Ucrania, entre Roma y Moscú

Un soldado reza ante un altar ortodoxo en la ciudad ucraniana de Kiev. Parece que, en pleno siglo XXI, los musulmanes fanáticos no son los únicos que matan por motivos religiosos. Cuando el papa Francisco denunció, el pasado febrero, el escándalo en Ucrania de un conflicto que “enfrenta a cristianos con otros cristianos” y luego abundó en ello en la visita ad limina de los obispos ucranianos, no declamaba para la galería las frases de lamento de rigor: en la feroz batalla que libran hoy prorrusos y nacionalistas ucranianos en el corazón de Europa el cristianismo está sirviendo, desgraciadamente, como estandarte para ambos campos. Lo llevamos viendo desde hace más de un año: arengas de clérigos alzados en carros de combate, bendiciones de cañones y milicias, saqueo de iglesias, variadas venganzas interconfesionales…

El asunto ha enfangado a Roma –casi sin comerlo ni beberlo- y a Moscú, entendida aquí como capital religiosa de la ortodoxia, que se ha metido de cabeza –ella sí, voluntariamente. Para la población ortodoxa, la noción de “territorio canónico” es esencial y, a los ojos de Kiril, patriarca moscovita, Ucrania es parte de su “territorio canónico” al igual que, por ejemplo, Bielorrusia. Ambos países integran lo que el patriarca llama la “Rusia histórica”. La visión religiosa de Kiril coincide así, kilómetro más o menos, con la visión geopolítica de Putin y su apoyo a éste ha sido decisivo desde el inicio del conflicto.

El problema es que la Iglesia ortodoxa ucraniana ligada a Moscú ya no es la única. Existe también una Iglesia ortodoxa “autocéfala” (esto es, independiente) que contesta a la Iglesia fiel a Rusia su legimitidad en el territorio ucraniano y que no es ajena a la furia bélica demostrada en los últimos meses por Kiril. Su patriarca, Filareto, ha llegado a afirmar que Putin “está poseído por Satanás”. Y no hay que olvidar una tercera Iglesia ortodoxa, más modesta y, sobre todo, importante en la diáspora de Estados Unidos, formada por personas exiliadas del régimen comunista que se vieron obligadas a acogerse al patriarca de Constantinopla, el gran rival de Moscú en la lucha por el liderazgo simbólico de la ortodoxia mundial.

Mientras, en la parte occidental del país, viven cinco millones de ucranianos y ucranianas que, aun conservando el rito oriental ortodoxo, están unidos a Roma desde finales del siglo XVI… Una Iglesia denominada greco-católica o uniata, que guarda un terrible recuerdo de las persecuciones sufridas durante la ocupación soviética. Fue sostenida por Juan Pablo II en su combate contra el comunismo, apoya ferozmente el enfrentamiento contra “el enemigo” ruso, se lleva mal que bien con el medio millón de católicos y católicas de rito romano… y espera el respaldo sin fisuras del papa Francisco.

La guerra “religiosa” de Ucrania se juega, así, entre varias comunidades cristianas que comparten rito y territorio, pero que se distinguen por su mayor o menor proximidad entre los dos grandes polos del cristianismo, Moscú y Roma. Y, por eso, la responsabilidad de estas dos capitales religiosas en la resolución del conflicto actual, salvando las diferencias, es determinante.

El Vaticano, hay que reconocerlo, no tiene mucho margen de maniobra. Francisco no puede mostrar al bando greco-católico un claro apoyo que destruiría años de esfuerzo en el acercamiento a la población ortodoxa y que, probablemente, no haría sino atizar aún más las tensiones religiosas. De ahí, la constancia de la Santa Sede en mantener un sutil equilibrio entre las partes, sin criticar directamente a Rusia, a riesgo de provocar el malestar de sus fieles y llamando a una paz negociada. Esto es lo que el papa transmitió a los obispos ucranianos en visita ad limina a finales de febrero. Las tensiones entre ellos son tales que tuvo que recibir a los prelados greco-católicos y latinos por separado. En público intentó calmarles y les pidió que no mezclaran su fervor nacionalista con las cuestiones eclesiológicas. En privado, sin embargo, la actitud vaticana fue muy otra. De la importancia y gravedad del asunto para la Santa Sede da muestra un simple, pero insólito, signo: el mismísimo Benedicto XVI, que vive absolutamente retirado, quiso reunirse –y fotografiarse- con los responsables religiosos uniatas y hasta los invitó a comer en su residencia.

En Moscú, entretanto, el patriarca Kiril juega a dar una de cal y otra de arena de manera algo desconcertante. Por un lado, sigue denunciando con vehemencia y ardor el compromiso greco-católico y del patriarca independiente de Kiev con el bando nacionalista ucraniano, a quienes llama de manera significativa “los cismáticos” y quienes acusa de destruir iglesias ortodoxas de obediencia rusa y otros atropellos. Roma no se libra de los improperios: también ha afirmado, explícitamente, que la situación ucraniana constituye hoy el principal obstáculo para la mejora de las relaciones entre Roma y Moscú.

Por otro lado, asume de improviso posturas mucho más moderadas. En enero, con ocasión de la Navidad ortodoxa, reclamó el cese de la “guerra civil” en Ucrania y, un mes después, respaldó con cierta reticencia la tregua acordada en Minsk. En realidad, el patriarca se debate entre dos responsabilidades: la de mantener el ámbito territorial y de influencia de la Iglesia ortodoxa que heredó con el cargo y la de cargar con una “guerra santa” entre bandos cristianos en, ya está dicho, pleno corazón de Europa y en el siglo XXI.

Y aquí es donde Francisco ha decidido actuar. Sabe que, tarde o temprano, Kiril tendrá que decantarse por una salida negociada. Por eso, cuando el papa pide que no se permita más que unos cristianos maten a otros cristianos y que se respeten todos los compromisos acordados para evitar que vuelvan las hostilidades, el mensaje está destinado, más allá de Ucrania y de los obispos ucranianos, al patriarca de Moscú.

Mientras, voces tanto católicas como ortodoxas partidarias de la paz reclaman un gesto más fuerte de Francisco, que podría plasmarse en forma de visita. El presidente ucraniano Pedro Poroshenko, lo ha invitado oficialmente. El Vaticano ha aceptado la invitación, sin fecha de momento. Para el teólogo ortodoxo Antoine Arjakovsky, sería “un gesto profético”: “El papel del papa puede ser crucial en esta región con grandes perspectivas de comunión entre católicos y ortodoxos. Su visita tendría una repercusión equivalente a la del viaje a Lampedusa”. ¿Qué pensará Kiril de todo esto?

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