Los otros musulmanes y musulmanas

pag12_hayvida_web-13.jpgMe cuesta dormir últimamente. Anoche más. Un grupo de africanos, en una cena entre amigos, nos contaron con detalle su periplo en el monte Gurugú y en Melilla. Algunos de ellos habían sido devueltos en caliente hasta ocho veces. Sus espaldas, sus brazos y sus piernas guardan bien la memoria de ello. Hoy lo recuerdan como una pesadilla superada, como una vuelta a la vida, mientras alguien susurra la frase de Laura Casielles en Los idiomas comunes: “Los que salen del sueño prescrito nacen a este mundo como niños perdidos. ¿Dónde están las palabras, dónde está la casa, dónde están mis ancestros, dónde mis amigos?”. Y es que, aunque hoy sonríen y cantan, no pueden olvidar a los que se quedaron en el camino, a los que ya no están o a los siguen esperando la oportunidad para saltar.

Como si de un ritual se tratara, entre historia e historia, entonaron un canto cargado de fuerza, nostalgia y “esperanza claroscura”: L’année de mon annee, una canción que formaba parte de su preparación para el salto y que en castellano dice algo así como: Fuerza, el mañana no está lejos, lucha por la vida. Este es tu año… Dios no se olvida de nadie. Este es tu año. Generación fuerte y dura, este es tu año. Cuando, al filo de la medianoche, nos despedimos mi corazón se quedó insomne por las huellas de lo vivido y empezó a dolerme el estómago, pensando en la ley mordaza y la legalización de las devoluciones en caliente.

Pero la sensación de malestar tampoco me ha bajado esta mañana cuando, en mi rutina cotidiana de poner la cafetera y encender la radio, el debate entre tertulianos ha vuelto a insistir en la gravedad de la existencia del células yihadistas en Ceuta y Melilla y la necesidad de aplicar políticas preventivas y ampliar las unidades especiales de control y vigilancia. Sus palabras me han resonado a farsa y justificación y, finalmente, he decidido apagar el aparato cuando algunos de ellos se han referido a la amenaza de la “invasión musulmana” y al “carácter violento de su religión”.

Me he acordado entonces de Farinem, un joven apaleado por un par de policías en un cuarto sin cámara de seguridad, en el aeropuerto de Barajas, tras librarse de una devolución express y al que, cuando acompañamos al médico para que recibiera atención sanitaria y le hiciera un parte de lesiones por la paliza recibida, al ver nuestro nerviosismo y rabia repetía, como si de un mantra se tratarse, “hay que perdonar, hay que perdonar… Dios es grande… Alhamdulillah”. O de Mohammad, que, aunque hace ya más de tres años que obtuvo los papeles, ha sido obligado a identificarse cuatro veces, en la misma semana, en varios controles racistas y, pese a ello, está convencido de que hasta el racismo institucional se resuelve por la vía del diálogo, cuando en nuestra conversación me insiste: “No pasa nada, no hay que ponerse nervioso, sino mirar a los ojos a los policías y explicarles que hemos venido aquí a trabajar, que no somos delincuentes. Todo somos personas y podemos cambiar”.

La Identificación de musulmán con violencia me resulta sórdida e interesada. El Estado Islámico y los yihadistas son una minoría del mundo musulmán, aunque sus crímenes, como los más recientes acaecidos en Kenia, Yemen, Túnez, etc., sean injustificables y dolorosamente dramáticos. Esta identificación me hace evocar imágenes de otra época en las que aparecían dictadores de rodillas comulgando, tras firmar sentencias de muerte, sin que ello supusiera la identificación de todos los cristianos con la violencia o los crímenes de Estado.

Ha llegado a mis manos también en estos días el último Informe sobre islamofobia en España, publicado por la Federación de Entidades Religiosas (Feeri). En él se señala como uno de sus primeros indicadores la comprensión de las “personas musulmanas como un ente monolítico y estático”. Es decir, aglutinar bajo el fantasma de “personas musulmanas” a creyentes y/o practicantes a formas culturales derivadas del islam y a personas leídas como musulmanas, por cuestiones de radicalización o extranjerización, que pueden, sin embargo, autodefinirse como musulmanas o no.

Según los datos recogidos en este Informe, las denuncias por discriminación u odio hacia lo musulmán han aumentado en nuestro país en un 70 %, de las cuales el 46 % han sido casos contra bienes materiales (daños, cierres, desplazamientos de mezquitas u otros locales) y el 54 % restante, actos contras las personas, especialmente mujeres. Por ello, el informe subraya la necesidad de combatir de forma prioritaria la “islamofobia de género”, ya que las mujeres son las víctimas visibles y principales destinatarias de la intolerancia extrema hacia el islam.
Por su parte, en Europa la extrema derecha se extiende alimentando el odio hacia los extranjeros y el islam, en respuesta a los atentados terroristas producidos por el Estado falsamente llamado “Islámico” pues, como dicen algunos musulmanes y musulmanas, sus prácticas y creencias totalitarias y violentas lo alejan del verdadero islam y lo pervierten, ya que sus intereses están puestos al servicio del lucro, la industria del terror y de la guerra.

Mientras tanto, gentes como Fátima, más allá del estereotipo que identifica a la mujer musulmana con sumisión, se ha decidido a denunciar a su jefe, un conocido empresario de hostelería del distrito Centro que, durante año y medio de trabajo, no la había pagado más que el salario de un mes y con la presión y la amenaza de perder sus papeles la mantenía en condiciones de semiesclavitud. O como Sharmin, que compagina sus largas jornadas de trabajo con la educación de sus hijos, con las luchas de las mujeres contra la violencia de género dentro y fuera de su país.
También son musulmanes las más de trescientas personas bangladeshíes que hace un mes convocaron una concentración en la Puerta del Sol denunciando la violación de los Derechos Humanos en su país y reclamando libertad y democracia. Como decían también en su comunicado final: “Condenamos el uso de la religión para justificar la violencia. El islam es un mensaje de paz, no de violencia y quienes manipulan nuestras creencias para causar daño a los demás no merecen llamarse musulmanes. Condenamos a quienes asesinan o castigan a otros por su ideología. Hay que cambiar la forma de hacer las cosas”.

Esta aspiración a otra forma de vivir y relacionarnos, liberada de toda forma de violencia y dogmatismo, es la que está todavía por construir y en la que somos invitados a mancharnos las manos y el corazón y a quedarnos insomnes algunas noches.

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