“¡Demasiado veraz!” fue lo que la tradición nos relata que dijo el papa Inocencio X cuando vio el retrato que de él había hecho Velázquez. Ahora, con motivo de los 7 años de la elección de Francisco, repasamos cómo narra la cultura actual la figura del cabeza de la Iglesia y el submundo vaticano. Una narración “demasiado humana” donde la épica deja paso a las contradicciones de personas encerradas entre dos tiempos y dos mundos.

El retrato del papado, con más o menos hagiografía de por medio, siempre ha fascinado a artistas de todos los tiempos. El misterio y el poder reflejados en una persona, el obispo de Roma, así como los secretos que se saben o se le suponen al Vaticano han sido una fuente de inspiración constante. Más allá de los encargos artísticos que llenan las paredes de las galerías de arte y de los museos del pequeño Estado a las orillas del Tíber, son los muros físicos y espirituales de esas escasas 44 hectáreas habitadas por apenas 800 personas los que han despertado la imaginación de los creadores hasta cargarlos de metáforas sobre la vida, la vocación o la acumulación del poder.

Hoy esta narración ya no se centra en los retratos pictóricos con olor de santidad del Renacimiento ni tan siquiera en las ficciones épicas como ‘Las sandalias del pescador’ que protagonizaron buena parte de la filmografía del pasado siglo XX. Ahora la forma de narrar la figura del papado, en una quizá inesperada vuelta a Velázquez y su retrato de Inocencio X, se acerca mucho más al retrato psicológico. Se aleja de lo divino y se acerca a personas vulnerables cargadas con las mismas dudas, contradicciones y miedos que el resto de la humanidad. Un retrato ante el que, una vez más, desde dentro del Vaticano habrá quien musite aquello que dijera el papa Pamphili al ver la obra del pintor sevillano: “Troppo vero!”

La risa como estrategia

Un par de años antes de la renuncia de Benedicto XVI al papado y casi de forma profética (quién sabe si como profecía autocumplida) se estrenaba la comedia italiana ‘Habemus Papam’. En ella, Nanni Moretti, reflejaba en clave de humor tierno todo lo relacionado con el cónclave para la elección de un nuevo papa y las situaciones que se generan a raíz de la inesperada designación del sucesor de Pedro. Cuando el cardenal Melville, contra todo pronóstico, es elegido sufre una crisis de ansiedad que le impide, en el mismo instante del anuncio público, salir al balcón para saludar a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro. Tal es su ataque de pánico que los cardenales toman la decisión de dejar entrar a un psicólogo para que intente “arreglarle” antes de que la opinión pública empiece a sospechar.

En ‘Habemus Papam’ vemos a un pontífice profundamente humano sumido en una depresión y en una crisis de fe. No hay rastro de divinidad ni de ese olor a santidad del que hablábamos antes. Solo personas encerradas en un mundo desconectado del tiempo y de la realidad. Como acaba siendo casi un tópico del género, el papa se escapa de incógnito del Vaticano y se dedica a pasear por Roma e ir al teatro. La libertad frente a la vocación no elegida. La responsabilidad frente la pequeñez.

El humor sirve a Moretti para intentar atravesar esos muros hechos de tradiciones y misterio y regalarle al espectador una realidad profundamente mundana y tierna. Resulta inolvidable la escena en la que el psicólogo, ante la ausencia del papa y debido a la ley que prohíbe a los cardenales abandonar el Vaticano hasta que no haya anuncio público papal, decide organizar un torneo internacional de volleyball entre los purpurados. Puro absurdo para mostrar otros absurdos.

Entre la ficción y la realidad

Es difícil negar que uno de los motivos que nos llevaron a pensar en la pertinencia de este reportaje es el reciente estreno en la plataforma Netflix de la película de Fernando Meirelles ‘Los dos papas’. El director de ‘Ciudad de Dios’ nos regala un poco habitual relato de una situación que, de por sí, es poco habitual: La renuncia al papado de Benedicto XVI y la posterior elección de Francisco. Lo hace a través de un diálogo a lo largo de varios momentos entre los dos protagonistas.

La película señala, como amenazan tantos filmes de sobremesa, que está “inspirada en hechos reales” y así lo ha defendido su creador a lo largo de varias presentaciones. Cada diálogo, dice, está extraído de distintas entrevistas, textos o alocuciones de los personajes en distintos momentos y se sabe que en varias ocasiones tuvieron conversaciones previas a los sucesos que todos conocemos. Sin duda la película tiene una intención y la defensa de Francisco y sus postulados es clara, pero eso no le quita interés a este reflejo de las aspiraciones y la visión del mundo de dos hombres llamados a liderar una de las organizaciones con más seguidores de todo el planeta.

