Por Ludovica Eugenio / Adista (Traducción de Carlos F. Barberá)

Basta con los juicios inicuos -que no respetan las normas de los derechos humanos ni reflejan los valores evangélicos de justicia, verdad, integridad y misericordia- contra teólogos y escritores católicos cuyas posiciones, que no gustan a algunos, son denunciadas al Vaticano y se encuentran juzgados por un organismo, la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cdf), que actúa al mismo tiempo como órgano de investigación, fiscal y juez.

Quince de entre los más conocidos teólogos, escritores y activistas católicos que en las últimas décadas han sido sometidos a una investigación por el ex Santo Oficio (incluyendo dos obispos) han unido sus fuerzas en nombre de la justicia «justa» para escribir una carta al dicasterio vaticano que aterrizó en el escritorio del papa Francisco y del prefecto de la Cdf, cardenal Gerhard Ludwig Müller, a finales de febrero pero que fue publicada sólo horas antes, primero gracias al semanario National Catholic Reporter (19/4) y luego a los promotores mismos que la publicaron en internet.

[quote_right]»La Iglesia requiere unidad de doctrina y práctica, pero esto no impide diferentes maneras de interpretar ciertos aspectos de la doctrina»[/quote_right]

Los quince firmantes, muy conocidos, reunidos a iniciativa del padre Tony Flannery -sacerdote irlandés,  él mismo víctima de la Cdf por sus campañas a favor de una reforma de la Iglesia en materia de moral sexual-; del historiador australiano Paul Collins; del teólogo Charles Curran; de la hermana Jeannine Gramick, en otro tiempo bajo investigación por su ministerio con personas  homosexuales; de la teóloga Elizabeth A. Johnson; de la benedictina española Teresa Forcades; del obispo monseñor Bill Morris, culpable de defender la hipótesis del sacerdocio femenino; del activista padre Roy Bourgeois, excomulgado por participar en una ordenación femenina.

 

Bajo acusación, la falta de transparencia, la impropiedad de los procedimientos, el conflicto de las diversos funciones, la violencia psicológica que ocurre en los procesos contra teólogos y escritores bajo investigación: «¿Se puede puede obtener  justicia -ha afirmado Paul Collins en la web tonyflannery.com, que el 20 de abril  ha publicado el documento– de un organismo que actúa como juez, investigador, fiscal, jurado y que impone la pena? Y si después se va a la apelación, son las  mismas personas las que la reciben”. No hay detalles sobre la identidad de los acusadores, no hay presunción de inocencia, a menudo ninguna oportunidad de defenderse en persona. De aquí nació la carta de denuncia y de propuesta, que pide un nuevo enfoque, respetuoso con los derechos humanos, con la libertad de expresión, el pluralismo y la transparencia. Y con una participación más amplia de la comunidad cristiana: «Con los dos últimos papas, como la Iglesia se hizo cada vez más centralizada,» explica Tony Flannery- el magisterio se identificó con el Vaticano o, más específicamente, con la curia y, en particular, con el organismo más importante de la curia, la Congregación para la Doctrina de la Fe”.

SONY DSCPero un concepto más antiguo, central en el Concilio Vaticano II, destaca una posición más compleja, más amplia, en lo que constituye el magisterio: “Consiste en el Vaticano, los obispos de la Iglesia universal, en el conjunto de los  teólogos y, lo más importante, en el sensus fidelium, el sentido común de los fieles católicos. El Concilio llega a decir que una doctrina no puede considerarse definitiva si no es aceptada por el consenso de los fieles. Este es el tipo de teología que tratamos de transmitir a la Cdf”. Hasta ahora la única respuesta llegada a Flannery es una copia de una publicación de la Cdf de 2015 titulada Promoción y salvaguardia de la fe, enviada por el secretario del dicasterio Vaticano, monseñor Luis Francisco Ladaría Ferrer a su superior, con el ruego de pasarla a Tony. «Si los procedimientos descritos en la publicación no están a la altura de los requisitos de un trato justo de las personas acusadas –se lee en la web de Tony Flannery – está claro que la experiencia de los quince firmantes indica que en estos casos la Cdf ni siquiera los ha seguido adecuadamente”.

