Les cogió por sorpresa. No se esperaban algo así. Aquello les sobresaltó, a pesar de estar acostumbrados a gestos suyos tan inusuales como osados. Aún recordaban cuando, estando en casa de Simón el fariseo, una mujer irrumpió en la estancia donde comían y empezó a llorar a los pies de Jesús. A diferencia de muchos de los presentes, cuyo gesto se torció, Jesús acogió su gesto como sólo él sabía hacer.

Es el mismo sobresalto que experimentaron cuando se sentaba a la mesa con pecadores y prostitutas, escandalizando, hasta acabar siendo la comidilla allá por donde pasaban. Incluso para ellos, había gestos de Jesús que les superaban e incomodaban. ¿De verdad era necesario dejarse tocar por prostitutas? ¿No había otra manera de curar a leprosos o resucitar muertos que no fuera tocándolos? ¿Era imprescindible aliviar implicándose de esa manera?

Pero aquello no fue nada comparado con lo ocurrido aquella noche, durante la cena, cuando lo vieron ponerse a sus pies. No lograban entender la necesidad de tener que pasar por esa situación. ¿De verdad era necesario ponerles en ese apuro? ¿Cómo tenían que reaccionar? Y no les extrañó que Pedro, una vez más, se atreviera de decir en voz alta lo que todos pensaban.

Jesús incomoda. Incomodó a fariseos, letrados, sacerdotes. Incomodó hasta el escándalo. Incomodó, enfadó, violentó al poner en tela de juicio lo asumido por normal y natural. No dejará de asombrar la autenticidad de sus gestos, la humanidad que hay tras ellos. Quizá algo de todo eso fue lo que le hizo insoportable para muchos.

Gestos que irrumpían sin grandes discursos, sólo una palabra directa, clara, definitiva. Gestos que no se escondían tras declaraciones de intenciones ni respondía a buenos propósitos. No era postureo, no había dobles intenciones, ni pretensión de sacar rédito y beneficio personal. Demasiada honestidad. Demasiada integridad. Demasiada humanidad. Tanta que a muchos se les atragantó.

Mientras para unos era causa de alegría y alivio, para otros lo fue de malestar e incomodidad hasta el punto de querer quitárselo de encima, de hacerlo desaparecer.

En Jesús reconocemos un exceso de humanidad. Un exceso que pone en evidencia lo mezquino, lo mediocre, lo comedido, las medias tintas, los cálculos… Un exceso que dinamita las conveniencias, los intereses, las justificaciones… Una persona excesiva, desmedida que dilata el horizonte de las proporciones de lo humano. Y es que, como dice Francisco, “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo” (EG 11)

Su exceso sigue incomodando en nuestras vidas, en nuestras comunidades. Su exceso sigue siendo subversivo en la memoria de la Iglesia que es el Espíritu. La tentación de desactivarlo siempre ha estado ahí como también lo ha estado la presencia de quienes viven excesivamente el Evangelio.