Carta abierta a alandar y a los cristianos catalanes independentistas

Estimados amigos de alandar:

He leído con sorpresa y cierta indignación el tratamiento que dais a la cuestión catalana en el último número de alandar y me apresuro a expresaros y comentaros algunas cosas, desde mi perspectiva, como cristiano del Vaticano II, ciertamente nacionalista español, profundamente respetuoso con el pacto constitucional integrador de regiones y nacionalidades de 1978. En la presentación-justificación de la primera página anunciáis la necesidad de tratar la cuestión con criterios de libertad, diálogo y respeto. Pero las opiniones recogidas, sólo de catalanes, representan exclusivamente los criterios y argumentos de los nacionalistas, una parte importante de ellos independentistas.

¿Es que en Cataluña y en el resto de España no hay cristianos contrarios a la independencia? En cuanto a los argumentos y criterios de fondo que se presentan en las opiniones recogidas en la revista me gustaría comentar brevemente algunas cosas.

Catolicismo y patriotismo. En principio, creo que en la doctrina social y moral de la Iglesia y en sus experiencias históricas al respecto no está clara cuál es la relación más correcta entre el catolicismo y el nacionalismo. Ciertamente el patriotismo se ha valorado tradicionalmente como un valor moral, comunitario, pero también se ha experimentado, en contra de la dimensión abierta y comunitaria del Evangelio, como un factor excluyente, insolidario, generador de conflictos y guerras. Creo que, finalmente, el internacionalismo sería más acorde con el espíritu cristiano evangélico que el nacionalismo. Sólo en casos de opresión, dependencia colonial, podría justificarse la lucha liberadora en defensa de la patria.

¿Hay un nacionalismo de izquierdas y otro de derechas? En la argumentación nacionalista catalana subyace una visión tópica según la cual el nacionalismo catalán es democrático y progresista, mientras que el nacionalismo español (que no es cosa exclusivamente del franquismo ni del PP) es conservador y reaccionario, incluso se descalifica con ese término-insulto de “fascista”. Y, paralelamente, se suele comparar históricamente el progresismo cristiano catalán con el conservadurismo cristiano español, asociado al nacionalcatolicismo. En esto discrepo de mi buen amigo y colega Hilari Raguer.

Las raíces. Para entender bien las raíces de la actual tensión entre el nacionalismo catalán y el español se podría ir hacia atrás, al menos a los inicios del siglo XX, pero vayamos ahora al momento inicial del pacto constituyente de la Transición. Uno de los pactos más complicados de la Constitución de 1978 fue conjugar la unidad de España, como nación-estado, con el respeto y promoción de las “regiones y nacionalidades”, como se dice en el artículo 2. Precisamente el carácter pactista y abierto del título VIII de la Constitución es el que ha permitido a los nacionalistas catalanes, desarrollar y ampliar extraordinariamente sus aspiraciones y crear las bases sociales, culturales y políticas del actual movimiento independentista catalán. Ahora bien ese desarrollo tiene un “techo” constitucional, esa conjugación de la unidad y la diversidad, que afecta al fundamento mismo de la convivencia ciudadana pactada en la Transición.

Las historias nacionalistas tienden a subrayar las diferencias y ocultar o quitar importancia a las semejanzas y posiciones compartidas para justificar y construir identidades nacionales separadas. En ese sentido, se habla de la lista de agravios de España a Cataluña. Ahora bien, un balance histórico de los últimos 35 años tendría que anotar también los muchos efectos positivos de esa relación.

Pero, ¿qué tiene que ver todo este debate político-ideológico con la fe y la práctica cristiana comunitaria? Pues yo creo que no demasiado. Me cuesta creer que la vivencia comunitaria cristiana de la fe exija inexorablemente la independencia política. Y también que ella, por sí misma, cree las bases de una vida democrática más justa y solidaria. El proceso independentista ya ha creado y está generando tensiones y conflictos en la convivencia familiar y ciudadana, dentro y fuera de Cataluña. Fomentar los valores comunitarios y solidarios es muy cristiano, pero generar, a cambio, exclusiones y tensiones más o menos gratuitas parece poco cristiano.

Madrid, 10 de marzo de 2014