Un joven sostiene un cartel que reclama “Hermandad Musulmana Gay” en el desfile del orgullo gay en Londres en 2012.La aprobación, la pasada primavera, de la ley de sobre el matrimonio homosexual en Francia provocó un fuerte debate social, con numerosas manifestaciones públicas a favor y en contra. Sorprendentemente, uno de los grupos más activos en el apoyo a la ley fue el musulmán. O, al menos, parte de los musulmanes, puesto que los dirigentes islámicos se unieron al resto de líderes religiosos en su rechazo a la unión de parejas del mismo sexo.

Fue algo sorprendente, digo, porque se hicieron notar más de lo habitual. Pero no fue algo nuevo, porque la corriente gayfriendly islámica funciona de forma activa, aunque silenciosa, desde hace ya años en los países occidentales, Sudáfrica incluida. En los países musulmanes, por motivos que no es necesario explicar y con la llamativa excepción de Indonesia y Líbano, los y las creyentes homosexuales no existen oficialmente.

El movimiento gay musulmán surgió, de hecho, de la teología feminista. De la lucha por la igualdad de sexos se llegó, de forma natural, a la defensa de un islam inclusivo en el que quepan homosexuales y transexuales sin ningún tipo de trabas. Las teólogas comenzaron mirando hacia el Corán como fuente primigenia, cuestionando la autoridad de las escuelas de derecho islámico y de las instituciones y sabios en la producción de las normas religiosas. Además, sugirieron nuevas interpretaciones del texto sagrado, una idea central, que han asumido homo y transexuales: “El islam somos nosotras”. Pero, aunque el movimiento se inspiró en la actividad pionera de las feministas islámicas, solo una parte de ellas se ha unido a la reivindicación de los y las homosexuales.

La corriente nació como tal en Nueva York, en una conferencia internacional sobre el islam y la diversidad de las sexualidad organizada en 1999 por Al-Fatiha, la primera asociación de homosexuales musulmanes creada en el mundo. Y se ha desarrollado fundamentalmente a partir de dos grandes pilares. Por un lado, la obra de intelectuales comprometidos como Scott Siraj Al-Haqq, profesor en la universidad Emory de Atlanta y autor de un libro de referencia, Homosexuality in Islam (2010), en el que considera -a partir de un estudio profundo del Corán y de la tradición profética que respeta las reglas estrictas de la exégesis- que no existe ningún texto o ninguna tradición islámica auténtica que condenen la homosexualidad.

Por otro lado, está la red de mezquitas Tawhid que creó la organización Muslim for Progressive Values (Musulmanes por los Valores Progresistas), fundada en 2006 por una imán indonesia, Ani Zonneveld. Esta asociación se extiende por Indonesia, EEUU, Canadá, Sudáfrica, Gran Bretaña y Francia y propugna la idea de un islam inclusivo: varias de estas mezquitas están a cargo de imanes mujeres y una de las más influyentes, la de Washington, ha sido confiada al imán gay Daayiee Abdullah. A esta red pertenecen organizaciones como The Inner Circle (El círculo interior), creada por el imán sudafricano Muhsinh Hendricks, quien salió del armario en la radio de Ciudad del Cabo a finales de los 90. O la Confederación de Asociaciones LGBT Europeas Musulmanas (CALEM).
Poco a poco ¬-y sin estridencias- sus miembros han ido participando en debates públicos, aunque restringidos. Su eclosión se produjo al lanzarse a la calle el año pasado en Francia. Unos meses antes, en noviembre de 2012, la asociación HMF2 (Homosexuel(le)s musulman(e)s 2 France) creó en los alrededores de París la primera mezquita inclusiva de Europa, adherida a la red de Musulmanes por los Valores Progresistas. En ella, la oración del viernes, que puede estar dirigida por hombres o mujeres, se celebra sin discriminación por la razón de sexo, género o tendencia sexual. Y en ella, desde la aprobación de la ley de matrimonio homosexual, pueden casarse las parejas de todo tipo que lo deseen.

No lo tienen fácil, como es de suponer. Ni lo tendrán. La resistencia en nuestras propias sociedades civilizadas, como ha demostrado la oposición a la ley, está siendo dura. De hecho, la localización de la mezquita no se ha hecho pública por temor a ataques violentos. Y algunas asociaciones musulmanas francesas autodenominadas reformistas se han distanciado de la HM2F por temor a represalias o a perder a parte de sus miembros.

No obstante, parece que algo está cambiando. Poco después de la aprobación de la ley, en un coloquio organizado por la HMF2 en la Asamblea Nacional, el imán de Burdeos, Tareq Oubrou, admitió por primera vez que ni el Corán ni la sunna –la “ley inmutable” de Alá– condenan la homosexualidad como tal. A su juicio, lo que está en la base de esta condena es más bien “la percepción común del islam”. Mientras, el pensador y musulmán convertido Michel Privot afirmaba que “si bien la homosexualidad constituye un desafío teológico, en una sociedad democrática cada uno es libre de apoyarla o no según su conciencia”.

Estas reacciones, de momento personales, pero de miembros destacados de la comunidad, muestran que una parte sin duda nada desdeñable del entorno musulmán francés está abierta –y tal vez madura– para aceptar que la homosexualidad en el islam también existe. Y que es igual de respetable que la heterosexualidad. Y solo falta que la idea se extienda al resto del mundo.