¡Qué suerte tenemos!

pag22_desdeotroprisma_web-3.jpgTodas las mañanas cuando desayuno, Maite, una compañera dominica con la que convivo, rompe la rutina de mi sorbo de café con una exclamación a la que no quisiera acostumbrarme nunca, aunque a veces lo hago. “Qué suerte tenemos” dice, cuando compartimos los ecos del día anterior y suele coincidir con “noches un poco agitadas”, en las que nuestro sueño ha sido interrumpido por una llamada telefónica de algún amigo detenido por no tener papeles o nos ha costado dormir por el juicio próximo de algunos compañeros por la ocupación de un banco mientras se negociaba la paralización de un desahucio o, simplemente, por las emociones vividas en algún encuentro nocturno con mujeres preparando una reunión o por el compartir de alguna compañera que descargó el peso de su corazón dividido entre el acá y el allá que supone la maternidad vivida desde un locutorio.

“Qué suerte tenemos”, dice Maite cada mañana, pero hace unos días me lo ha repetido también Paloma, una amiga agnóstica, médica, comprometida fuertemente con la defensa de la salud pública y los derechos de las personas inmigrantes “sin papeles” y que lo está pasando mal como consecuencia de su compromiso en el trabajo. “Qué suerte tenéis de creer”, dice mi amiga Paloma, “y poder reciclar vuestras esperanzas cuando fracasan, porque las esperanzas se gastan y una se gasta también en ellas y pierde su fe en ellas, porque tener fe es eso, ¿no? La incombustibilidad de la esperanza”, dice Paloma. Su comentario me ha dejado reflexiva y, por eso, este mes me animo a compartir en voz alta “desde otro prisma” el secreto de mi propia historia, el “secreto” que sostiene mi esperanza y mis luchas: la experiencia de fe como partera de creatividad y resistencia, la fe como don y riesgo.

Siempre me ha fascinado la definición de fe que se hace en la Carta a los Hebreos (11,1-40): la fe es fundamento de las cosas que se esperan y prueba de aquellas que no se ven. Es vivir dando crédito a que las promesas de Dios en los profetas y el Hijo encarnado se cumplen en la historia, desde la experiencia del ya sí pero todavía no del reino. En ese sentido la fe es fuente de gozo y plenitud en tanto que podemos disfrutar algo de esas promesas y acariciarlas aunque no sea más que con las puntitas de los dedos, es decir, como primicia. Como dice mi compañera Maite, qué suerte tenemos pero, al mismo tiempo, la fe no es una lotería ni un juego de azar, sino la apertura y la confianza al misterio de amor y gratuidad que habita en lo hondo de todo lo creado, en lo hondo de lo humano y que los cristianos y las cristianas identificamos como semillas del resucitado, chispas de su encarnación o presencia inefable. Creer es abrirnos a ese misterio de amor y gratuidad y configurar la vida desde él, experimentando que la última palabra no la tiene la injusticia ni el sufrimiento sino el fluir del amor en ella. Amor más poderoso que la muerte, que dice el poeta y amor más poderoso que el pecado y la injusticia, que dice la mística Juliana de Norwich.

Por eso creer es mucho más que asentir dogmas. La fe es experiencia, relación, adhesión, identificación con la presencia viva del Resucitado en la historia y, por tanto, partera de una esperanza nueva (1 P, 1,3). Creer es abrirse al misterio de amor en el que “somos nos movemos y existimos” y, desde él, encarar el desamor humano, la injusticia y la violencia y hacerlo al modo de Jesús. Por eso, creer es confiar y consentir. Consentir no la injusticia, sino que la palabra de Dios encarnada en la historia se vaya convirtiendo en el centro de gravedad de la existencia. Fiarnos de la persona de Jesús y hacer histórico con él y a su modo su proyecto de alternatividad de vida en abundancia para todos desde los últimos (Jn, 10,1-10; Mt 20, 16). Por eso, creer es también soltar, desinstalarse, vivir la vida y los dones recibidos no como posesión y punto de llegada, sino como regalos para ser compartidos, expuestos a las preguntas, las esperanzas, los sueños y las luchas, los duelos de quienes anhelan unas relaciones y una sociedad alternativa y quedan salpicados por ellos. Por eso, en definitiva, creer es arriesgarse y comprometerse. Es vivir el riesgo de Dios en su apuesta por una nueva humanidad y una nueva creación, no dando a nadie por perdido e historizar la fe en las obras, porque no hay fe sin obras, sin justicia, sin práctica compasiva (San 2, 15-25; Ga 5,5).

En este último mes me ha tocado acompañar muchos duelos: el retorno de Jimena, una amiga muy querida, a Argentina tras diez años de vida en España, que regresa con una pesada maleta de sueños frustrados; la tristeza muda de una compañera bangla ante la pérdida de su madre a miles de kilómetros de distancia sin poder acariciar su rostro y despedirla y, también, mi propio duelo por la muerte de Teresa Aguirre, una de mis compañeras de vida más amiga y más cómplice. No creo que mi esperanza sea incombustible, creo más bien que es una esperanza humilde, pero sostenida entre muchos y muchas de Sur a Norte del planeta, apoyada en las espaldas de muchos otros y otras a quienes yo también presto las mías, enraizada en una nube inmensa de mujeres y hombres testigos que sueñan con hacer del mundo un banquete donde corra la vida, la fiesta, la justicia en abundancia para todos y todas desde abajo.

Por eso, mi compañera Maite tiene razón: ¡qué suerte tenemos de contemplar la realidad y de descubrir que también la oscuridad está poblada de luciérnagas y que esas luciérnagas tienen nombres concretos! Mujeres y hombres portadores de luz y calor cuando el frio y la noche aprietan. Se llaman Paula, Teresa, Jorna, Elahi, Carre, Belén, Pepe, Guillermo, Nilda, Marta, Luis, Paco, Angela, Pili, Modou, Moclés Afroza. Ellos y ellos nos recuerdan que las noches se atraviesan mejor en compañía y cantando porque, al hacerlo, se avivan motivaciones y resistencias, se despiertan las energías colectivas. Por eso, quizá, sea esta hoy una de nuestras mayores urgencias para el nuevo año, unirnos al coro de voces de la esperanza y no de las plañideras, sumarnos al “orfeón de la gente cantora”, a la sol-fónica del “ si podemos, es posible ensayar otras formas de vida y de relación ”, acoger y encarnar, como si fueran dichas para nosotros y nosotras hoy, la palabra de Dios a Débora, la juez de Israel en tiempos de crisis también para su pueblo: “Despierta y entona un cantar” (Juec 5,12) o la palabra profética revelada a Jeremías, “hay esperanza para tu futuro” (Jr 3, 16-17) o el guiño perplejo y agradecido de Sara, la mujer de Abraham, a quien, a partir de la visita de unos extranjeros, se le anunció el nacimiento de Isaac, cuyo nombre significa “El que me ha dado la Risa”, es decir, la incondicionalidad de Dios en el cumplimiento de su promesas e invitándonos a echarle una mano para que así sea (Gn 18,9-15-Gn 21,6).

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