El papa Francisco, sigue Flannery, «ha dicho que la doctrina cristiana no es un sistema cerrado incapaz de generar demandas, inquietudes, interrogantes, sino que está viva, sabe inquietar, animar. No tiene un rostro, tiene un cuerpo que se mueve y se desarrolla » (a los obispos y laicos italianos, el 7 de noviembre de 2015). En su reciente exhortación apostólica Amoris Laetitia también ha dicho: «No todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben resolverse con intervenciones del magisterio. Por supuesto, la Iglesia requiere una unidad de doctrina y práctica, pero esto no impide que haya diferentes maneras de interpretar ciertos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ellos. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos haga llegar a la verdad completa». Nuestra experiencia nos dice que la Congregación tiene un largo camino por recorrer para cumplir con las expectativas del papa y su apelación a un mejor enfoque en las decisiones relativas a asuntos doctrinales.

A continuación, el texto completo de la carta.

Un nuevo proceso para la Iglesia y la Congregación para la Doctrina de la Fe

“Debe estar presente aquel contra quien se hace la investigación, a menos que sea en rebeldía. Que se le expongan los términos a que se refiere la investigación, para que pueda defenderse. Tiene que saber los cargos presentados contra él y también los nombres de los testigos, para que sepa de qué se le acusa y por quién” (Cuarto Concilio de Letrán, 1215).

Introducción

Hoy hay un amplio consenso en la Iglesia sobre el hecho de que los procesos y procedimientos de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cdf) se oponen a la justicia natural y tienen necesidad de una reforma. Representan los principios jurídicos, procesos y pensamientos del absolutismo europeo de los siglos XVI y XVII.

No reflejan los valores evangélicos de justicia, verdad, integridad y piedad que la Iglesia profesa creer. No son adecuados a los conceptos contemporáneos sobre los derechos humanos, rendición de cuentas y transparencia que el mundo espera de la comunidad cristiana y que la Iglesia católica requiere de las organizaciones seculares. El objetivo del nuevo enfoque que proponemos es reflejar la actitud de Jesús (Mt 18, 15-17) e integrar los valores que el mundo considera básicos en una sociedad que funcione y sea civil.

[quote_right]Se debe evitar que en los procesos las mismas personas desempeñen el papel de investigadores, ministerio público y jueces[/quote_right]

En la base de cualquier procedimiento de la Iglesia debe haber una serie de principios que constituyan un juicio justo y equitativo, credibilidad para la Cdf y las conferencias episcopales, presunción de sinceridad, de inocencia y de fidelidad a la Iglesia por parte de la persona investigada, así como transparencia y una participación más amplia de la comunidad católica local y del Sínodo de los obispos, que representa a la Iglesia universal. Un proceso que provenga de estos principios podría evitar algunos de los aspectos más negativos de las investigaciones actuales de la Cdf, tal como fueron vividos por los firmantes y por otras personas que han tenido que ver con la FCdf en los últimos decenios.

1) El principio fundamental debe ser el de evitar las denuncias anónimas o por personas desconocidas a los que se investiga. Mencionándolos públicamente se bloquearían denuncias insustanciales lanzadas por individuos u organizaciones a menudo totalmente incompetentes.

2) Lo mismo se aplica a los consultores de la Cdf nombrados en secreto. Los consultores deben ser conocidos y debe evaluarse su calificación o competencia en las áreas en cuestión. Esto posibilita a la persona objeto de investigación  conocer los prejuicios, la experiencia y capacitación de cada uno de los consejeros nombrados por la Cdf.

3) La cuestión de la obligación de secreto y aislamiento, a menudo insostenible para las personas objeto de investigación, debe ser superada al exigir que la Cdf trate directa y personalmente con ellas. Nunca más deben ser tratadas a través de una persona interpuesta, una  tercera, una cuarta o a través de una red de obispos o superiores que, incluso, pueden haber sido los principales acusadores de la persona bajo investigación.

