«Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.» José Saramago

Este quinto objetivo del milenio se concreta en la intención de reducir, entre 1990 y 2015, la mortalidad materna en tres cuartas partes y en lograr, para el año 2015, el acceso universal a la salud reproductiva. La mortalidad materna continúa inaceptablemente alta en gran parte del mundo en desarrollo. En 2005 murieron más de 500.000 mujeres durante el embarazo, el parto o las seis semanas posteriores. El 99% de estas muertes sucedieron en regiones en desarrollo, 86% de ellas en el África subsahariana y el Asia meridional. En el África subsahariana, el riesgo de que una mujer muera por complicaciones tratables o prevenibles del embarazo o del parto durante toda su vida es de 1 sobre 22. En nuestro entorno, una vez más, esto tampoco es problema. El porcentaje baja a 1 de cada 7.300 en los países desarrollados. O sea, insignificante.

Para poder escribir esta columna he estado investigando un poco por Internet, a ver si me inspiraba y me documentaba. He encontrado que, en los países ricos, las cinco molestias (no les llegan siquiera a llamar dolencias) más habituales que una mujer sufre en su embarazo son las nauseas mañaneras (solución: comer menos cantidades más frecuentemente); la fatiga, el estreñimiento, el aumento de la frecuencia urinaria y el ardor de estomago… Dolencias típicas de países desarrollados donde los embarazos con riesgo están controladísimos y la salud de la madre y del niño/a son una prioridad. ¡Benditos nosotros que no tenemos que preocuparnos de más! Somos optimistas, en el sentido saramaguiano del término porque nos contentamos con tener unas pocas molestias, sabemos que con una grandísima probabilidad de éxito nuestro hijo nacerá sano y la madre no tendrá muchas complicaciones en el parto.

Sin embargo varias son las reflexiones sobre salud materna en el Norte que me vienen a la cabeza. En primer lugar, la no comprobada pero intuitiva idea que tengo de que en nuestros países es cada vez más difícil quedarse embarazada, aún queriendo. Será por la dieta, el estrés, la contaminación, la edad… Lo cierto es que en mi entorno más cercano conozco al menos a cuatro parejas que están siguiendo un tratamiento de fertilidad porque no consiguen tener el deseado hijo/a. Supongo que ésta es una de nuestras tareas inconclusas, uno de los ámbitos donde deberíamos trabajar para hacer realidad en nuestra cotidianeidad este objetivo del milenio. No tengo respuestas prácticas ni concretas sobre el tema, pero sí tengo claro que vivimos en una sociedad que no favorece la maternidad. Las mujeres embarazadas, aún con toda la legislación a su favor, pierden sus empleos con las más peregrinas excusas, son relegadas, apartadas de la línea principal de desarrollo profesional, discriminadas laboralmente.

Por otra parte, he vivido muy de cerca (iba a decir en mis propias carnes, pero dado el tema creo que esta expresión no es la más afortunada) dos embarazos: el de Martin y el de Miguel. Los dos fueron una época bonita, intensa, estresante a veces, esperanzadora, alegre, preocupada… Pero lo que quería hoy rescatar aquí de las sensaciones que Marta y yo compartíamos es la sensación de ser un número, una más de las muchas mujeres que pasan por manos de tocólogos/as comadronas/os y un largo etcétera de profesionales de la medicina. Como en todo, hubo y hay personas que ponen por delante los sentimientos y el cariño antes que los diagnósticos y las gráficas, pero también encontramos algunos que no sabían callar, no sabían ilusionar, sólo sabían gritarte que estabas engordando demasiado, que no tomabas el acido fólico suficiente, que no te sabías las respuestas de preguntas nunca hechas, sobre todo en un primer embarazo.

Así pues, prefiero ser pesimista en lo que a salud maternal antes, durante y después del embarazo se refiere: Mucho tenemos que trabajar para conseguir que la maternidad, además de deseada, sea vivida como algo gratificante, ilusionante y muy agradable. Repito que hablo desde mi experiencia, que además tuvo mucho de estos calificativos, pero el camino todavía no está andado en su totalidad, hay muchos pasos por dar: baja maternal desde el cuarto mes de embarazo con carácter general -como hacen en Cuba, en donde piensan que una madre tranquila y relajada es sinónimo de parto sin complicaciones y las alojan en los hogares maternos; parto en casa, no medicalizado y vivido con intensidad, dónde médicos y demás personal sanitario sean testigos subsidiarios y no los protagonistas principales como suele ocurrir en paritorios y clínicas ; lactancia materna universal hasta el sexto mes sin pensar en las consecuencias estéticas y/o laborales de prolongarla…

José Saramago murió el 18 de junio de 2010, justo cuando escribo esta columna. Sirva su pesimismo transformador como homenaje.

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