Felipe Zegarra

El Sínodo de la Panamazonía ha sido el undécimo Sínodo Especial[1], para un territorio cuya situación afecta al conjunto de la humanidad y la tierra, pues en él se ha concretado un problema planetario: la crisis del calentamiento global. A la Laudato si´ (2015) siguió la iniciativa del Papa y su visita a Puerto Maldonado (Perú, enero 2018).

La Panamazonía es un espacio muy amplio, de 7.800.000 kms2; abarca ocho países y la Guyana francesa. Se caracteriza, aun hoy, por una inmensa biodiversidad: es uno de los dos mayores “pulmones” de la tierra y la principal fuente de agua. Es también la segunda área más vulnerable del mundo; desde el s. XVI se mostró allí una enorme codicia por la tierra, mediante un modelo económico depredador, hoy fruto del paradigma tecnocrático, cuyas muestras mayores son la extractividad ilimitada y predatoria, la minería a gran escala e ilegal, una inmensa deforestación, grandes proyectos de infraestructura y la extinción de numerosas especies y de miles de habitantes.

Viven en la región 33.600.000 personas, de gran diversidad cultural: Pueblos originarios, afro-americanos, quilombolas (descendientes de esclavos que hoy viven aislados), habitantes de periferias urbanas, campesinos, ribereños y caucheros. Hay unas 4.000 comunidades de pueblos originarios, de 390 etnias, con 3.000.000 de personas, incluso Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario y Pueblos Indígenas en Contacto Inicial.

El Sínodo ha tenido intensa preparación. Han participado 87.000 personas del 40% de los pueblos originarios en 45 eventos distintos. Y ¡el Sínodo prosigue!: el Documento Finan anuncia un período post-sinodal: un proceso de recepción y concreción en la práctica.

Para muchos, el Sínodo es un suceso difícil de entender, como pasó con el Concilio Vaticano II. Desde nuestros horizontes geográficos y mentales, marcados por la colonización, hay una oposición previa que aún dura y ha llegado a extremos –como hablar de “herejías” del Papa-. Las dificultades se han dado aún entre los Padres Sinodales, como se ve en los votos de oposición, todos minoritarios, en especial sobre los temas de los capítulos III (cultura) y V (ministerios).

En el fondo hay una teología no asimilada: El documento final afirma que hay “una sola historia”, como se hizo en el Concilio. E insisten en la “promoción humana” como aspecto de la misión eclesial; ésta se basa en los derechos humanos y en la Doctrina Social de la Iglesia, o sea, en la teología y en la Revelación: la encarnación y vida de Jesús, la Buena Noticia, la voluntad de Dios (los seres humanos creados a su “imagen y semejanza”) y la acción universal y permanente del Espíritu de Dios. Por eso el Documento Final se centra en un llamado a una honda conversión: integral, pastoral, cultural, ecológica y espiritual (son los títulos y temas de los cinco capítulos).

El espacio me mueve a atenerme a lo esencial.

Los pueblos indígenas siguen el “buen vivir” y el “buen hacer”; como dice Francisco, “todo está conectado”. Su visión de la realidad es integral, y difiere del pensamiento occidental. Para ellos, la vida circula entre los seres humanos, el agua, el aire puro, los animales y los vegetales -que son fuentes de alimentos, medicinas y vestimentas-. Al “sistema” actual oponen el cuidado de la casa común y de la vida. Defienden su derecho a la libre determinación, la demarcación territorial y la consulta previa, libre e informada. De ellos podemos aprender a repensar nuestros hábitos suntuarios y adoptar estilos de vidas más sobrios y sostenibles.

Se quiere “iglesias particulares autóctonas”, que encarnen el Evangelio en las varias culturas. Se busca una “Iglesia con rostro indígena” (así dijo el Papa en Puerto Maldonado). Pobladores amazónicos, históricamente maltratados, se van convirtiendo en sujetos, y la Iglesia quiere ser aliada de su protagonismo. La “pastoral indígena y de la tierra” tiene que evidenciar la opción preferencial por ellos.

El Sínodo desea una Iglesia samaritana, atenta a escuchar, dialogar y acompañar; una Iglesia no clerical y servidora, que proclame a Jesucristo y la Buena Nueva del Reino y viva una espiritualidad en “escucha de la Palabra de Dios y el grito de su pueblo”. Se reitera que en la Amazonía hay “semillas de la Palabra” en la piedad popular y sus creencias. Como en la Iglesia existen 23 ritos diferentes, se pide liturgias que respondan a las culturas, y una Comisión para elaborar un rito amazónico.

La Iglesia, Pueblo de Dios, debe vivir la sinodalidad, ir juntos por nuevos caminos, con la guía del Espíritu de Dios, cuya riqueza se muestra en las múltiples culturas. Él posibilita el discernimiento indispensable.  

Una Iglesia sinodal requiere ministerios, asambleas y consejos pastorales con la participación de laicas y laicos. Se demanda la Cura Pastoral rotativa de no-sacerdotes, y el acceso de pobladores originarios al lectorado y diaconado permanente. Asimismo, como según el Concilio participar en la eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana, se postula el derecho de cada comunidad a la celebración eucarística; sin oposición al celibato, se pide al Papa la ordenación sacerdotal de “varones probados”, con formación adecuada (41 opositores vs. 128).

Se reconoce la presencia femenina y de las religiosas en la Iglesia y sus organismos: son mujeres llenas de espíritu evangélico, con un notorio liderazgo. Se subraya el papel de los jóvenes, que quieren ser protagonistas y profetas de esperanza; para ellos se plantea una pastoral de acompañamiento y educación apropiada y con espacios creativos.

Si bien las relaciones con otras iglesias no son fáciles, se pide diálogo ecuménico e interreligioso, sobre todo con las religiones indígenas y cultos afrodescendientes, basado en la Palabra de Dios.

Se quiere una Iglesia activa y sencilla, donde todas y todos caminen juntos.


[1] Ha habido antes diez sínodos especiales, cuatro de ellos regionales: Países Bajos, Líbano, Tierra Santa.