De viajes y fronteras

pag12_hayvida_web-7.jpgHay viajes que te cambian la vida. Aunque todo vuelva a ser aparentemente igual, la densidad de lo vivido queda grabada en el alma, en la piel, en la conciencia. Así nos ha ocurrido a un grupo de gente de Lavapiés que hemos estado recientemente en la “Frontera Sur”. Ceuta, Tánger, Nador y Melilla han sido nuestro recorrido. Los viajeros y viajeras éramos, todas, gentes conocedoras de la realidad migratoria y de la violencia de las fronteras. Sin embargo, nuevamente, hemos podido comprobar que ningún dato, análisis ni abstracción, por rigurosos que sean, pueden sustituir el poder del rostro y la relación vivida cuerpo a cuerpo. También que, como nos decía un amigo marroquí que nos echamos en el camino, “Ninguna valla puede parar el hambre”, pese a los 33 millones de euros que el Gobierno español lleva invertidos en lo que va de año en el endurecimiento de la valla de Melilla con sus concertinas. En esta ruta nuestros guías han sido gentes expertas en humanidad y resiliencia a quienes dedico con agradecimiento y admiración mi artículo de este mes:

A la Asociación Elin, que es más conocida entre los y las migrantes como “Chez Paula”[[Elin es el nombre del oasis en el que el pueblo judío, según el libro del Éxodo encontró agua y descansó para reponerse. Su sede es la casa de Paula y Cande, religiosas vedrunas.]] . Como su nombre indica, es un oasis en medio de la ciudad-cárcel que es Ceuta para muchas personas migrantes por su condición de limbo jurídico, al quedar fuera del territorio Schengen. Esta asociación es, sobre todo, una red de personas comprometidas con los derechos humanos de las personas migrantes. Gracias a ella, mientras las personas sin papeles aprenden la lengua, conocen derechos, recursos y estrategias de supervivencia que pueden ayudarles en su llegada a la península, se crean vínculos poderosos de amor y de amistad como una provisión valiosa hacia su destino incierto. Una casa “comunal” donde todo es de todos y todos lo respetan, donde hasta los pasillos se convierten en aulas improvisadas y donde es fácil encontrar a gentes con las manos vendadas por las heridas de las concertinas o cuerpos marcados por el apaleamiento recibido por la policía de fronteras, nunca se sabe si la del lado marroquí o del español, porque unos a otros se echan la pelota inhibiendo responsabilidades. Pero “Chez Paula” es, al mismo tiempo, un lugar poblado de esperanza, de risas, de ritmos de tambores y cuerpos que bailan y acogen a quienes llegamos, a la vez que nos plantean preguntas inquietantes sobre su futuro.

A la Delegación de Extranjería del Obispado de Tánger, las gentes del TAM, expertos en acompañar duelos y preparar a la gente para que el viaje se haga en las máximas garantías posibles y el destino sea la vida y no la muerte; o en acompañar a familias divididas, porque el marido logró cruzar el Estrecho, pero la mujer y la niña no tuvieron la misma suerte y quedaron en tierra. Testigos cotidianos de las luchas de la gente por acceder a un zódiac y cruzar los catorce kilómetros “malditos” que los separa del sueño de Tarifa. Gentes enfaenadas también en la mediación, el diálogo y la sensibilización con las instituciones y la sociedad marroquí para frenar el racismo y la violencia policial y ciudadana contra la población subsahariana, como los sucesos acontecidos este verano en el barrio de Boukhalef: vejaciones a mujeres, incendios de viviendas, muerte de una persona senegalesa a manos de grupos racistas con la complicidad de la inhibición policial.

A las gentes del equipo de Nador de la misma Delegación, que realizan tareas de ayuda humanitaria en el monte Gurugú. Un grupo de gente extraordinaria con una resistencia a toda prueba, que han aprendió a vivir con astucia y con naturalidad el saberse siempre en el punto de mira de la policía marroquí. Son quienes mejor conocen los campamentos y a sus líderes, pues son quienes les proporcionan mantas, plásticos, comida, agua, para la supervivencia más básica y también quienes les auxilian cuando ha habido un “salto”. Hacen las primeras curas, se hacen cargo de ellos para que les atienda en los hospitales y quienes les acogen cuando son dados de alta y no pueden volver al monte por las condiciones en que se encuentran. Como Omar, un joven de Níger al que, en un intento de salto a la valla, la policía marroquí le rompió la médula y ha estado inmovilizado durante meses hasta ir poco a poco recuperando la posibilidad de andar de nuevo y que en los días que estuvimos juntos hablándonos de su madre y su familia nos dijo que era la primera vez en mucho tiempo que volvía a sonreír después de la paliza.