4) Las personas objeto de encuesta a menudo detectan cómo sus obras se han interpretado por los consultores de la Cdf de manera errónea o injusta o cómo frases u opiniones han sido totalmente extrapoladas del contexto y cómo las explicaciones que se han presentado han sido completamente ignoradas. Consultores de los que nunca se ha oído hablar o totalmente desconocidos se convierten en los árbitros exclusivos de la interpretación correcta de su trabajo. Incluso se les atribuyen opiniones que no tienen. La participación de las personas bajo investigación y su defensa en cierta medida evita todo esto. Y garantiza que los asesores, cuya única experiencia es la de las escuelas romanas de teología con su énfasis en posiciones doctrinales con enfoques proposicionales, sean cuestionados y no sean aceptados como normativos por quienes trabajan en el umbral de las fronteras teológicas y ministeriales.

5) Las personas investigadas a menudo se han quejado de la rudeza y de la falta de  la buena educación más elemental (por no hablar de la caridad cristiana) del personal de la Cdf. Las cartas son ignoradas o se pierden. Los procesos se alargan mucho tiempo en un esfuerzo por desgastar la resistencia de los investigados. Se los pone bajo investigación y se los obliga a responder a acusaciones a menudo estúpidas, incluso a  personas muy enfermas o cercanas a la muerte. Límites temporales más estrictos y una comunicación personal y realizada de visu evitaría todo esto. El soporte disponible para la defensa, el conocimiento de toda la documentación y de los nombres de los acusadores y todo el personal involucrado revelados a la comunidad católica y a los medios de comunicación aportarán, en cierta medida, una credibilidad que en estos momentos está totalmente ausente en los procesos de la FCD.

6) Se debe evitar que en los procesos las mismas personas desempeñen el papel de investigadores, ministerio público y jueces. Reportar los casos en curso al Sínodo de obispos hace que el proceso decisional se sustraiga  a la Cdf y reubica las posiciones bajo consideración dentro del contexto cultural más amplio en el que se elaboraron originariamente.

7) La comunidad más amplia de los teólogos, del pueblo de Dios y el sensum fidelium están involucrados en el discernimiento de la fe y la creencia de la Iglesia. La Cdf y sus consejeros en Roma no deberían ser los únicos árbitros de la doctrina correcta y de la fe.

8) El proceso debe dejar de caracterizarse por presunciones absolutistas de un sistema legal obsoleto que nada tiene que ver con el Evangelio. El proceso será dulcificado por la misericordia y el perdón de Dios y por el diálogo abierto que debe caracterizar a la comunidad de Jesús. Eso integra en parte el énfasis contemporáneo en los derechos humanos y la necesidad de la libertad de expresión, del pluralismo, de la transparencia y la credibilidad dentro de la comunidad eclesial.

Paul Collins, escritor y columnista, Australia.

Charles Curran, profesor, Universidad metodista,  EEUU.

Roy Bourgeois, sacerdote y activista, EEUU.

P. Brian D’arcy, escritor y columnista, Irlanda

P. Tony Flannery, escritor y columnista.

Hna. Teresa Forcades, monja benedictina y médico, España.

Hna. Jeannine Gramick, monja de Loreto, cofundadora de New Ways Ministry, EEUU.

Hna. Elizabeth A. Johnson, profesora de teología, Universidad de Fordham, Nueva York, EEUU.

Paul Knitter, profesor emérito de teología, religiones y culturas del mundo. Union Theological Seminary, Nueva York, EEUU.

P. Gerard Moloney, director de un periódico, Irlanda.

Mons. William Morris, obispo emérito de Toowoomba, Australia.

P. Ignatius O’Donovan, historiador de la Iglesia, Irlanda.

P. Owen O’Sullivan, capellán y escritor, Irlanda.

Mons. Patrick Power, obispo auxiliar emérito de Canberra-Goulburn, Australia. Marciano Vidal, ex profesor, Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, España; Profesor de la Academia Alfonsiana, Roma.