Al hamdu li’llah

pag12_hayvida1.jpgDe las pocas palabras que conozco en árabe, esta es una de las que he aprendido de mis amigos y amigas musulmanas. La repiten casi a diario en contextos de preocupación, en contextos de alegría y, sobre todo, cuando rezamos juntos y juntas algunos miércoles por la noche. Me impresiona el respeto y la confianza con que lo hacen. Quizá por eso el miércoles es mi día preferido de la semana: porque a las ocho y media de la noche, en Zurita 5, gentes de distintas religiones y creencias nos sentimos convocadas –utilizo el femenino por referirme al genérico “persona” en todo el artículo– a orar juntas. La mayoría somos compañeras de sueños y luchas en la supervivencia cotidiana y un día descubrimos que nada nos ayudaba tanto como compartir nuestras motivaciones más hondas. Así, desde el diálogo de la vida, surgió este espacio de interespiritualidad orante.

Nuestros credos no son un inconveniente sino una oportunidad. Nuestras espiritualidades no nos alejan sino que nos hacen converger, pues no sentimos atraídas y movilizadas internamente por un mismo impulso en la búsqueda del amor y la justicia, aunque nuestras tradiciones sean diferentes. Sentimos que ese impulso nos empuja a salir del individualismo y a tejer comunidad desde la diversidad y aviva en nosotras el anhelo de un mundo en el que quepan muchos mundos y donde todos los seres tengamos un espacio de dignidad para vivir.

Por eso nos gusta empezar nuestros encuentros invocando a Ar Raffat, el Dios que nos da el sustento y que es el nombre número 17 que el islam da a Dios. Nos gusta reconocer juntas que hay un sustento físico y un sustento espiritual, que cada creación es por sí misma un tesoro y que somos invitadas, desde este Dios, a encontrar los elementos de sustento en todas las cosas y a sostenernos unas en otras. Por eso experimentamos juntas, como Pablo de Tarso en el Areópago de Atenas ante la filósofa Dámaris, que en este Dios somos, nos movemos y existimos (Act 17,28) y que todos los seres humanos estamos llamados a coincidir (Al-Jame, el que nos hace coincidir, es el nombre 87que el islam da a Dios).

Otras veces iniciamos nuestra oración invocando juntas a Al Wakil, al Dios todocuidadoso, (nombre 52 de Dios según el islam) que se nos revela también en la tradición del profeta Isaías y nos hace experimentar que somos valiosas para Dios, porque que nos lleva a cuestas desde que nacimos y, siendo el primero, está con los últimos (Isaías 41,43). Este Dios es aquel cuya entraña es cuidado y ternura y que en el profeta Jesús nos urge a no estar agobiadas ni apuradas sino a vivir en actitud confiada, pues, si buscamos el reino de Dios y su justicia, lo demás se nos dará por añadidura (Mateo 6).

También reconocemos al Dios que nos convoca como Al Muid (nombre 59): “El Regenerador“. El Dios terco en su convencimiento de que toda realidad es transformable y que en Jesús de Nazaret nos urge a ir por la vida sin violencias, apostando paciente y tercamente por lo procesual. Es decir, sin pretender arrancar la cizaña que crece con el trigo en un mismo campo (Mt13, 24-30) y sin apagar el pábilo vacilante ni quebrar la caña cascada (Is 40,13-31), porque el Reino de Dios se parece más a una semilla que pide nuestro cuidado que a las grandes plantas de plástico que se lucen en los halls de algunos obispados (Mt 40, 13-31).

En estos encuentros rescatamos también tradiciones históricamente invisibilizadas en nuestras religiones o desplazadas a sus márgenes casi hasta caer en el olvido, como las de los sufíes y las místicas, que se hacen también nuestros compañeros y compañeras de camino.

Con Yunus Emre oramos:

“Con las montañas y las piedras te llamaré, Amor, a ti.
Con los pájaros al alba, te llamaré, Amor, a ti.
En el cielo con Jesucristo, con Moisés en el Sinaí.
Con la vara entre las manos te llamaré, Amor, a ti.
Con Job lleno de penas, con Jacob llenos de lágrimas.
Con quienes aman a Mahoma, te llamaré, Amor a ti.
Con quienes aman la justicia y los pies descalzos
te llamaré, Amor, a ti».

Al hilo de este salmo vamos incorporando nuestros deseos más hondos o nombrando situaciones con las que nos queremos comprometer y para las que necesitamos la fuerza y la energía de Dios. Vamos presentando el juicio o la detención injusta de algún compañero, las familias que a miles de kilómetros nos apoyan y esperan, la alegría de haber sido seleccionados para hacer algún cursos de formación, la obtención de “papeles” o de algún “curre”, el amor que rompe fronteras, la suerte de saber que no estamos solas, sino que somos familia, “comunidad extensa”.

Las voces de las beguinas, entre ellas las de Hadewijch de Amberes, una de nuestras preferidas, nos sostienen y acompañan también en nuestra “cita de los miércoles”. Siguiendo sus palabras en El lenguaje de deseo, nos abrimos “al más puro y noble amor”, convencidas de que “quienes no se arriesguen a los dulces extravíos en la Escuela del amor los ignorará para siempre, porque Amor exige al amor más de lo que la inteligencia entiende”.

pag12_hayvida2.pngAsí entre plegaria y “compartires” vamos llegando al “clímax” de nuestra oración y, al ritmo de Macaco en Somos uno o de Jorge Drexler con “yo soy un moro judío que vive con los cristianos, no sé que Dios es el mío, ni cuáles son mis hermanos”, extendemos el mantel para compartir la mesa. El cuscús, la pizza, el chebuyen y el arroz chaufa con plátano frito son algunas expresiones del “Ágape del mundo”, el que nos nutre y sostiene en las luchas y las esperanzas de cada día y nos hace tomar las calles, apoyadas en la fuerza de lo colectivo, para exigir otra economía posible centrada en las personas y no en el capital ni en lo intereses financieros.

Al hamdu li’llah, Diosito, Abba, Dios-Madre… Porque te ha parecido bien ocultar estas cosas a las sabias y poderosas y revelárselas a las gentes sencillas (Mt 13,25). Al hamdu li’llah.

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