Tenía la barba blanca y poblada, como la de Leonardo Boff. Vestía a menudo con tirantes y camisas de cuadros, chaqueta de pana y fumaba en pipa. Era (parecía) el típico y estereotípico profesor universitario de la vieja escuela, progresista, comprometido. Se llamaba Manfred, aunque era chileno y falleció en agosto de este año que casi casi acaba ya. Fue directivo de una gran empresa petrolífera antes de convertirse. Tuvo que vivir fuera de su país cuando aquel general de la capa y el bigotito blanco asesinó a Allende y persiguió a todas las personas que pensaban y soñaban como él. Vivió en Ecuador y Brasil donde se empapó de campesinado y soberanía alimentaria, enseñó en una de las mejores y más progresistas universidades norteamericanas (Berkley) y volvió a su país una vez derrocado el dictador para enseñar, escribir y dirigir la Universidad Austral e incluso se presentó a las elecciones presidenciales, aunque no las ganó. Se enfrentó a las autoridades académicas de su país por proponer estudios universitarios no ortodoxos. Era un fiel defensor del medio ambiente y llegó a crear el ECOSON (siglas para «ecological person»; «persona ecológica» en español), que mide la cuota de consumo de energía de un ciudadano que satisface de manera sensata sus necesidades básicas sin marginar a nadie. Descubrió lo que era obvio: que los ecosones son mucho mayores en el hemisferio norte que en el hemisferio sur; y que, por lo tanto, un desarrollo sostenible debe buscar disminuir los ecosones del Norte más que reducir la superpoblación en el Sur.

Escribió mucho. Aunque era economista y sociólogo, escribió para que le entendiera la gente, para que le entendiéramos. Sus libros eran finos y muy sencillos pero llenos de propuestas. Max Neef se enfrentó en ellos a las corrientes más admitidas en economia capitalista proponiendo una ‘Economia Descalza’, al servico de las personas y a escala humana. Al contrario de lo establecido por la sociedad de consumo, a la que le interesa sobremanera decir que las necesidades humanas son infinitas y que lo único que se puede hacer es priorizarlas, planteó que las personas tenemos tan solo 9 necesidades básicas y que lo interesante es ver como cada momento histórico, cultural, cada sociedad entiende su satisfacción. Para algunas culturas satisfacer la necesidad de subsistencia pasa por atiborrarse de comida basura (aunque esa forma de satisfacerse atente y viole otras necesidades) mientras que para otras culturas la armonía con la tierra y sus recursos y ejercer una soberanía alimentaria es imprescindible para satisfacer esa misma necesidad. Obviamente sus enseñanzas no han calado en la mayoría de escuelas de negocios y facultades de economia del mundo, pero amen de provocadoras, sugerentes e interesantes son muy transformadoras. Es mítica su parábola del rinoceronte: parece imposible espantarlo con un palo, pero muchísimos mosquitos, reunidos espontáneamente y sin una jerarquía, pueden hacerle la vida imposible hasta que decida marcharse. Sit tibi terra levis ¡Que la tierra le sea leve!