alegría, invluso dando gritos. La reflexión de Ignacio Dinnbier ilustrada por Pepe Montalvá

Ilustración Pepe Montalvá

 

Cuentan que un día Jesús, lleno de alegría, empezó a dar voces, proclamando a los cuatro vientos una bendición al Señor de cielo y tierra, a quien reconocía como su Padre. Y dicen que él mismo fue el primer sorprendido al ver todo lo que estaba pasando, al descubrir que eran justamente los pequeños, los sencillos, los limpios de corazón quienes reconocían aquello que permanecía oculto a sabios y entendidos.

Y cuentan que al encontrarse con una mujer, viuda, indefensa, a la que se le había muerto su único hijo, volvió a sentir aquella inmensa compasión que le conmovía. Contempló a una hija de Israel abocada a la frustración y a la soledad total, rodeada tan solo de los lamentos de quienes no podían hacer nada por ella más que llorar. Jesús no eludirá el dolor que deja indefenso sino que se aproximará a él de tal modo que logrará batirlo en retirada. Quienes lo vieron no pudieron sino reconocer que “¡Dios había visitado a su pueblo!” (Lc 7:17).

El alivio que Jesús estaba ofreciendo se convertía en el nuevo signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Los sencillos, los que no van con mala fe por la vida, supieron entender perfectamente lo que estaba pasando. El Dios de Israel ya no estaba aprisionado en el templo. Dios volvía a caminar con su pueblo como antaño hizo por el desierto. La alegría y la fiesta estaban volviendo con Jesús a la Casa de Israel.

Y es que Jesús estaba viendo cómo el espíritu de vida le hacía cauce de alivio y respiro para quienes ya no podían más, “venid a mí todos los cansados y abatidos que yo os aliviaré” (Mt 11:28). Una y otra vez reconocerá cómo, por medio de su palabra y su gesto, el alivio de Dios llegaba a todos. Pero también reconocerá que eso ponía profundamente nerviosa a la gente de la ley y del templo que había terminado por sacralizar un orden tejido de intereses que llevan al dominio y al tráfico con el dolor de los abatidos. El sector más duro de este sistema religioso está al acecho, vigilante porque el comportamiento de Jesús podía derivar en algo muy peligroso para el orden establecido.

La Ley ya no inspiraba caminos de liberación y fiesta sino que propiciaba sometimiento y esclavitud. En vez de poner en pie, atrofiaba los brazos y paralizaba a la gente. Y Jesús expresará una profunda irritación porque le duele la dureza de corazón de aquellos que han hecho de Dios una propiedad privada y, por ello, se creen con derecho a juzgar y despreciar.

Si la sinagoga es lugar de recuerdo de las gestas liberadoras de Dios para con su pueblo y lugar de reposo festivo para la celebración, los de siempre, la gente de la ley y el templo, han terminado por convertirla en lugar de parálisis y atrofias que incapacitan. Con sus palabras y gestos de alivio, Jesús pondrá en evidencia la maldad de aquellos que desprecian y excluyen. Se la tienen jurada. Irán a por él.