En este juego entre ficción y realidad destacan las interpretaciones (y las caracterizaciones) de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce como Benedicto XVI y Francisco respectivamente. Llegan a fundirse tanto con los representados que por momentos se diría que estamos viendo un documental y no una historia real ficcionada. Una historia real que de lo que habla, en el fondo, no es de los manidos juegos de poder vaticanos ni de tramas de corrupción, aunque se mencionen. Una historia que habla, ni más ni menos, que de Joshep y Jorge Mario, dos personas mayores frente a una responsabilidad tremenda.

Brutal esperpento necesario

En este repaso por la forma de narrar el papado y sus intrigas que tiene la cultura popular actual no podía faltar esa locura sorrentiniana que es ‘The Young Pope’ y su reciente secuela ‘The New Pope’. Lo dejamos para el final como se deja uno en el plato eso de lo que quiere disfrutar cuando ya se ha alimentado con todo lo demás. Sin duda es la joya del relato papal actual. La forma más brillante de unir las virtudes de todas las otras. Un golpe en las entrañas que, entre escenas cercanas al surrealismo, no deja un solo palo por tocar.

En esta serie breve de Paolo Sorrentino emitida por la plataforma HBO juegan también con el momento de un nuevo cónclave (hay que ver lo que nos gusta un misterio) del que sale un papa completamente inesperado y atípico. Interpretado por un Jude Law en estado de gracia, el papa guapísimo y jovencísimo que resulta elegido no acaba siendo la marioneta manipulable que las camarillas vaticanas esperan que sea. Desde un primer momento se muestra autoritario y ultraconservador hasta extremos no ya preconciliares sino tridentinos. Recupera la misa en latín y de espaldas, se niega a ser visto en público porque “solo Dios es importante”, quiere expulsar a todos los homosexuales del clero, prohibir totalmente el aborto… y fumar en las estancias papales.

La serie, más allá del retrato de un papa cruel pero misteriosamente atractivo, habla de la humanidad de una colección maravillosa de personajes secundarios (el cardenal Secretario de Estado Angelo Voiello probablemente sea de los mejores personajes de las últimas décadas) y de la del propio papa Pío XIII, un desubicado Lenny Belardo cargado de traumas de infancia. Todo ello rodeado de la estética cercana al esperpento y la belleza extraña a la que nos tiene acostumbrados el realizador italiano.

‘The Young Pope’ y su secuela ‘The New Pope’, utilizan un humor incómodo, ponen espejos en lugares no deseados de las entrañas del Vaticano, humanizan “demasiado” a personajes habitualmente endiosados, pero lo hacen todo desde un profundo respeto y conocimiento. Para sorpresa de muchos, es una serie seguida con interés por los habitantes de la pequeña ciudad Estado y fue valorada incluso en un artículo de L’Osservatore Romano. Al espectador con algo de conocimientos, o con vivencias de fe, no se le escapa la profunda documentación de la serie y la forma tan honesta de acercarse a determinados recovecos del alma del creyente.

Aunque sea con humor, surrealismo y una trama tal vez disparatada pero verosimil que sirve nada más que de excusa, la serie habla de la vocación, habla de fe, habla del sentido de la santidad, habla del sentido del propio sacerdocio y las dudas constantes de hombres que tienen un terror total a amar. A través de un papa que confiesa no creer en Dios pero al que Dios sorprendentemente escucha, se deslizan diálogos brillantes que lanzan bofetadas de realidad cargadas de un cariño crudo. “Las personas solo maduran cuando se hacen padres, por eso los curas nunca maduramos, porque somos eternamente hijos”, “amo a Dios porque me es aterrador amar a los hombres”, “soy cobarde e infeliz, como todos los sacerdotes”, “la ausencia es presencia”. Dan ganas de dar a la pausa casi con cada escena y pensar un rato. Es la serie que regalaría a cualquier amigo que se quiera ordenar. Imposible no pensar en sacerdotes conocidos y las ganas de comentar con ellos esta y la otra escena.

Una ficción en fin, y ya hacía tiempo, que te obliga a pensar y a cuestionar realidades que vienen muy de lo profundo. Un espejo deformado, como los que usara Valle-Inclán en ‘Luces de bohemia’, que muestra de forma infinitamente más clara que otras producciones supuestamente realistas la realidad de la Iglesia de hoy y sus protagonistas. Al final las intrigas son tan mundanas… Queda tan poco misterio… Véanla, en serio. No quiero contarles más.

Signo de los tiempos

Quizá el hecho de que el mundo del arte y la cultura se haya atrevido a desacralizar una realidad que le sigue fascinando como objeto de inspiración es un signo claro de los tiempos. Un signo que habla de la necesidad de ver una Iglesia más humana, más cercana al día a día, más cotidiana también en sus sombras y sus miserias humanas. Aunque ese abandonar las ausencias vaya en contra de las tesis del ficticio papa Pio XIII y del propio misterio de los muy reales muros vaticanos. Al final lo que mueve el corazón de la humanidad, desde tiempos inmemoriales, son las historias de amor. Quizá se trate de ir por ahí.