El pasado 28 de junio de 2019 se conmemoró el 50º aniversario de la revuelta de Stonewall. Un momento decisivo en la lucha por los derechos de las personas LGTBI liderado por Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, dos trans latina y afroamericana que se pusieron en pie y gritaron ¡basta ya!

Eran los años finales la década de los sesenta y en todo el mundo se producían estallidos de libertad, de lucha por los derechos humanos, e incluso el Concilio Vaticano II se movía en esos aires de “actualización”. ¿Pero de verdad esos aires llegaron a los movimientos cristianos y a las personas LGTBI? La respuesta más obvia es la negativa. No obstante, algunas corrientes y movimientos empezaban a abrirse camino. Si hoy en día sigue siendo extraño declararse LGTBI y creyente, no digamos en aquellas fechas. Ahí está la figura de John J. Mc Neill abriendo discursos en la teología, o los grupos de Dignity de la zona de San Francisco, referido a EE.UU. Mientras, en España la alianza entre los poderes religioso y político perseguían a los homosexuales para encarcelarlos, reeducarlos y marcarlos de por vida como seres no deseados en la sociedad. Pero un grupo de valientes de la zona de Cataluña decide organizarse y empezar a dar a conocer la realidad homosexual, ya fuese con cartas para evitar el proyecto de la nueva Ley de Peligrosidad Social. A pesar de la clandestinidad lograron crear en las reuniones celebradas en el monasterio de los capuchinos de Sarrià a finales de 1976 los estatutos y reglamentos de asociaciones homosexuales de Cataluña. Anteriormente, en 1968, apareció en Valencia la Fraternidad cristiana de la amistad y en 1974 el Centro Potencial Humano, ambos creados por sacerdotes suspendidos a divinis. En 1976 se produce un encuentro organizado por Fraternidad al que acuden asociaciones de homosexuales. Y en 1978 se produce la suspensión de Antonio Roig Roselló, el cuál quedó finalista del premio Planeta por las confesiones que narra en su libro. En todo este camino se va observando que las personas LGTBI pueden contar con muy pocos apoyos en el mundo civil, ya que ni siquiera los partidos políticos se atreven con este tema, y en el mundo de la religión son los cristianos de base quienes ofrecen un cierto consuelo.

Y así, llegamos a la tan deseada democracia con sus aires de libertad que no llegarán plenamente a las personas homosexuales hasta el 25 de mayo de 1996, cuando se deroga expresamente la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Pero lo que las leyes decían no tenía su reflejo en la sociedad, ya que esta seguía considerando a las personas LGTBI seres asociales, peligrosos, y donde se sumaba al estigma de la homosexualidad el de transmisores de enfermedades como el VIH-SIDA. La responsabilidad de parte de esta visión tan negativa la tenían las ideas difundidas por la jerarquía de la Iglesia católica, que poseía un gran peso en la sociedad española. De esa influencia deriva las grandes dificultades que tuvieron que afrontar (y afrontan) las personas LGTBI para que les sean reconocido sus derechos como personas. No voy a olvidar el tema del matrimonio igualitario que tantas manifestaciones y contramanifestaciones vivió, y cómo un recurso del Partido Popular mantuvo en vilo hasta 2009 a los cientos de matrimonios de personas LGTBI.

En todo este tiempo, las personas LGTBI que tienen fe han tenido que vivir su condición en silencio. En muy pocas comunidades y parroquias se les admite abiertamente. La norma más extendida es la de “no preguntes, no respondas” y en el caso de que sean “descubiertas” lo más habitual es que sean apartadas, relegadas y olvidadas en las tareas que realizaban, todo ello acompañado de “recomendaciones sobre su vida disoluta y el arrepentimiento que deben acatar” y, en casos más graves, el vacío y el silencio, lo que obliga a abandonar ese entorno conocido. Es este abandono el que tanto daño hace. Personas que lo único que han realizado es un acto de sinceridad ante el resto de la comunidad son despreciadas, por lo que otras optarán por la vía del fingimiento para evitar ese rechazo social.

Ante estas situaciones, las comunidades cristianas no han sido lo suficientemente valientes. Tan solo en los casos más extremos admiten la presencia de personas LGTBI en puestos clave en la vida de la comunidad o de la parroquia. Por todo ello, muchas de las personas LGTBI que sienten su fe como algo vivo, han decidido crear grupos de personas LGTBI en donde vivir su fe de manera abierta. Existen grupos en las ciudades más importantes, mientras que en otras zonas a veces son las propias asociaciones LGTBI las que tienen un grupo específico de creyentes. Y por ello, la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Trans y Bisexuales ha decidido crear un Grupo de Fe y Espiritualidad. En este grupo se trabaja la fe en comunión de otras iglesias que conocen y aceptan o luchan por los derechos de las personas LGTBI y su plena inclusión en sus comunidades. Igualmente, existen encuentros con otras confesiones como el judaísmo, el islam, el budismo, entre otras, para tratar de la experiencia religiosa a partir de las vivencias como personas LGTBI. Este año se ha conmemorado el 24 de junio como el día de la diversidad religiosa tal y como lo recuerda la Unión Europea, y en el Orgullo de Madrid se celebró una ceremonia interreligiosa para compartir experiencias y llenarnos de energía para seguir avanzando por la dignidad de las personas LGTBI en las comunidades de fe de este mundo.