El año 2014 se inició con la triste noticia del fallecimiento de Manuel de Unciti. Éste va a ser el artículo más personal que haya escrito nunca. Iré directamente al grano: el mes pasado, a comienzos de año, se nos murió Manolo, hijo de Unciti el Bueno, que así llamaban a su padre. Han dicho las crónicas de estos días que Manuel de Unciti y Ayerdi fue un sacerdote libre, un misionero incansable, un periodista insobornable, un gran maestro de periodistas. Sin duda, fue todo eso y mucho más. Pero para mí fue un padre. Un cura no tiene hijos. Este cura los tenía. Un par de centenares, nada menos. Y yo fui, soy uno de ellos.

Resulta frustrante escribir cuando otros muchos ya han reflejado lo que tú querías decir. Por eso no repasaré su biografía. Por eso empezaré por el final. Por su muerte. Dijeron igualmente algunas de esas crónicas que Manolo murió solo, arrinconado, en el olvido. No es verdad. Murió en silencio, pero no solo. Tuvo hasta el final el amor continuo de esos cientos de hijos forjados a la lumbre del cariño y el respeto durante décadas de magisterio. Unos hijos a los que nunca obligó la carne ni la genealogía, pero que nunca nos apartamos de su mesa, en la salud, ni de su lecho, en la enfermedad.

La capilla del hospital se llenó de compañeros llegados de distintos puntos de España. Caras de amigos llenas de lágrimas de las que no se improvisan. Con sus mujeres, con quienes él los casó; con hijos e hijas a quienes bautizó y en los que pervive su ejemplo. Una capilla repleta de personas que no venían a mostrar sus condolencias a la familia –que apenas hubo-, sino su desolación al fallecido.

También han escrito algunos cronistas, como Luis Ángel Sanz, que Manolo cambió su vida. De esto sí doy fe. Porque hizo lo mismo con la mía. Viví con él -y con otros quince compañeros- en la Residencia Azorín, durante cinco años. No diré que fueron los mejores, pero sí, con certeza, los más importantes. Fueron, desde luego, años excepcionales para un pardillo recién llegado a la capital desde un pueblo perdido de La Mancha. Ha señalado Eloy García que la primera sensación que conserva de la residencia es el olor a café con leche. Mi primer recuerdo fue una casa cubierta por la hiedra bajo la luz otoñal de una tarde septembrina y un hombre pequeño y vivaz que lijaba la puerta de la calle y que dejaba todo para saludar efusivamente al desconocido recién llegado.

Aquello no era una residencia de estudiantes. O no solo. La formación era lo primero y no bastaba con el periodismo; había que estudiar, además, otra carrera. Pero era también un hogar familiar y, al tiempo, una redacción de periódico. La casa tenía que oler a puchero, solía repetir Manolo. Las tareas domésticas se repartían entre todos, desde encender la caldera de carbón hasta extender el mantillo de estiércol por el jardín. Y todos contribuíamos al fondo común, que no siempre llegaba. Él mismo hacía la compra todos los días. Fui administrador de la residencia y también doy fe del dinero que acababa poniendo con frecuencia de su bolsillo.

Y era como una redacción de periodistas multitarea, de esos que se llevan ahora. Los residentes competíamos en espabilarnos y practicar el oficio; escribíamos en revistas, en periódicos, en la radio… Además, había contacto continuo con antiguos residentes. En su casa y en la nuestra. Compartir conversaciones, experiencias y consejos con auténticos periodistas era otra de las ventajas de que gozábamos.
Había un ambiente de libertad disciplinada y mucho estímulo intelectual. Por allí pasaron, como se ha dicho, muchos hombres y mujeres de relevancia política, social, religiosa o periodística. Acogíamos las reuniones de la Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP), que recibía a grandes figuras a una vez al mes. Y vivimos momentos históricos inolvidables. Se ha recordado estos días el desliz de Fraga con Sidi Ifni. Yo no estaba. Pero sí asistí a la cena con el cardenal Tarancón en la que nos contó –lo repetiré aunque vuelvan a caer rayos sobre mi cabeza- la comida del presidente Suárez en Zarzuela y las pistolas que le pusieron encima de la mesa.

