Mª Teresa de Febrer

Ilustración: Pepe EstudioJa

Reconozco que me produce una gran desazón elegir el hilo para hilvanar primero y coser después una serie de ideas que nos induzcan a reflexionar acerca de un tema concreto. Se acumulan sobre mi escritorio referencias muy variopintas de autores diversos, opiniones, artículos, frases… que reclaman mi atención. Con todo ello, intento, con mayor o menor fortuna, acertar y despertar el interés de la lectora o del lector. Desde hace tiempo, tres temas se vienen repitiendo y se enfocan desde distintos ángulos: el aumento de la desigualdad, las consecuencias del cambio climático que ya estamos sufriendo y la migración, un fenómeno mundial al que se le debería dar una respuesta global. Los tres temas afectan al planeta en su conjunto y se encuentran estrechamente interrelacionados, hasta el punto de que no se debería hablar de ninguno de los tres de forma aislada, sino de “forma líquida”, recordando al insigne Zygmunt Bauman.

En cuanto al primero de los temas enumerados, la desigualdad, si bien hemos oído reiteradamente que lo peor de la crisis ha pasado, las cifras nos indican a las claras un aumento alarmante de los niveles de desigualdad hasta el punto de convertirse en un elemento estructural del actual modelo económico en el que la riqueza tiende a concentrarse cada vez en menos manos. En España, 12,2 millones de personas se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social, un indicador que se mide no solo en términos económicos, sino también en acceso al trabajo o a bienes como la calefacción. Así consta en el informe presentado, a mediados del pasado mes de noviembre, por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN-ES) que agrupa a más de 8.000 ONG.

En opinión de Joaquín Estefanía, actualmente, la desigualdad «conduce al control político por parte de los más ricos, un control imprescindible para la transmisión de todas sus ventajas (a través del dinero o de la educación)».

Si hablamos del cambio climático, resulta difícil cuestionarlo porque sus consecuencias, plasmadas en víctimas a lo largo y ancho de nuestro mundo, nos recuerdan a diario esa realidad. Para Michelle Bachelet, alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, “el mundo nunca ha visto una amenaza a los derechos humanos del alcance del cambio climático. Las economías de todas las naciones, el tejido institucional, político, social y cultural de cada Estado y los derechos de todos sus ciudadanos y de las generaciones futuras se verán afectados”. Escribo esta columna con la esperanza de que la cumbre del clima, que se celebrará en Madrid los primeros días de diciembre, suponga una apuesta contundente por la sostenibilidad del planeta y el reconocimiento de los derechos humanos.

A la hora de abordar los flujos migratorios, sus innumerables víctimas demuestran a las claras el escaso interés, cuando no rechazo, al hecho de que miles de personas se vean obligadas a abandonar sus lugares de origen porque ni tienen siquiera una remota esperanza de un mañana mejor, una vida digna. Céline Bardet, jurista internacional, se pregunta qué decir de una sociedad cuando llega al punto de “aceptar que haya seres humanos que se ahogan en el Mediterráneo y que eso forma parte de la vida”. La citada jurista afirma que ese problema mundial exige una respuesta mundial, políticas coordinadas y respaldar iniciativas como las que facilitan el acceso al trabajo. Y, por supuesto, es necesario cambiar el enfoque del problema y el relato del mismo, de tal forma que el flujo migratorio no sea el drama actual, sino una solución, concretamente, para Europa.

La desigualdad creciente, el cambio climático incuestionable y los flujos migratorios deben abordarse globalmente, sin paños calientes, con criterios basados en los derechos humanos porque, si bien en todo el planeta la desigualdad va en aumento, el cambio climático deja su estela destructiva y los flujos migratorios no cesan, las personas más vulnerables son las que se llevan siempre la peor parte.