundo y os indignará –aun desde lo ficticio- sobre lo que las grandes multinacionales de la salud pueden llegar a hacer en los países donde los nadies, que diría Galeano, cuestan menos que la bala (píldora digo yo) que los mata.

¿Qué podemos, pues, hacer? Aparte de informarnos, colaborar con asociaciones y ONG que se dediquen a este tema, etc. creo que nuestra responsabilidad como cristianos comprometidos y como personas es poner en duda, como de hecho hacen día a día algunas (¿muchas?) de las personas de Iglesia que trabajan con los afectados/infectados, la doctrina oficial de la jerarquía eclesial. A lo largo de los años que llevo apoyando el trabajo con huérfanos del SIDA en Kenya no he encontrado aún a nadie que no defienda el uso del preservativo como una forma más –no la única- en la lucha contra esta plaga. Misioneros y misioneras, incluso algún obispo (el de Sudáfrica, en el documental TAPOLOGO lo hace expresa y vehementemente), más tímida o mas impetuosamente, con mayor o menor proyección pública ven, viven y hablan desde la realidad de muerte y sufrimiento cotidiana y se dan cuenta de que es necesaria la educación sexual, el cambio de costumbres culturales –poligamia, promiscuidad, machismo…-, de creencias y leyendas –las mujeres jóvenes, cuanto más jóvenes mejor, no pueden transmitir el virus, así que cuanto más tierna sea la niña con la que me acuesto menos expuesto estaré a contraerlo- y por supuesto de poner todos los medios al alcance de las (en este caso subrayo el las) afectadas. He conocido instituciones religiosas que regalaban preservativos en sus dispensarios y otras que no lo hacían pero que decían dónde encontrarlos (gratuitos, por supuesto). La estrategia de moda ABC (en inglés Abstain, Be faithful, use Condoms), o sea Abstención, Fidelidad y uso de Preservativo, en este orden, parece ser la nueva y más aceptada forma de educar y combatir la propagación de esta pandemia.

No tengo mucho más hueco pero no quería dejar, desde este espacio, de agradecer a Charo Mármol estos diez años dirigiendo alandar y estos casi 9 de escalones hacia el cielo compartidos y subidos juntos. Fue en enero de 2002 cuando me dio la oportunidad de abrir esta ventana, esta escalera que mes a mes me permite aprender, contar, compartir y construir una Iglesia y un mundo mejor y le deseo lo mejor de lo mejor allá donde las circunstancias la vayan llevando. El camino seguirá siendo mucho más agradable si ella sigue compartiéndolo (estoy seguro de que encontraremos las formas) conmigo.

ballesteros@cee.upcomillas.es