El debate era consustancial a la residencia. Lo primero que preguntaba Manolo al sentarse a comer era: “¿Editoriales de hoy? ¿Cuáles habéis leído? ¿Qué pensáis?”. No teníamos televisión y, así, las tertulias de sobremesa llegaban a veces hasta la madrugada, entre vaso y vaso de whisky. Hablábamos del “pacto de la Corona” para solucionar el problema vasco o del futuro de la humanidad en la nueva cultura de paradigma antropocéntrico. Y al día siguiente, todo el mundo a trabajar o a estudiar. Eran días trepidantes de ordinario.

Las jornadas de Manolo no se acababan nunca: por las mañanas, en Obras Misionales; por la tarde, en el Ya o haciendo la compra; por las noches, escribiendo libros, conferencias, colaboraciones para otros medios. Sólo había una cosa que nunca perdonaba, aunque fuera un cuarto de hora: la siesta. Además, recorría España –y a veces nosotros con él- dando charlas, animando jornadas, enseñando a muchos otros jóvenes, haciendo dialogar el cristianismo con la sociedad de su tiempo. Jamás rechazó una invitación, viniera de donde viniera, si eso suponía aportar su grano de arena. Era parte de su forma de ser cura.

A veces, cogía el coche, nos metía dentro a unos cuantos y nos íbamos “a ver mundo”. Nunca se sabía cuándo volveríamos. Podía ser al cabo de unas horas o de tres días. Parábamos a la vista de una iglesia, un monasterio, unas ruinas, cualquier atisbo artístico que fuera de transición (del románico al gótico, del gótico al plateresco, del renacentista al barroco). Nos encandilaba con sus explicaciones, siempre nuevas y siempre sorprendentes. Como ha dicho Pedro Ontoso, era un hombre sabio. Dormíamos donde encontrábamos cobijo. Generalmente en casa de algún residente, de ese momento o antiguo. Porque también conocía a nuestras familias y se presentaba en cuanto podía en nuestras casas.

Manolo me enseñó a tener espíritu crítico, a buscar más allá de las apariencias, a no transigir ni negociar con la verdad o con la justicia. “La verdad siempre, aunque duela”, decía. Me enseñó a escribir sin pomposidades (“para que lo entiendan vuestras madres”) y sin prepotencias (“no escribas nada sobre alguien que no le puedas decir a la cara”). Me enseñó a ser un hombre libre. Me enseñó que ser cristiano es interesarse por los otros, los próximos y los lejanos. Me enseñó que hay que vivir según la conciencia, le pese a quien le pese. A lo largo de los años, tomé decisiones que no le gustaron; nunca dejó de recordármelo, pero las encajó con respeto. Tengo, además, el dudoso honor de ser el primero –luego, creo, hubo otro- con quien perdió la paciencia durante esas cuatro décadas de residencia. Le dolió el resto de su vida; desde luego, mucho más que a mí.

Dejé la residencia cuando él mismo me mandó a Bruselas a seguir formándome, pero Manolo no se fue nunca de mi vida. Durante todo este tiempo, he podido seguir bebiendo de sus consejos sin par, de su inmensa cultura, de su generosidad a raudales, de su fe adulta, viva, jovial. Tenía todos los defectos que hay que tener para ser persona. Él mismo no admitiría otra cosa. Pero si fue, como se ha dicho, un gran sacerdote, un gran enseñante y un gran periodista, se debe a que fue un gran ser humano, que se ganó con creces al apelativo que antaño le dieron a su padre.
Pasó enfermo y sufriente sus últimos años. No adoptó, sin embargo, la actitud de esas personas que al final de su vida ya solo esperan ver a Dios. Siguió escribiendo, analizando, aconsejando, soñando con una Iglesia y un mundo mejores. Uno de esos días –recordaba Pepiño Lorenzo- dijo que no tenía ninguna prisa por morir. Pero curiosidad, toda. Alguien podría decir que ya la habrá satisfecho. Yo creo que no. Su curiosidad era insaciable. Incluso después de la muerte. Escribí hace unos años en estas páginas, cuando se fue otro gran hombre de Dios, que no estaba enterrado, sino “encielado”. Lo repito. Y hoy, con Manolo allí, en el cielo, la muerte se diría más vida que la vida.