Perplejidades suburbanas

pag12_hayvida_web.jpgEl viaje como parábola de la vida y el tren como metáfora de la aventura humana es un tema común de la literatura, desde las novelas de suspense, como Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, a los tratados de teología, como Gracia y experiencia humana, de Leonardo Boff. Y es que, ciertamente, el tren –y, aún más, el metro para quienes somos de culturas urbanas- es una buena imagen de la vida. Quizá por eso, cuando lo cojo cada mañana, abarrotado de gente en la estación de Antón Martín, Embajadores o Lavapiés, siempre “da que pensar”, como diría Paul Ricquer. Por eso mi historia de este mes va de perplejidades y rutinas suburbanas.

Una rutina a la que no me acostumbro son los controles de identidad racistas -más conocidos por “redadas”- que, aunque han dejado de ser noticia, no por eso han desaparecido. Como por ejemplo el de ayer a las 9:30 de la mañana en el metro de Lavapiés, en el que dos “secretas” jovencitos, medio escondidos en una curva de un pasillo pedían la documentación a las personas de piel negra, cobriza o de rasgos indígenas. Como Mamadou, un hombre de unos 30 años, africano con nacionalidad española, que coge todas las mañanas el metro para ir a trabajar a la oficina y que sistemáticamente es criminalizado por sus rasgos étnicos y el color de su piel. “Pero si ya me conocéis, carajo… Todos los días lo mismo, si sabéis que tengo papeles”, responde Mamamdou, ante la exigencia de los policías, sin perder la calma y pidiéndoles también a ellos que se identifiquen, ya que su trabajo es defender a los ciudadanos y ciudadanas y no coaccionarles ni crearles problemas con su jefe por llegar tarde.

Uno de los “secretas” se pone nervioso e insiste, subiendo la voz, en que le entregue su documentación y que se deje de tonterías porque como siga así le va meter un delito de resistencia a la autoridad. El otro, más calmado, al ver que algunas personas se empiezan a agrupar entorno a Mamadou, añade: “Circulen, señores, por favor, no se concentren aquí que esto es una identificación rutinaria, estamos haciendo nuestro trabajo, estamos en una operación antidroga”. Un mujer de mediana interviene con voz crispada: “Entonces, ¿por qué no nos pedís identificarnos a todos?”, “…Es que estamos hartos de que nos criminalicéis a las gentes de este barrio”, añade un joven, con pinta de estudiante.

Mientras esto sucede, otros viajeros y viajeras han empezado hacer lo mismo que yo: wasapear y enviar SMS para poner en marcha las cadenas telefónicas de aviso contra las redadas y evitar que amigos y compañeros sin papeles entren al metro. Otras personas miran lo que está pasando, pero continúan su camino sin prestar más atención al hecho. Finalmente y tras unos momentos de tensión, un policía hace una llamada y deciden retirarse. Mamadou se relaja y coge tranquilamente el metro, aunque con 15 minutos de retraso. El corrillo se dispersa rápidamente y una pareja, ya casi en el andén comenta. “Y eso que aún no está puesta en marcha la ley mordaza”.

Yo continúo también mi ruta y tomo el metro en dirección a Legazpi. En la tercera o cuarta estación entra un chico latinoamericano con una guitarra cantando “Vengo a ofrecer mi corazón“. Su voz irrumpe en el vagón como una lluvia suave que impregna el ambiente de belleza y nos hace olvidar por un instante los apretones y la incomodidad de los cuerpos pegados. No pide nada, solo canta, aunque imaginamos que al final pasará una cesta y, por eso, algunos y algunas empezamos a rebuscar monedas en nuestros bolsillos. Pero la magia del canto se quiebra al irrumpir desde el fondo del vagón una voz que recrimina al cantor con violencia: “Dejadnos algo a nosotros, hombre, que también nosotros tenemos que ganar. Iros a vuestro país y no nos quitéis el trabajo. Que os lo lleváis todo con la guitarrita y no dejáis nada para el resto”.

El ambiente se torna gélido. Algunos viajeros y viajeras nos miramos perplejos y otros bajan la cabeza. Yo me siento tan mal que decido salir a la próxima. Un sentimiento de vergüenza e indignación me invade y hace que mi corazón apresure su latido aunque mi boca se haya quedado incapaz de articular palabra, pese a que los pensamientos se me amontonan: ¿Cómo puede ser que hasta los mendigos compitan por las migajas en vez de luchar juntos contra quienes se están quedando con nuestra riqueza y nuestros derechos? ¡Qué perversidad la de este sistema, sus leyes y sus mecanismos de manipulación, que coloniza nuestras conciencias y nos enfrenta de esta manera generando “guerras de pobres contra pobres” y señala a los migrantes como chivos expiatorios de todos los males propiciando el racismo y la xenofobia! Me siento en un banco en el andén, me calmo y espero a que pase un nuevo metro deseando un trayecto más tranquilo. Sin embargo el metro se empeña en seguir “dándome que pensar” hasta el final del día.

Ya de vuelta a casa, sobre las 23:30 de la noche, en la puerta de la estación de Sol, salida Carretas, un señor mayor, borracho, transeúnte, tirado en el suelo y con la cabeza apoyada en una farola gime de dolor pidiendo auxilio. Reacciono, me aproximo pero, con mucha más agilidad que yo, un joven africano se le acerca y empieza a brindarle ayuda quitándose su jersey y poniéndoselo como almohada sobre la farola. Me cuenta nervioso que él lo ha visto todo: unos guardias de seguridad, con “guantes blancos” le han agarrado por la fuerza, le han echado del metro, porque quería quedarse a dormir dentro, le han tirado a la calle y se ha pegado de bruces contra la farola sin poder levantarse mientras los guardias en lugar de socorrerle se han reído de él.

Mientras me cuenta todo esto, el africano no deja de frotar las manos del hombre herido con la suyas para darle calor y repite una y otra vez: “No se puede tratar así a la gente, no somos perros, somos personas, somos personas”. Empieza a arremolinarse más gente. Alguien llama al Samur y el “samaritano” negro se marcha con discreción sin recuperar su jersey en una noche de hielo.

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