En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre bien me acuerdo, nos reunimos hace unos días casi un centenar de personas, miembros de familias cristianas. La mayoría sacerdotes casados con sus mujeres e hijos. Fue una feliz convivencia para celebrar la Asamblea anual del Movimiento pro Celibato Opcional, (MOCEOP). Unos estamos enrolados en distintas ONGs, otros en Comunidades Cristianas Populares y la mayoría, en opciones de voluntariados diversos.

Las Lagunas de Ruidera, que así se llama el lugar, fueron el escenario apropiado para comparar el Quijote con el Evangelio.

El trabajo se desarrolló en grupos o talleres de reflexión y diálogo sobre los temas siguientes: 1) Deshacer entuertos, 2) Ayudar al menesteroso, 3) Vencer a los gigantes, 4) Deshacer encantamientos, 5) La igualdad de género y 6) El arte de gobernar ínsulas.

El esquema del retiro fue preparado minuciosamente por un equipo imaginativo y las jornadas del fin de semana se pasaron rápidamente en un ambiente de alegría, fraternidad y optimismo.

Nos visitó un caballero venido de la antigua Flandes, que nos habló de esta Iglesia que hoy necesita un “Cambio inevitable” (Edouard Mairlot, científico y exjesuíta). Poco a poco nos hizo ver cómo la teología, los dogmas y la liturgia de los sacramentos se basan en conceptos y prácticas propios de otras épocas, y que hoy poco tienen que decir a los jóvenes de nuestro tiempo. Los contextos han cambiado y la terminología sigue.

A partir de la Revolución Francesa, el pueblo empezó a pensar y a organizarse por sí mismo. La Iglesia sigue con su organización medieval y la base no es tenida en cuenta. La consecuencia será que esa Iglesia se convierte en “secta” de estructura piramidal y practicando ritos emparentados con la magia de los pueblos primitivos. El pueblo cristiano sigue con sus devociones, peregrinaciones y cofradías que se diferencian poco de las fiestas paganas del tiempo del imperio romano. Se idolatra a las imágenes, a las que se les ofrecen mantos y coronas o tronos de ricos metales y se olvida a los marginados que Jesús puso en el primer lugar de su atención.

El Concilio Vaticano II quiso corregir el mal camino pero han preferido olvidarlo para volver al de Trento. No queremos un Dios “tapa-agujeros” que esté sólo al servicio de nuestros caprichos. Creemos en Uno que se encarnó para hacernos ver que Él se encuentra en los débiles y necesitados. Hoy, como siempre, se pueden hallar discípulos de Jesús aún entre los no creyentes. Creemos que otro cristianismo es posible y el Evangelio nos ayudará a hacerlo presente.