-	Sin dejar de cultivar el lenguaje cristiano, se puede llegar a manejar otro, el budista Foto. José Feliciano CerdeñoEl Concilio Vaticano II representó un importante avance en el diálogo ecuménico e interreligioso. Pero, a cincuenta años vista, vemos que este avance se nos queda ya claramente corto. Porque en el diálogo del cristianismo con las demás religiones ya no se trata solo de tolerarlas, ni siquiera “reconocer valores” en ellas, como si fueran caminos imperfectos, porque el nuestro -en el fondo- es el único verdadero. Es necesario decir ya que todas las religiones son verdaderas; aunque diferentes, son caminos legítimos de encuentro liberador con el inagotable misterio. Y esto es un imperativo humano y religioso, que hace imposible el intento de imponer una perspectiva única.

Frente al exclusivismo y el inclusivismo, el diálogo interreligioso solo puede vivirse realmente si se adopta una postura pluralista. Pero no un pluralismo igualador; porque los seres humanos, aunque somos iguales en condición, somos distintos en nuestra realidad cultural/religiosa. Como ha dicho Panikkar, “el pluralismo es la curación de la absolutización; el reconocimiento de la relatividad y la belleza extraordinaria de todas las tradiciones”.

El verdadero diálogo interreligioso es la búsqueda de la armonía invisible que existe entre todas las religiones y culturas; una armonía no dual a imagen de la que existe en toda la realidad. Los sabios de Asia lo han llamado el Tao, el Rta, el Dharma… y los cristianos y cristianas lo contemplamos en la trinidad: Padre-Hijo-Espíritu, unidad/comunión/relación en la diferencia. Esta armonía la define el hinduismo con la palabra dharma-samanvaya: “armonización (convergencia) de todos los dharmas o religiones”. No se trata de igualdad, sino “la esperanza de que la cacofonía actual pueda convertirse en una sinfonía futura” (R. Panikkar). Se trata de la búsqueda común de la verdad, desde una actitud dialógica; consciente de que ésta es siempre relacional, lo que hace relativas todas las verdades parciales.

Este diálogo interreligioso llevado a sus últimas consecuencias es intrarreligioso. Un diálogo realizado no solo con la otra persona sino en el propio interior de cada una, hasta llegar a una pertenencia religiosa múltiple. Es el caso de R. Panikkar y Ana María Schlüter. Es difícil, pero no son casos únicos.

Ana Mª Schlüter, filósofa, cristiana y maestra zen, creó la expresión bilingüismo religioso. “El Zen me ha enseñado una manera de cultivar una experiencia religiosa más allá del pensamiento”, ha escrito. “Aunque la realidad última es una y la misma para el occidental y el oriental, para el cristiano y el budista, el creyente y el agnóstico, pues todos nos movemos en ella, el marco religioso-cultural en el que vivimos influye en la posibilidad y en el modo de experimentarla. Un nuevo marco como el budista zen no solo brinda nuevas posibilidades para expresar lo experimentado sino que crea nuevas posibilidades… Un cristiano que practica zen aprende una forma nueva de abismarse en el misterio que le lleva a superar la limitación de su pensar objetivo, aprende un nuevo lenguaje que lleva a expresarse de una manera nueva” (El verdadero vacío, la maravilla de las cosas).

Para una persona cristiana que practica zen, como Ana Mª Schlüter, su experiencia le permite superar la limitación del pensar objetivo; sin dejar de cultivar el lenguaje cristiano, pueda llegar a manejar otro, el budista. Al adentrarse en otra cultura, se hace receptivo/a a aspectos de la experiencia de lo absoluto que desde la propia cultura-religión se le escapan.

Raimon Panikkar se define con una cuádruple identidad. Después de su primer encuentro con la India escribe: “Salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso buddhista, sin dejar por ello de ser lo primero”. Y años después repite: “Quisiera ser fiel a la intuición buddhista e hindú, no apartarme de la experiencia cristiana y no desconectarme del mundo secular contemporáneo” (El silencio del Buddha).

La cuádruple identidad panikkariana puede parecer una esquizofrenia. Consciente de ello, Panikkar ha manifestado cómo se siente vinculado a esta identidad incrustada en su vida y fecundadora de ésta, preguntándose sobre la relatividad de sus creencias y aceptando el desafío de un cambio constante. Lo realiza en un diálogo intrarreligioso, en el que los universos simbólicos se fecundan recíprocamente. Esto requiere asumir dos actitudes indispensables que él define como “responsabilidad intelectual” y “riesgo existencial”. La primera consiste en “tener que expresar estas experiencias fundamentales de una manera inteligible”; para ello, ha elaborado los conceptos hermenéutica diatópica (poner en contacto horizontes humanos radicalmente diferentes) y equivalentes homeomórficos (correspondencias profundas que se pueden establecer entre palabras/conceptos de culturas o religiones distintas). Respecto al riesgo existencial, reconoce Panikkar que mantener las polaridades sin caer en una paranoia puede realizarse solo por el sacrificio de la propia vida: estar dispuesto a dejarnos llevar hacia “donde no sabemos” y “por donde no sabemos” (Juan de la Cruz).

Con Panikkar y Ana Mª Schlüter creo que es posible un diálogo religioso más allá no solo de la tolerancia, sino también del entendimiento, para llegar a una experiencia multirreligiosa enriquecedora. En los últimos años encontramos personas cristianas que viven en una tensión fecunda dos tradiciones religiosas; practican yoga, zen, vipassana, etc. No se trata de crear una tercera identidad religiosa superior, sino favorecer un diálogo más necesario que nunca.