A los compañeros de PRODEIN, expertos en denunciar “devoluciones en caliente”, el incumplimiento de los derechos humanos a un lado y otro de la frontera cuando se produce un “salto”, las razias de la policía marroquí en los campamentos ubicados en los montes y la muerte, solo en el mes de agosto, de cinco personas de origen subsahariano a manos de los cuerpos de seguridad de las fronteras. La última, un joven maliense.

La mayoría de estas gentes, junto con otros colectivos que forman parte de MIGREUROP, han denunciando hace apenas un mes en el Parlamento Europeo la violación de derechos Humanos que acontece cada día en la frontera[[Los CETI son Centros de Estancia Temporal para inmigrantes. En concreto, el de Melilla tiene una capacidad de 480 plazas y en Julio del 2014 contaba con unas 1600 personas acogidas.]] sur: devoluciones en caliente, instalación de concertinas, uso de material antidisturbios en frontera, etc. y han planteado cuatro medidas urgentes y realizables por una solución europea al drama en las fronteras de Ceuta y Melilla, exigiendo para ello la implicación del Gobierno español y el europeo. Las propuestas planteadas han sido las siguientes:

 Facilitar el proceso de regularización abierto en Marruecos.

 Flexibilizar la normativa para la reagrupación familiar, de forma que se permita el acceso de las personas a países de la Unión Europea donde tengan familiares.

 Garantizar una adecuada protección a las personas refugiadas y solicitantes de asilo, junto con la puesta en marcha de un programa conjunto de reasentamiento que garantice su protección internacional.

 Reconsiderar la política de visados en relación a los países africanos que generan los flujos migratorios e impulsar un marco menos restrictivo que el actual.

En definitiva, poner el foco de atención no en la represión y la violencia, sino en las personas que, en Marruecos, se encuentran en situación de emergencia humanitaria y garantizar el respeto a sus derechos y una adecuada protección.

En este viaje no hay fotos. Las llevamos dentro y no es fácil que se nos borren de la retina: el asentamiento en el centro de Ceuta, frente a la Delegación de Gobierno, de cuarenta familias sirias a la espera de que alguien les dé alguna explicación sobre su solicitud de asilo, reclamando con una pancarta: “No hemos salido de una guerra para entrar en una cárcel”. O los campamentos a la salida del CETI de Melilla con las mujeres cocinando sobre cuatro piedras a orillas de un río, mientras los niños se nos acercaban curiosos con ganas de jugar y sin perder la sonrisa y los hombres nos mostraban su documentación pensando que éramos de Derechos Humanos y podríamos ayudarles. O la fila inmensa de “porteadoras” en Ceuta, alineadas de a una por un policía español que empezó a golpearlas ante nuestra atónita mirada y la tensión creada cuando Marruecos decidió sin previo aviso cerrar la frontera. Este viaje no nos deja como recuerdo, insisto, un álbum de fotos, pues la policía bien se encargó de impedirnos fotografiar nada que tuviera que ver con mostrar la realidad de los migrantes y las vallas, exigiéndonos más de una vez nuestra identificación de forma amenazante. Este viaje nos deja, sobre todo, “deberes”. Hemos visto más de cerca la perversidad de las políticas migratorias europeas y la consecuencia de la externalización de las fronteras y esto nos lleva a no ser ingenuos ni cómplices con ellas, sino a buscar los medios y las estrategias más certeras para desmantelarlas, porque la seguridad y la xenofobia son, además, un negocio , de modo que mientras unos se lucran el Mediterráneo se ha convertido en la mayor fosa común del mundo.

A los pocos días de nuestra vuelta a casa, mientras escribía este texto, Mory, un amigo senegalés, nos llevó a casa a Samba. Le había encontrado deambulando por la calle. Hacía una semana que él también había hecho otro viaje: en zodiac, de Tánger a Tarifa. Había cruzado los anhelados catorce kilómetros. Cenamos juntos y, al día siguiente, le acompañamos rumbo a Bélgica donde le espera su hermano. Tenía razón el amigo marroquí que nos salió al paso en Ceuta: no hay valla ni frontera que pueda parar el hambre y los sueños de la gente.

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