Este lunes 30 de septiembre Monseñor Santiago Agrelo participó en la Universidad Pontificia de Comillas en una conferencia con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Acompañado por los jesuitas José Luis Pinilla y Alberto Ares, pronunció la conferencia «Migrantes, paradigma de nuestro tiempo» cuya esencia ha querido compartir con los lectores y lectoras de alandar.

Monseñor Agrelo durante la conferencia en la Universidad Pontificia de Comillas. Foto:

El pasado 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, se hizo pública la Exhortación Apostólica «Christus vivit», del Papa Francisco. En ella hay un breve apartado dedicado a los emigrantes. Ya sé que ese documento jamás será leído en una patera –sería tan impropio como fumar en la misa-. Aun así, nos encontramos con una paradoja asombrosa: esa lectura sólo puede ser significativa para quienes la hagan desde “su pobre barquilla”, desde su patera, desde una vida que se haya enfrentado ya a la dura experiencia de la zozobra.

Me habéis pedido un escrito para la revista, una reflexión al hilo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019. Y pensé en comentar la frase con que comienza la Exhortación: “Vive Cristo, esperanza nuestra”. Consideradas en sí mismas, al margen de circunstancias subjetivas, esas palabras pueden evocar una estrofa que es familiar para quienes cada año celebramos la Eucaristía en la Pascua del Señor: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” Podemos añadir que allí donde la Secuencia litúrgica dice de Cristo resucitado: “mi esperanza”, el saludo apostólico dice: “Cristo Jesús, nuestra esperanza”. De donde se puede razonablemente deducir que, para los cristianos, Cristo, además de ser el camino por el que vamos, es la meta hacia la que caminamos, es la vida que esperamos alcanzar, es el objeto de nuestra esperanza.

Pero algo nos dice que esa esperanza no será posible si el lector, aunque creyente, se hallare “instalado” en el presente, en su bienestar, en su mundo, “en su tierra firme”. No hay lugar para ninguna esperanza tras la engañosa seguridad de nuestros graneros repletos de “bienes para muchos años”, tras el egoísta programa del “túmbate, come, bebe y date a la buena vida”. No hay lugar para ninguna esperanza tras la engañosa seguridad de nuestros fosos, nuestras concertinas, nuestra tecnología, nuestro bienestar, nuestro dinero.

Nada significará el nombre del mesías Jesús para quienes no hayan experimentado la necesidad de ser salvados –de ver, de oír, de caminar, de hablar, de ser sanados… de ser liberados, de saciar el hambre de pan, de justicia, de paz…-. Y nada sería posible –tampoco hallaríamos lugar para la esperanza- si para nosotros el mesías Jesús fuese sólo una figura del pasado, un recuerdo –todo lo entrañable que se quiera-, una nostalgia –aunque fuese nostalgia de lo más hermoso que se pueda imaginar-, uno más entre los muertos: La esperanza no sería posible si Cristo Jesús no hubiese resucitado.

Dicho de otra manera: las palabras del Papa Francisco nada significarán si no las lee un pobre y si ese pobre no las lee con fe.

Cuando decimos: “Vive Cristo, esperanza nuestra”, no miramos atrás sino adelante; no miramos al pasado sino al futuro; no nos encerramos en lo que el hombre ha conocido de sí mismo –la necesidad, la fragilidad, la muerte-, sino que nos abrimos a lo que hemos creído de Dios.

En la patera de nuestra vida la pobreza es lo evidente. Y, para que Cristo Jesús sea el nombre de nuestra esperanza, sólo necesitamos la ayuda de la fe. “Vive Cristo, esperanza nuestra… Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!

No sé cuántos jóvenes cristianos habrán leído en tierra firme esas palabras. No sé qué huella ese pensamiento haya podido dejar en el ánimo de cada uno de ellos. Pero intentaré adivinar lo que las palabras del Papa Francisco podrían significar para cada uno de los 681 migrantes que desaparecieron –perecieron- en el Mediterráneo entre el 1 de enero y el 4 de julio de 2019.

«Pateras despintadas». Autor: Jesús Ortega

Al margen de la fe, las de la Exhortación serían palabras vacías de significado, si no entraban directamente en el género del sarcasmo. Desde la fe, esas palabras se convierten en confesión de una certeza, son afirmación de la vida frente a la amenaza de la muerte, son un grito de victoria frente al poder de los opresores. “¡Él vive y te quiere vivo!”: es una manera de decir que Cristo Jesús está de tu parte y, con Él, tu vida jamás se perderá. “¡Él vive y te quiere vivo!”: Él en tu barca, Él en ti, y tú en Él. Él en tu vida y tú en la suya. Él en tu carne y tú en su espíritu. “Él está en ti, Él está contigo y nunca se va”.

Aunque un cristiano mira siempre al futuro como tiempo de realización plena de lo que ahora esperamos, los verbos de nuestra fe se conjugan necesariamente en tiempo presente, pues es ahora cuando somos pobres, es ahora cuando la barquilla amenaza con hundirse, es ahora la hora de Dios en nuestra vida, es ahora cuando la muerte exhibe su brazo y dobla el nuestro.

Para la fe, incluso los verbos de futuro se conjugan en presente: “Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza”.

Cualquiera entiende que esa letanía de frustraciones que nos hacen viejos aun sin serlo –tristeza, rencores, miedos, dudas, fracasos-, enumera situaciones por las que los emigrantes no pasan una u otra vez sino que parecen instalados en ellas. Alguien habrá de recordar a estos amados de Dios que Cristo vive, y que está siempre con ellos para devolverles la fuerza y la esperanza.

Y eso nadie podrá hacerlo con discursos, fuesen ellos los más hermosos y los más razonados. Eso sólo será posible si Cristo se les hace corporalmente presente en su cuerpo que es la Iglesia, en cada uno de los miembros de ese cuerpo.