De mudanzas, semillas y minihuertos urbanos

pag12_hayvida_web-15.jpgMe mudo. Dejo mi casa. O mejor dicho nos obliga a hacerlo nuestro casero que quiere venderla con mi comunidad dentro. Hemos vivido algo así como un mobbing inmobiliario. La especulación con los alquileres es un negocio siempre en alza en mi barrio al que los inquilinos intentamos hacer frente colectivamente desde la Asamblea de Vivienda del Distrito Centro y muchas veces ganamos, pero esta vez nos ha tocado perder a nosotras y, aun luchándolo, tenemos que dejar nuestra casa.

Con ella dejamos muchos secretos y complicidades que las paredes guardan, muchas alegrías y pequeñas victorias. También algunos duelos y, sobre todo, mucha comensalidad abierta y cama compartida para alojamientos improvisados o de emergencia. También dejamos tres balcones que nos han servido de respiro en algunas noches insomnes. Uno de ellos, el que más nos cuesta dejar, lo convertimos hace un tiempo en un minihuerto urbano, para intentar paliar la nostalgia de pueblo de una de mis compañeras y en homenaje a nuestros amigos del BAH, convencidos, como ellos, de que bajo el asfalto está la huerta. A día de hoy -y pese a nuestro cuidado- todavía no hemos obtenido ningún fruto, aunque las semillas de fresas y tomate cherry reventaron la tierra y dieron a luz algunas matas.

Nos da pena dejar Zurita 5 pero, tras un rito de despedida en ella y de recoger el buen espíritu que guarda, fruto de tantos encuentros con amigos y amigas del mundo en ella, queremos seguir abriéndonos al imprevisto de la vida y su sorpresa en Lavapiés. En nuestra nueva casa -lo tenemos claro- seguiremos apostando por sembrar nuevas semillas sin impacientarnos por los frutos, en algún balcón o ventana improvisada.

Hay quien sueña y se hace experta en grandes plantaciones, pero la especialidad de nuestra comunidad son las semillas. Nos han contagiado la pasión por ellas tantas amigas del Sur con quienes compartimos la vida y que nos recuerdan, desde la experiencia de sus vidas y la sabiduría de sus culturas autóctonas, que podemos portar y sembrar semillas en los lugares más insospechados y contra todo pronóstico.

Así lo hacían las mujeres afroamericanas que huían de las plantaciones esclavistas, como narra Eduardo Galeano en Mujeres:

Antes de escapar las esclavas roban granos de arroz y maíz, pepitas de trigo, frijoles y semillas de calabazas. Sus enormes cabelleras hacen de graneros. Cuando llegan a los refugios abiertos en la jungla las mujeres sacuden sus cabezas y fecundan así la tierra libre”.

En mi comunidad nos seducen las semillas. Las intercambiamos con otras mujeres amigas: Toma éstas de albahaca para espantar los males y dame esa de malvarrosa para atraer el amor… Te trueco esta de girasol para recuperar la alegría por el cilantro de tu tierra para dar un nuevo sabor a la vida, que la tengo muy en-rutinada… Prueba con esta que es para el dolor del riñón y es sanadora…

De las semillas aprendemos la ley del periodo largo, a adentrarnos en otra comprensión y vivencia del tiempo, más allá de nuestro esquema occidental y capitalista y a negarnos a vivir con la mentalidad microondas. Aprendemos también a pasar de una vivencia del tiempo como cronos (el tiempo como consumo y vértigo que nos consume) al tiempo como kairós (como acontecimiento y abiertas a la sorpresa de la vida en cada instante).

Nos gusta la diversidad de las semillas porque nos recuerdan los mil colores y sabores que tiene la vida y que su belleza no está nunca en la homogeneidad ni en lo idéntico sino en la comunión de las diferencias. Nos recuerdan también que para que nazca algo nuevo hay que remover la tierra, abonarla y regarla con esmero, al ritmo que la simiente y la propia tierra van pidiendo. Para ello hay que escuchar desde ellas, sentirnos en una misma sintonía y abandonar el apresuramiento y la lógica de la eficacia inmediatista.

Además, las semillas nos hablan. Yo aprendí a escucharlas en Chiapas. Me enseñó una niña que me regaló una bolsita de tamarindo y me dijo que a ella las semillas le hablaban para que volviera a tener alegría tras la muerte su abuelita, que murió acribillada por los militares en una protesta campesina.

Las semillas nos devuelven siempre la fuerza de la vida, nos adentran en la lógica de la gratuidad, del cuidado y de la espera activa y esa lógica es la que intentamos vivir mi comunidad en Lavapiés en la práctica de la hospitalidad política y el activismo social contra las fronteras.

Además, el Evangelio también va más de semillas que de flores artificiales o grandes plantaciones. Va de granos de mostaza (Mt 13,31-33), de trigo y cizaña juntos (Mt 13,24-30), de un Dios sembrador con regadera y rastrillo en mano que no se cansa de remover la tierra y abonarla en la espera paciente del brote alentándolo (Mt 13,4-9). También la teología de la que me nutro y con la que nutro a otros y otras va de simientes, porque las semillas del verbo preñan la historia y eso carga la realidad de potencialidades inéditas.

Dice Javier Melloni en El Cristo interior:

Las semillas del Evangelio no saben de demarcaciones. Por eso y por ello hay Iglesia más allá de la iglesia, como hay Evangelio más allá del texto y hay Cristo naciendo en todo corazón desalojado de sí mismo. El Cristo naciente está albergado en cada interior humano. Hay semillas de divinidad esparcidas por doquier. Jesús de Nazaret vino a despertarnos y desde entonces estamos amaneciendo (…) a pesar de nuestros adormecimientos”.

En definitiva, que en nuestra nueva casa, además de llenarla de amigos y amigas del mundo y de una gran mesa redonda para seguir compartiendo cous-cous, chebuyen o tortilla de patata, tendrán un lugar especial nuestras macetas, porque cada una guarda una historia con final feliz, un anhelo cumplido. El rosal se llama Loubna, porque lo plantamos el día que nació su niña; la menta es Jasmine, porque la sembramos cuando consiguió sus papeles; el incienso es Mamadou porque… Y así seguiremos cultivando semillas, libertades, sueños, desmanes, quejas, lo nuevo, lo que está por venir… Aunque tengamos que hacerlo moviendo la casa como los caracoles.

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