A Jesús le gustaban las montañas. Su discurso más famoso, programático de lo que iba a ser su labor pública, lo dio subiéndose a una montaña “Viendo aquellas multitudes, Jesús subió a la montaña» (Mt 5, 1); cuando necesitaba tomar decisiones importantes para su vida se retiraba al monte «Conforme su costumbre, Jesús salió de allí y se dirigió al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos» (Lc 22, 39); momentos importantes como la transfiguración también tuvieron lugar en lo alto de una montaña “Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió al monte a orar” (Lc. 9,28).

Subir montañas, alcanzar las cumbres más altas, siempre han tenido algo de espiritual y simbólico. El afán de superación, la cercanía al cielo, el silencio, el ánimo de logro a pesar de las dificultades, el peligro, el compañerismo. Paso a paso, sin aliento, con el corazón a mil revoluciones, uno avanza (sangre, sudor y lágrimas) hasta hacer cumbre. Entonces uno respira profundamente y se siente el ser más importante y privilegiado de la Creación. Y da gracias. Y se prepara para bajar. Es una sensación única que he tenido la grandísima suerte de experimentar a menudo, sobre todo cuando era más joven. Mulhacén, Aneto, Veleta, Yelmo, Cabezas de Hierro, Almanzor, Montón de trigo, Siete Picos y alguno más que se me olvida. Los consomés calientes en el campo base cuando hace un frío que pela, las eternas partidas de mus esperando mejor tiempo, los vivacs al raso y con las estrellas haciendo guiños, la cantimplora compartida cuando la sed aprieta y el agua escasea, la mano tendida para pasar un paso difícil, la confianza en el que está al otro extremo de la cuerda, asegurando… Son momentos y recuerdos muy felices y que creo que ayudaron, y mucho, a construir quien soy hoy. 

Entre mis ídolos de juventud y no tan de juventud se encuentran Juanito Oyarzabal, Edurne Pasaban, Sebastián Alvaro y el equipo de Al filo de lo imposible, Germán Portilla y, sobre todo, Carlos Soria, ese abuelete simpático que vive en el pueblo de al lado mío y se ha subido a casi todos los ochomiles que hay en el mundo. Los (y la) alpinistas que aquí cito son de la vieja escuela, de los (y la) que suben con esfuerzo y tesón, caminando con sus mochilas lo que haga falta hasta llegar al campo base y luego ¡para arriba! Hablando y comiendo con la población local, celebrando pujas y rituales con ellos para agradecer el éxito de sus expediciones y, a menudo, constituyendo fundaciones que apoyan a esos pueblos por los que pasan. Saben que el que hace cumbre lo hace gracias a un equipo que le sostiene y le da apoyo. Saben decir no y retroceder cuando uno del grupo no puede más, pues es mejor llegar todos sanos y salvos de vuelta que no hacerlo a costa de hacer cumbre.

Pero llegó este verano y todo esto se chafó. La montaña ya no es ese ente inaccesible, al alcance sólo del que se sacrifica y se esfuerza, al alcance de quien la respeta y la quiere. Ahora es una experiencia más para millenials con dinero que hacen cola y cogen turno para hacer cumbre, caminando tan sólo los últimos 400 o 500 metros y con el apoyo de toda una agencia de viajes especializada que pone helicópteros, avionetas, hoteles y demás. Me despierto por la mañana en mi habitación de hotel de lujo, desayuno en el buffet, subo al helicóptero que tras dos o tres horas de vuelo me deposita en el último lugar de los que hacen cola para tocar la cumbre, me hago el selfie correspondiente y otra vez al helicóptero y a darse una ducha calentita en el hotel antes de cenar. No me lo invento. Pasa en el Everest y ha pasado en el Mont Blanc y está en la prensa y en internet. Las montañas, como tantas otras cosas sagradas, se han visto profanadas, incluso diría prostituidas, vendidas al mejor postor. Una pena.