De cuidados, preguntas y activismos

pag12_hayvida_web-4.jpgCada mañana sobre las 9:30h oigo el timbrazo en la puerta de mi vecina…“Mamá ¿ya te has duchado?”. Es la voz de una mujer de unos 50 años que todos los días a la misma hora repite el mismo ritual. La mujer contesta “Sí, hija, no subas que estoy bien…Ven más tarde y damos un paseo” y la mujer se marcha tranquila hasta el mediodía, que se las suele ver paseando juntas por el parque de Casino y dando de comer a la palomas. Julia dejó Cabo Verde hace más de ocho años, allí quedaron su madre y sus hijos e hijas y ahora me ayuda a mí a cuidar a la mía tres días por semana… Mamey, pescador en Senegal, nunca pensó cuando estaba proyectando su viaje a Europa que su trabajo terminaría siendo el de cuidador de una persona mayor a la que ayuda a levantarse y acostarse cada día y a la que acompaña a los médicos y al campeonato de mus en su barrio.

Como recoge el lema de Senda de cuidados, una Asociación sin ánimo de lucro a la que pertenezco y que tiene como fines la promoción de la formación y el empleo de personas migrantes, la vida es vulnerable, pero solo con cuidados se vuelve sostenible. Desde la antigüedad un mito romano daba cuenta de esta paradoja explicando el origen de lo humano en la interacción de dos dioses primordiales: la Tierra, que le dio cuerpo y belleza y el Cielo, que le otorgó vida y energía. Sin embargo, para que el ser humano pudiese vivir como tal y mantener unidos en sí mismo al cielo y la tierra, debería estar acompañado del Cuidado durante todo el tiempo de su vida. Somos, pues, posibilidad y carencia, vulnerabilidad y potencia. Por eso, necesitamos del cuidado para ser, para existir y superar la ley suprema de la entropía, que es la fuerza del desgaste natural de las cosas. En consecuencia, des-cuidar, des-cuidarnos nos embrutece y termina convirtiéndonos en generadores y generadoras de explotación y violencia.

Pero, si el cuidado es la esencia de lo humano, ¿por qué esta tan devaluado?, me pregunto esta mañana mientras espero la llamada telefónica de una compañera empleada del hogar sin papeles, citada en el SMAC (Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación) para denunciar a su jefe por despido improcedente, al ponerla en la calle sin ningún “preaviso“y sin finiquito alguno. ¿Tendrá que ver ésta ”devaluación” del cuidado con que los sujetos que más lo hemos practicado y los seguimos practicando en la historia y en todas las culturas somos mujeres?

Algunas claves para esta respuesta se me han iluminado últimamente en un taller del Eje de Economía Feminista que varios colectivos de mujeres hemos emprendido para buscar alternativas con perspectiva de género a la gestión de la actual crisis económica (por cierto, ¿crisis o expolio?). La teoría política ha situado tradicionalmente la vida doméstica y privada fuera del Estado y de la sociedad y, con ello, a las mujeres. Así, todo lo relacionado con el hogar, los roles reproductivos y los cuidados pasaron a ser patrimonio “femenino” mientras que los roles productivos y la visibilidad pública pasaron a serlo de los varones, construyéndose sobre esta división sexual del trabajo el sistema de producción capitalista. Hoy, este “reparto” está en crisis porque somos muchas las mujeres que trabajamos o intentamos hacerlo fuera de casa. Sin embargo, los varones y el Estado siguen desarrollando su existencia al margen de los cuidados, que vuelven a ser ocupados por otra mujer. Esta, en base a criterios de jerarquización de clase, raza o relaciones Norte-Sur, abandona su hogar para cuidar el de otras mujeres que, a su vez, dejan a sus hijos en sus lugares de origen en manos de otras mujeres reproduciéndose nuevas y sucesivas cadenas globales de cuidados.

De esta forma, los cuidados, lejos de organizarse socialmente de forma compartida con los varones y con la responsabilidad del Estado, siguen recayendo sobre las espaldas de las mujeres, a costa de su salud, su equilibrio emocional y, muchas veces, de su felicidad, porque una cosa es elegir cuidar y otra que nos lo impongan. Así, el trabajo de cuidados, que es el hilo que mantiene la vida, permanece invisible, devaluado, mal pagado y con nulos derechos legales cuando se profesionaliza, hasta el punto de que hay trabajadoras internas que están percibiendo como salario 500 euros por cuidar a personas mayores con Alzheimer.

Por su parte, como viene denunciando desde hace mucho tiempo el ecofeminisno, la lógica del productivismo capitalista está reventando el mundo y destrozando la vida, violentando los cuerpos de las mujeres y violentando el cuerpo de la tierra. De modo que no solo existe una deuda económica del Sur al Norte, sino también una deuda de cuidados que atraviesa todo el planeta. Por eso, es urgente reivindicar los “derechos de cuidadanía”. Es decir, un orden económico y social que ponga en el centro no cualquier vida, sino una vida que merezca la pena ser vivida, una vida sostenible en el entorno ecológico y no en la producción y el capital. Una vida que se organice en función de las necesidades vitales de todas las personas, empezando por las que experimentan una mayor situación de vulnerabilidad. Unas relaciones sociales y económicas en las que los hombres tomen parte de su responsabilidad en los cuidados, dejen de ser los eternos beneficiarios privilegiados y pasen a ser parte activa de ellos. Unas relaciones en las que no seamos las mujeres las que tengamos que adaptarnos a las exigencias siempre a la baja del mercado capitalista conciliando dobles o múltiples jornadas, sin derechos ni garantías sociales y laborales mínimas o en las que seamos obligadas a regresar a los hogares como cuidadoras de los miembros dependientes o a migrar en tiempos de crisis.

Otra pegunta que me hago esta mañana mientras espero la llamada de mi amiga, la compañera empleada de hogar que está citada hoy en el SMAC, es: ¿quién cuida de las y los cuidadores y cómo reivindicar juntas el valor social de su trabajo y su dignidad en estos tiempos de recortes y crisis, que denigran y condenan aún más a sus profesionales a salarios míseros y condiciones laborales carentes de los derechos más básicos y que, en el caso de las empleadas del hogar, continúan excluyéndolas del Estatuto de los Trabajadores y las Trabajadoras?

Quizá por eso en estos tiempos que piden elegir bien dónde estar y cómo estar, formo parte de la asociación Senda de cuidados. Trabajo y Cuidados dignos y soy activista de Territorio Doméstico porque, como dice mi amiga Débora Ávila [[Débora Ávila Cantos es investigadora militante del colectivo Manos invisibles y miembra fundadora de Senda de cuidados. Cf De cuidados y luchas doméstica, Éxodo, 122, Febrero 2014, pp 56-57]], aunque cabalgamos entre múltiples situaciones de vulnerabilidad estamos convencidas de que, a partir del cuidado colectivo, podemos construir formas de vida diferentes, dar la vuelta a nuestra vulnerabilidad y, entre todas y todos, tornarla potencia. La potencia de crear una sociedad nueva en la que el cuidado, la solidaridad, el reconocimiento mutuo y una vida digna de ser vivida se pongan en el centro.

Más información en http://www.sendadecuidados.com. Se acaba de iniciar una campaña de captación de nuevos colaboradores y colaboradoras para animar desde el voluntariado y también económicamente el proyecto.

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