A principios del mes de mayo, la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES por sus siglas en inglés) presentó en París el informe titulado Evaluación global sobre biodiversidad y ecosistemas, elaborado por 145 expertos de 50 países con la colaboración de 310 especialistas y auspiciado por Naciones Unidas. A lo largo de más de 1.500 páginas se subraya a las claras “el declive sin precedentes” que se está produciendo en el planeta debido a la acción humana, lo que se traduce en la extinción a un ritmo sin precedentes de animales y plantas. Las consecuencias medioambientales que acarrea esta realidad repercuten directamente en los esfuerzos que se están realizando para erradicar el hambre o los avances para mejorar la salud de las personas, por citar solo dos ámbitos fundamentales para la vida humana.

Según se afirma en el citado informe, un millón de los ocho millones de especies animales y vegetales existentes están amenazadas de extinción como consecuencia de la actividad humana y podrían desaparecer en pocas décadas si no se toman, urgentemente, medidas adecuadas y eficaces para impedirlo. En palabras de Josef Settele, uno de los autores del informe, “los ecosistemas, las especies, la población salvaje, las variedades locales y las razas de plantas y animales domésticos se están reduciendo, deteriorando o desapareciendo. La esencial e interconectada red de vida en la Tierra se retrae y cada vez está más desgastada. Esa pérdida es la consecuencia directa de la actividad humana y constituye una amenaza directa para el bienestar humano en todas las regiones del mundo”.

¿Y qué hago yo reflexionando sobre este tema en una revista social y religiosa como esta? Leyendo algunos destacados del informe, he recordado diagnósticos, afirmaciones y sugerencias que el papa Francisco plasmó en la encíclica “Laudato Si’” (firmada el día 24 de mayo de 2015) sobre el cuidado de la casa común, en la que expone lo que él entiende por desafío ecológico y propone que “nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales”.

En el capítulo primero aborda temas referidos, entre otros, a la biodiversidad y los ecosistemas. El cuanto a la pérdida de biodiversidad, se diría que los autores del citado informe han consultado la encíclica ya que en ella el pontífice afirma que “la pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios”. Asimismo, subraya la necesidad de hablar de biodiversidad no como un mero “depósito de recursos económicos que podría ser explotado”, sino que debe considerarse “seriamente el valor real de las cosas, su significado para las personas y las culturas, los intereses y necesidades de los pobres”.

En cuanto a los ecosistemas, el Papa Francisco los califica de “ejemplares” y su cuidado “supone una mirada que vaya más allá de lo inmediato, porque cuando solo se busca un rédito económico rápido y fácil, a nadie le interesa realmente su preservación. Pero el costo de los daños que se ocasionan por el descuido egoísta es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener”.

A lo largo de toda la encíclica el pontífice nos reitera la necesidad de cambios profundos en nuestro estilo de vida, en los modelos de producción y consumo y en las estructuras de poder imperantes en nuestros días. “La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático”.

No es casualidad que todos los temas aludidos interesen a la máxima autoridad de la Iglesia católica. No en vano, el actual papa eligió su nombre por su admiración a san Francisco quien reconoce a Dios en la naturaleza y nos exhorta a reconocerle en ella, como reflejo de la hermosura y bondad divinas. En la encíclica “Laudato Si” el Papa Francisco se hace eco de la preocupación del santo de Asís “por la hermana nuestra madre la tierra la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”. Los cristianos debemos hacer nuestra esa preocupación y cambiar nuestro estilo de vida a todas luces insostenible.