Iglesias en proceso conciliar

Este mes de octubre, el papa vuelve a reunir en Roma una sesión más del Sínodo de los Obispos. Esta vez los obispos deben concluir las reflexiones y sugerencias que realizaron en la sesión del año pasado sobre cómo la Iglesia debe comportarse frente a los problemas de la familia y de la ética familiar. En estos mismos días, vuelven a circular por Internet personas y grupos católicos que juntan firmas de adhesión y piden al papa Francisco que convoque un nuevo concilio ecuménico. De hecho, la propuesta de dicho concilio surgió poco después del Vaticano II.

En América Latina, aún en 1968, en Medellín (Colombia) con ocasión de la 2ª Conferencia general del episcopado latinoamericano, algunos obispos expresaron el deseo de preparar a la Iglesia para un nuevo Concilio. Tenían la conciencia de que, hasta para poner en práctica el Vaticano II, la Iglesia necesitaba el clima conciliar que había vivido durante los años del Concilio.

Sin embargo, la propuesta de un nuevo concilio surgió más concretamente en finales de los años 90, desde uno de los sínodos de los Obispos en Roma y con apoyo de obispos y cardenales como Martini (Milán) y Evaristo Arns (São Paulo). Desde un encuentro en los inicios de los años 2000, un grupo cristiano laico fundó una secretaría internacional del movimiento por un nuevo concilio. Desde el principio, sus participantes percibieron que, para ser una nueva primavera de la Iglesia, un nuevo concilio tendría que prepararse con un largo y profundo proceso conciliar desde las bases. Con el pontificado del papa Francisco, aunque con algunas ambigüedades, parece que la Iglesia católica ha superado los años de “vuelta a la gran disciplina”, como el teólogo brasileño João Batista Libânio llamaba a la época del papa Juan Pablo II.

En cambio, la cultura vigente no es aún de una Iglesia sinodal, como red de Iglesias locales y en comunión. Solo donde existen comunidades eclesiales de base se han desarrollado encuentros locales, regionales y nacionales como un proceso sinodal. Las discusiones y reflexiones parten de cada confesión y asumen después una dimensión ecuménica y, posteriormente, interreligiosa. Eso es lo que se llama proceso sinodal. “Sínodo” es un término de origen griego que significa camino hecho en común. En el cristianismo, algunas Iglesias tienen naturaleza y cultura sinodal. El sínodo es la autoridad máxima para esas denominaciones. Así son las Iglesias orientales ortodoxas y, en occidente, las Iglesias evangélicas de tipo congregacional. En 1973, en Salamanca, la Comisión Fe y Constitución, ligada al Consejo Mundial de Iglesias, desarrolló la visión de una Iglesia como “comunidad conciliar”. Esa noción fue retomada por la Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) en Nairobi. Afirmaba: “La Iglesia debe ser vista como una comunidad conciliar de Iglesias locales, ellas mismas auténticamente unidas. En esa comunidad conciliar, cada Iglesia local vive, en comunión con las otras, la plenitud de la catolicidad y es testigo de la misma fe apostólica (…). En la vida de la Iglesia, el hecho de organizarse en sínodo es el reflejo de que creemos en un Dios que es comunión”.

En la Iglesia católica de Roma, siglos después, el Concilio Vaticano II revalorizó la realización de sínodos, tanto en niveles locales y regionales como en el plan mundial. Como cardenal, el papa Francisco fue uno de los coordinadores del más reciente sínodo de las Iglesias latinoamericanas y caribeñas: la conferencia del CELAM en Aparecida (Sao Paulo, Brasil, 2007). Al presentarse como obispo de Roma, el papa revela su intención de insistir más en ese instrumento de diálogo y crecimiento en común.

El actual movimiento por un nuevo Concilio toma una nueva orientación, pues descubre que en la cultura de foros que, actualmente, vivimos ya no tiene sentido restringir todo a un encuentro de obispos, como se acostumbra a considerar a un concilio, incluso ecuménico, en el sentido de ministros de Iglesias cristianas. La misma ONU percibe que la realidad de un mundo dividido pide que se vuelva a la propuesta del pastor Dietrich Bonhoeffer en la Alemania de los años 40: “Un encuentro ecuménico por la justicia, paz y defensa de la creación”, ahora ampliado al ámbito interreligioso y de todas las personas de buena voluntad.

En América Latina, fue un sínodo regional, la 2ª Conferencia del episcopado en Medellín (septiembre de 1968) la que dio a nuestra Iglesia una cara propia y le confirmó su misión. Es posible que un Foro Mundial de las Religiones y Tradiciones Espirituales pueda decir de cada camino espiritual lo que los obispos católicos dijeron en Medellín sobre la Iglesia: “Que en América Latina esté presente cada vez más claramente el rostro de una Iglesia auténticamente pobre y abierta al mundo, valientemente comprometida con la liberación de toda la humanidad y de cada ser humano en su integridad” (Medellín. 5, 15 a).

Marcelo Barros
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