Discusiones, enfrentamientos en época de Jesús y en la actualidad

Ilustración Pepe Montalvá

Las discusiones eran frecuentes. Daba la impresión que cualquier ocasión y excusa era buena para ello. Jesús tuvo que emplearse a fondo con el grupo de discípulos. En una ocasión los envió “a predicar con poder de expulsar demonios” y pervive el recuerdo del encontronazo que tuvieron con aquellos que sin ser del grupo también expulsaban demonios en nombre de Jesús. La reacción de los discípulos no se hizo esperar y trataron de impedirlo a toda costa y no pararon hasta conseguirlo. Orgullosos se lo fueron a contar a Jesús convencidos de que les daría la razón. “No son de nuestro grupo” (Mc 9:38) le dijeron y Jesús reaccionó de un modo que los debió dejar sin entender absolutamente nada: “no se lo impidáis” (Mc 9:39).

Ya sabemos que otra de las discusiones favoritas era sobre primeros y últimos, todos con ínfulas de grandeza. Delirios que acechan cuando menos te lo esperas. Fantaseando para no asumir la propia realidad, la propia fragilidad. Los discípulos están sumidos en ensoñaciones que alteran las relaciones entre ellos. Una vez más, el poder, insaciable, desactivando la fraternidad, haciendo percibir al otro como un competidor al que abatir.

El mismo Jesús hablará claro cuando les refiera el modo de proceder de aquellos que se creen los primeros, los ganadores, pidiéndonos que no fuera así entre nosotros (Lc 22:25) y que saliéramos de esa lógica y de esa mentalidad que nos lleva a ponernos por encima de la gente, a creernos superiores o mejores. No es cuestión de autoestima. Es cuestión de prepotencia.

El entorno de Jesús experimenta la tentación de la autoafirmación marcando el territorio, dejando clara la identidad desde las diferencias, reforzando el sentido de pertenencia desde el rechazo a los distintos, proyectando prejuicios y estereotipos, encerrándose en el propio grupo por miedo a diluirse en el encuentro con el otro. Experimenta la tentación de monopolizar el nombre de Jesús como si fuera una marca de su propiedad. Siempre rondará la tentación y el engaño de identificar la propia forma de vivir el Evangelio como la forma de vivirlo.

Volverá a suceder, cuando cansado de tantas desavenencias, san Pablo tome cartas en el asunto de los enfrentamientos que se estaban dando entre grupos dentro de la comunidad de Corinto: “Fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte” (1 Cor1: 26-27). No hay nada como el dato de realidad para situarnos de nuevo. A los de Corinto se les fue la mano y Pablo puso a unos y a otros en su sitio.

En su primera carta a esta comunidad cristiana, les dejó bien claro que todos formaban un mismo cuerpo: “sois cuerpo de Cristo”, les dijo. ¿A qué vienen, entonces, estos enfrentamientos y divisiones? ¿Es que no sabéis que habéis recibido el mismo Espíritu? Es él quien va trabando la unidad entre la diversidad de los miembros. Es cierto que hay una manifestación particular de este Espíritu en cada uno, ¿pero habéis olvidado que es para el bien común? Esta diversidad “la activa el mismo y único Espíritu, dando a cada uno lo que a él le parece” (1 Cor12:11). Lo podía decir más alto pero no más claro.