Sobre cuerpos y mapas

Ilustración de Dani Farràs.Desde que me hice “bloguera” me convertí definitivamente al “sexto continente”, a las redes sociales. Sin embargo, nada es tan poderoso en mí como el asombroso poder del cuerpo a cuerpo en la comunicación y el encuentro humano. Iba yo dándole vueltas a esta idea en mi cabeza cuando, al doblar una esquina, el otro día por Lavapiés, me encontré con una pintada que me lo confirmó de nuevo: No hay mapa del tesoro, el tesoro es el mapa. Quizá también porque me conmueve el deseo con que muchas personas andan buscando el suyo, el grafitti me remitió a mi propia “cartografía” y me hizo consciente de que el mapa de mi vida ha estado siempre inscrito en los cuerpos.

El cuerpo es la “presencialización” de la persona. Los valores, deseos, proyectos se hacen verdaderos cuando son verificados por el propio cuerpo, cuando se “encarnan”, cuando se hacen “piel de nuestra piel”. Quizá por eso, el valor de la corporeidad es uno de los aspectos que más me han atraído siempre de la espiritualidad cristiana, aunque paradójicamente la doctrina y la moral católica siga caracterizándose por el dualismo y la fragmentación de la realidad en dos pisos: lo espiritual/lo material, lo sagrado/lo profano y a la teología le siga faltando cuerpo, mundo, sexo, barro. Sin embargo, “El misterio de nuestra religión se realiza corporalmente” (Tm 3,16), ha tomado forma y figura humana (Flp 2,6-6), se ha hecho carne, cuerpo, cuerpo individual y cuerpo social en Jesús de Nazaret.

Por eso, no tenemos otro mapa para el camino que la “sacramentalidad” de los cuerpos y la chispa del Espíritu que está inscrito en su hondura (Rom. 8, 26). Por eso, es imprescindible escuchar su palabra, palabra personal y colectiva, porque los cuerpos son también cuerpo social y cuerpo cósmico, son pueblo, género, etnia, clase y están marcados por la injusticia y el sufrimiento impuesto de unos cuerpos sobre otros. Más allá del estereotipo que se nos propone como paradigma de lo humano: blanco, varón heterosexual y rico, más allá de los cuerpos danones y sin arrugas, existen los cuerpos sacramentales de los siervos y las siervas de Yahveh, los “despreciados y evitados, los hechos a sufrir, curtidos por el dolor y tenidos por nada” (Is 53,3-5). Los cuerpos que cargan con las consecuencias de la globalización de la indiferencia, la cultura del descarte[[Termino usado por el papa Francisco en el Discurso a los participantes en el encuentro mundial de movimientos populares (28/10/2014)]] , el racismo, la xenofobia, la explotación laboral y la violencia. El Dios nuevamente encarnado –como escribía Ignacio de Loyola en Ejercicios Espirituales– se nos revela en ellos y nos urge a “aprojimarnos”, a no ser indiferentes a sus biografías y a la palabra que llevan tatuada en su piel junto a sus cicatrices y heridas. A escuchar sus protestas y propuestas que reclaman compañeros y compañeras de sueños y complicidades, desde el cuerpo a cuerpo con ellos y sus causas.

Hace unos meses, en Ceuta, me impactaron los cuerpos de “las porteadoras”, mujeres de carga en la frontera, que transitan cada día por el paso de El Biutz. Sus cuerpos son un buen icono de la economía que se sostiene sobre un espinazo doblado. La violencia sobre ellos y su explotación es tolerada por ambos lados de la frontera y contribuye decisivamente al crecimiento demográfico del norte de Marruecos y al sostenimiento de la ciudad autónoma para vergüenza de todos y todas. Estas últimas semanas me han provocado también otros cuerpos: los cuerpos inquietos de dos jóvenes de piel cobriza, sentados en el banquillo ante un tribunal administrativo, en el que otros cuerpos, de piel blanca, cubiertos de oscuro y acostumbrados a firmar sentencias sin mirar a los ojos, dictan órdenes de expulsión que quiebran vidas y marcan los cuerpos de gente con el estigma de la criminalización.

O los cuerpos negros y agotados de dos compañeros que trabajan doce horas diarias, aunque la empresa sólo les ha dado de alta por 20 horas semanales y están todavía a la espera de cobrar su primer sueldo, pese a que llevan ya más de dos meses trabajando en unos bares repletos de gente en el barrio de Salamanca y Chueca.

O cuerpos “cuidadores“, como el de Mariela, experta en alzheimer, que ha perdido su salud y la movilidad de su mano derecha a causa de los trabajos tan duros que ha realizado estos diez últimos años de su vida en España por sueldos de miseria y sin derecho al paro, que acaba de retornar a Colombia, porque con sus condiciones físicas ya no queda hueco para ella en el mercado laboral de la explotación doméstica.

Cuerpos violentados también por el color de su piel, pero cuerpos de la dignidad por su forma de encarar la vida, como el de Mocklés, que vino a cenar a casa hace un par de noches y a contarnos que le acababan de despedir por negarse a trabajar desde las seis de la mañana a las diez de la noche, sin descanso y cambiándole constantemente de frutería sin avisar y que él una tarde, después de rezar, decidió que aquello era de esclavos y le reclamó a su jefe descanso y respeto a los trabajadores y por eso estaba ahora en la calle y que Insha’Allah («Si Dios quiere» en árabe”) ya encontraría algo, porque como no se puede vivir es sin dignidad y sin dar gracias a Dios por lo que se tiene.

Cuerpos que honran la vida, que aspiran a vivir de pie y no de rodillas y que nos urgen a imaginar y “reclamar” juntos que sean las personas y no el mercado el centro de la economía y a transformar las fronteras en lugares de encuentro y no de violencia y muerte. Los cuerpos de Yousuf y Mamadou me lo han recordado también esta semana en un encuentro en el que nos contaron el horror que habían vivido en la frontera sur, tras catorce intentos de salto y haber sido devueltos en caliente y apaleados por la Guardia Civil española y las fuerzas auxiliares marroquíes. Lo narraban sus lenguas en un francés entrecortado, pero lo narraban sobre todos su cuerpos cuando nos enseñaron su espalda y sus piernas marcadas por la violencia y el racismo legalizado.

Cuerpos diversos, blancos, negros, cobrizos, gordos y flacos, jóvenes y viejos, cuerpos que toman las calles exigiendo, por ejemplo, el cierre de los CIE y la transformación de la antigua cárcel de Carabanchel en un centro de memoria histórica. Cuerpos que se mezclan por dentro y por fuera, que entrecruzan saberes y habilidades, como el otro día en una jornada de trabajo comunitario organizada para terminar las obras de La Universal –ubicado en c/ Duque de Alba nº 12, muy cerca de la plaza de Tirso de Molina–, próxima nueva sede de Senda de cuidados, Traficantes de Sueños, Lavapiés acompaña y otros colectivos empeñados en revitalizar el cuerpo social para que nadie se quede rezagado ni excluido en estos tiempos de penuria y amanecer de algo nuevo. En definitiva, cuerpos-mapas que nos señalan el camino para otra humanidad posible. A imagen y semejanza de un Dios que se nos ofrece a sí mismo como cuerpo partido y repartido para la vida del mundo (Mt 26,26).

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