Conspirar

De las cosas buenas que nos está trayendo esta crisis es que está poniendo en el centro no sólo la necesidad de una cultura del cuidado, sino la materialidad de la vida, cosa que a los creyentes con frecuencia se nos olvida. Padecemos aún en muchos sectores eclesiales de un dualismo crónico, que divide la realidad en dos planos: lo espiritual y lo material, situando el primero en el piso de arriba y el segundo en el sótano. Confesamos la encarnación en el credo, pero fácilmente nos escandalizamos de ella al detectar sus huellas en la mundanidad y el despojo en la historia. 

El déficit de materialidad y mundo caracteriza todavía mucho a nuestra Iglesia, que sigue desvinculando a Dios de las experiencias hondas de placer y felicidad, de las relaciones, de la política, de la vida ciudadana, del diálogo con la ciencia, del trabajo.  Lo cual constituye un «atentado» contra la encarnación, y termina por deformar el cristianismo en una religión burguesa. 

Las tramas comunitarias son hoy por eso más que nunca sacramentos de la esperanza que nutren y sostienen las de muchas gentes

Pero el Dios de Jesús no es un Dios light o líquido. La fe cristiana no remite nunca a respuestas abstractas, sino a la encarnación, al espesor de la realidad, donde todo se da mezclado: la vida y la muerte, el sufrimiento y la alegría, la gracia y el pecado, la generosidad más sobreabundante y la mezquindad más extrema.

Tampoco podemos rastrear las señales ni los guiños cómplices del Misterio, que llamamos Dios, al margen de la historia y de los cuerpos más vulnerados, donde está empeñado en revelársenos. La espiritualidad no es una terapia anti-estress, sino que nos ubica en un horizonte habitado por un Dios solidario con las víctimas desde donde emerge una resistencia y una esperanza insólita. 

Por eso en tiempos de pandemia y cada día necesitamos no sólo inspirar y expirar, sino también conspirar: fortalecer tramas comunitarias de resistencia y de compromiso con la ecojusticia. Porque «donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre allí estoy yo (Mt 18,20).

Pero quizás es necesario recordar que «en mi nombre» no se refiere a la “la etiqueta o lo símbolos católicos”, sino a quienes se identifican con los valores evangélicos, sea cual sea su credo religioso. El Reino está siempre más allá de la Iglesia y su misión no es anunciarse a sí misma, sino «ser sacramento de salvación para el mundo» (LG  48, 9). Por eso la Iglesia, si es de Jesús, ha de ser forzosamente en salida y no en repliegue, máxime en tiempos de crisis. 

Las tramas comunitarias son hoy por eso más que nunca sacramentos de la esperanza que nutren y sostienen las de muchas gentes:  no ser invisibles, no ser desahuciado, tener comida y material escolar para los hijos, no perder el trabajo, no estar solo, etc. Esperanzas, muchas de las cuales pasan por la materialidad de la vida y remiten a compromiso con «las tres t», que nos recuerda el papa Francisco: «Techo, tierra, trabajo«.

Las tramas comunitarias son también signo de que otro mundo está siendo posible en medio de esta crisis, como señala la ecofeminista Yolanda Sáez , son ese lugar en los que las sumas de nuestras derrotas se convierten en esperanza por el hecho de estar juntos y donde la suma de nuestras oscuridades se convierte en luz para estar en conexión y atravesar la incertidumbre.

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