Hace un par de años tuve que decidir la temática del Trabajo de Final de Grado de los estudios de Ciencias Religiosas y tenía claro que no quería que ese estudio y reflexión quedaran solamente en algo teórico, sino que, cumpliendo los requisitos formales exigidos pudiera ayudar a personas concretas cristianas y a la Iglesia –aspecto éste harto más difícil– en su autocomprensión como madre, también de hijos e hijas gais, lesbianas, trans, inter, bi, a… , de hijos LGTIB. De ahí surgió “Liberación de la persona. La verdad os hará libres (Jn 8,32)”, accesible en el bloc Tunajifunza. 

por Sergi Bernabeu

Leemos en Jn 8,31-32 que Jesús dijo: “–Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Palabra, verdad y libertad, tres grandes palabras –valga la redundancia–fundamentales para la fe en Jesucristo, para la fe cristiana. Reflexionemos a partir de cuatro ámbitos.

La creación es la obra de Dios, es el escenario en el que se desarrolla la humanidad y nuestra propia vida. Para los cristianos es el mundo y el tiempo, pero también la historia de salvación que Dios nos ofrece. En el momento inicial este escenario “estaba bien” (Gn 1,10.18.21.25). Es más, también la humanidad y a nosotros en nuestra singularidad concreta, se nos define a todos como “muy bien” (Gn 1,31), a todos, también los LGTIB. Mirando el mundo del s. XXI es obvio que ya no está tan bien. La vida de tantos millones de personas –las que viven con menos de 1 dólar al día, por poner un ejemplo así nos lo muestra. ¿Qué ha hecho la humanidad para llegar a este punto? ¿Qué mundo nos han dejado nuestros mayores? ¿Qué les estamos legando a nuestros descendientes? Y si miramos nuestras propias vidas con sinceridad, cada uno la suya, seguro que encontramos manchas que hacen que no estemos tan bien. Recibimos un regalo en condiciones óptimas y nos lo estamos regalando los unos a los otros como “un pongo” –aquel objeto, regalo de compromiso que uno no sabe dónde poner y que habitualmente se re-regala en un futuro compromiso–. Se nos dio una vida que no siempre cuidamos, que no sabemos vivir en plenitud.

Aunque previo, Dios es el segundo punto en el que detenerse. El Dios cristiano es por dogma y por creencia, único, eterno, omnipresente y trinitario: Padre creador, Hijo, salvador y Espíritu Santo, que acompaña y guía. Que se nos revela de forma cercana, amorosa, familiar como “Abba” (Gl 4,6) lejos de lo majestuoso e hierático de otros dioses, pero también a menudo de forma misteriosa e incomprensible. Nos trata como hijos e hijas y por eso podemos dirigirnos a Él como Padre. Nos ama a todos y a todas, también a sus hijos LGTIB, y nos propone amarnos y tratarnos como hermanos. Esa es su palabra y su verdad. 

Tercer punto: la Iglesia, que como don y misterio es sacramento que nos acerca a Dios. Como católica es universal, como apostólica es para la misión. Si miramos nuestra propia historia como creyentes seguro que encontraremos las huellas que hemos seguido, las que nos han guiado –en forma de personas, parroquias, comunidades, organizaciones u otras estructuras–. De igual forma, en nuestro compromiso por el Cristo se nos pide que nosotros seamos también guía para otros. Todo esto es Iglesia. Pero también, como humana y pecadora, fundamentalmente los hombres de la jerarquía la han convertido a lo largo de 2000 años en excesivamente romana, clerical y jerarquizada (así nos lo recuerda la Lumen Gentium en su capítulo 3) pese a haberse autodefinido en el Concilio Vaticano II, en 1964, también como pueblo de Dios (LG capítulo 2). Es papel de la Iglesia amarnos como hijos e hijas, pero en demasiados casos no lo hace así. Infinidad de situaciones habituales nos muestran una imagen más condenadora que misericordiosa, más represora que no acompañante. Algunos la atacan, algunos se apartan, otros intentan vivir desde ella y algunos sueñan en abrir puertas y ventanas para que el Espíritu guíe y ayude en su reforma: El actual curso “Mujeres en la Iglesia” de la Boston College  School of Theology and Ministry seguro que va en esa dirección. Pero ésta, como divina y humana, es la única Iglesia que tenemos.

Y finalmente, la vida del día a día, nuestra propia vida que a menudo no es de color de rosa: problemas, exceso de trabajo para unos y falta para otros, compromisos en demasía, situaciones desfavorables… aparecen como obstáculos para una vida sana, serena y plena. El mundo que hemos heredado y que nosotros mismos ayudamos a mantener presenta un conjunto de cadenas personales, sociales pero también eclesiales que fácilmente nos oprimen, sobre todo si no somos conscientes en un sistema global, en el que prima lo virtual por encima de lo real, y que tiende al capitalismo exagerado, herencia de un europeísmo occidental en decadencia–. La economía de mercado, el consumismo al máximo, las disposiciones laborales, el descrédito de la política, el estado y lo público, el mundo de las apariencias que se incrementado por la tecnología de las pantallas y las redes sociales, el ocultamiento de la muerte y del sufrimiento como partes integrantes de la vida son características de “este escenario”, el mundo. Pero quizás la peor de estas cadenas sea nuestro propio ego, aquel que nos oculta la realidad, que nos hace sentirnos superiores, más condenadores que no misericordiosos hacia los demás.

Con todo ello: el mundo, nuestro Dios, la Iglesia y sus diversas facetas y nuestro día a día particular es con lo que las personas cristianas, también las LGTIB, debemos vivir. El valor dado a la Palabra y a la verdad de Jesucristo, en nuestra sagrada intimidad con Él, será fundamental para la percepción de la realidad y para el tipo de vida –de esclavos o en libertad (Gal 4)– por el que optemos. También en el lugar que pongamos el dinero, la fama, las apariencias, el ego, el “orgullo”, a los demás y a nosotros mismos…. influirá.